Poesía del poeta Ramiro Oviedo, Ecuador
Suena el cuerno como un bramido de toro.
La vena de cuello de Lucho Macas
parece cuchillo de palo punta arriba.
Suenan la bocina,
el tambor, el redoblante,
las flautas, los pingullos, las dulzainas,
llamando a los comuneros a tomarse la plaza.
Los priostes llegan con costales de choclos,
con gallinas vivas patas arriba colgadas en un palo,
como si fueran camisas en un armario ambulante.
En Calderón,
en Guayllabamba también,
igualito que en plaza de Tumbaco,
en enormes vigas de madera sujetas al techo
se ve chanchos grandotes, que parecen faraones
colgados, como ternos de casimir,
untados del polvo espeso del valle.
La víspera,
pidiendo permiso a la Pachamama
abrieron un hueco grandote
lo rellenaron hasta la mitad con piedras volcánicas
antes de poner encima la Gran Olla.
Comienza a oler rico.
En esta fiesta de los sentidos se mira,
le tantea, se huele, y el olor
en la punta de la lengua,
en un momento dado salta hasta el paladar
y deja se de ser lo que era.
Olor a culantro,
cebolla blanca,
comino, perejil,
bailando con hincadas
zapateando en la punta de la nariz.
Olor a choclo tierno que perdura,
a habas tiernas como las manos tiernas
de las mujeres que las cosecharon,
como los ojos tiernos de los niños campesinos,
como los ojos de sus padres,
que a veces comen solos, taciturnos
pensando en la guagua que se murió con fiebre
en la última siembra;
pensando en la salud de los borreguitos,
en cómo ordeñar mejor la vaquita,
para que la leche sea más buena.
No comeremos solos esta vez
sino todos juntos,
y la mesa será la comunión del maíz tostado,
del melloco,
del locro de papa con aguacate,
la comunión de la memoria
en medio de sombreros,
ponchos y chalinas multicolores.
Van llegando los músicos.
Ya se oye el rondador, el bandolín,
las flautas,
la bulla de las guitarras rasgadas con rudeza
por las manos ásperas de los comuneros;
manos hechas para regar agua en las lechugas
que comenzaban a secarse;
manos hechas para cultivar,
para cosechar,
para cabalgar mulas arriando el ganado,
o para escarbar liendras en la cabellera de su mujer.
Las mujeres tienden inmensos manteles en el suelo.
Pronto llenarán la Gran Mesa
con bateas de madera,
lomas de mote reventado,
de mote choclo,
de queso tierno,
de hornado y de fritada.
Ahora nadie comerá solito
masticando penas.
La comida será al aire, a mano limpia
y el gusto será un sentido íntimo:
Porque no se puede probar un muslo de gallina
ni una cabeza de cuy con armas de acero,
lejos de los compadres,
-esos poetas de la conciencia-
porque aquellos que tienen un compromiso con la Tierra,
y que se sientan en el suelo frente a lo comida
en convivencia directa con la Pachamama,
ellos
son los poetas de la conciencia
los que chupan la energía del arca de los dones
-para ella entierran parte de la comidita-
ellos son los imprescindibles,
los resistentes,
los indómitos.
Con sus cuerpos de arbusto ellos confieren dignidad,
libertad y sentido a los páramos,
a los cultivos,
a los bosques y a los animales.
A cada quien su gusto,
a cada quien su idea de la felicidad.
Lo que es yo, me quedo con un choclo tierno
-esa escultura
con clase de aritmética incorporada-
Me quedo con un caldo de gallina para mis chuchaquis
con mi porción de fritada con mote,
con el aroma del culantro, del perejil,
de la chicha fermentada,
hasta el instante en que la nariz,
repleta de este champuz de olores enfiestados,
registra la explosión y el júbilo en la memoria del paladar.
Los aromas se habían trepado a la punta de la lengua
sin hacerse notar,
porque el olor es analfabeto,
el olor es mudo,
pero dispone de una memoria a largo plazo.
Mil olores distintos que embriagan y emborrachan,
olor a polvo y a orégano,
a manzanilla,
a tierra,
que tiene el mismo olor que la sangre.
La comunidad ha esperado con ilusión
y con harto trago
esta fiesta ancestral, comenzando por la toma de la plaza,
el desfile de llamas,
la minga.
Arrumadas en un rincón
se ve veinte jabas de Pilsener
que los comuneros han traído a la fiesta
para hacerlas desaparecer en un santiamén.
Entonces,
los yachaks de la cultura Kichwa,
consentidos del sol y de la luna
de los ríos, del viento,
expertos en páramos y quebradas,
acogen a todo el mundo con un rito,
recordándoles la semántica profunda
de la mesa de todos
como un homenaje a la Pachamama
que nos da la sopita de quinua,
los tamales, las humitas,
la alquimia natural de la fanesca,
y, sobre todo, esa libertad para ser felices
entre chozas de adobe y techos de paja
ponchos negros y rojos,
algún mugido tierno de vaca,
que no se sabe si piensa o si sufre una pena de amor,
el olor a humo de la leña prendida
y la música de la risa de las adolescentes
La tierra es el arca de los dones
y su alma está en los granos,
los animales,
las flores y las frutas,
los bosques,
las cascadas,
el sol y la lluvia,
y el indio que los cuida.
***
Ramiro Oviedo ( MCF Université de Lille, Nord de France,
ULCO, HLLI, Boulogne-sur-Mer)
Ramiro Oviedo ( Chambo 1952), profesor de literatura latinoamericana en la Université du Littoral (Boulogne-Sur-Mer). Ha publicado veinte libros de poesía, entre ellos: La route du poisson, ediciones Villa-Cisneros, Marsella, 2016 ; Fauves, éd. Corps-Puce, Amiens, 2018 ; Fuyant l’abattoir, ed. Mémoire vivante, Paris, 2019 ; Le ring du poète, ed. La Chouette imprévue, Amiens, 2022, y La fureur fauve, ediciones La rumeur libre, 2024 . Fundador de la Revista de poesía Meteor, Amiens, 2019.
Oviedo es co-autor, con Augusto Rodríguez, de la Antología bilingüe (español-francés) Apartar lo blanco de la luz, 33 poetas ecuatorianos del siglo XX, Quito, 2011. La editorial Trashumante publica su traducción del libro La regla del juego (edición bilingüe), del poeta francés Serge Pey, Quito 2023. En el área de la investigación, Oviedo organiza y participa en coloquios internacionales sobre el tema del desencanto, del fracaso de la memoria y la decadencia en la poesía y la novela española e hispanoamericana.
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