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* CHEMIN SCABREUX

 "Le chemin est un peu scabreux

    quoiqu'il paraisse assez beau" 

                                        Voltaire 

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Publié par VERICUETOS

Peón cuatro rey

  Cuento

 

A la memoria de Carlos Cuartas

Por Efer Arocha

 

Ateberio Timitasita, cuyo padre encontró su nombre en el epitafio de un cementerio de pueblo; siempre deseó ser un ajedrecista de competencia. Circunstancias de trajines de vida decidieron lo contrario, porque en las dos veces que estuvo a punto de coronarse campeón nacional, la oportunidad le fue arrebatada por Antonio Casadiego, un muchacho cegatón a quien le enseñó los primeros movimientos de las piezas y algunas aperturas.

La segunda y última que le brindó el juego de los escaques, fue en un torneo de Moscú cuando apenas le faltaba un punto, después de haber hecho tablas con Mijail Tal, quien estaba totalmente perdido y ya se había levantado para inclinar el rey y le daba las últimas miradas a la posición cuando de manera inexplicable, ocurrió lo inesperado; Timitasita cometió un error. Hizo jaque con el caballo cuando lo tenía que hacer con el alfil, y Tal quedaba irremisiblemente perdido seis jugadas más tarde por entrar en swung-swang.

Le seguía faltando el medio punto y le quedaba una última partida, que le correspondió jugar con Antonio Casadiego.

Para Timitasita el asunto se presentaba como unas simples tablas patrióticas, Casadiego no perdía ni ganaba nada con un empate, en cambio para Timitasita, el medio punto era de oro, porque le daba derecho al título de maestro internacional y con ello se allanaban caminos en los calendarios de las competencias oficiales, tanto nacionales como internacionales. No pensó jamás, que Antonio se fuera a negar a un asunto común y de costumbre entre ajedrecistas de cualquier nacionalidad. Además, porque Casadiego, era lo que era, gracias a él ya que lo había introducido en el mundo del juego-ciencia.

Antonio se negó y le dijo: usted me gana jugando.

Ateberio, hombre de calma y de dominio, se llenó de iras y pudo más la pasión del sentimiento herido, que la lógica del buen ajedrecista.

Timitasita conocedor del gambito y el contragambito, prefirió la defensa Siciliana en la cual Casadiego era fuerte. Ateberio perdió de manera inexorable en forma lenta y penosa en una tarde de presagios de invierno.

Veinte años habían pasado desde el mal rato ruso, y desde entonces Ateberio jugaba puntualmente de tarde al amanecer en el café Capablanca de la ciudad capital, apostando para ganarse la vida, sin que nadie osara destronarlo como el primer jugador del sitio.

Administraba con sabiduría profesional su clientela, de ella dependía el sustento y los pequeños gustos como el de ir de vez en cuando al cine. No conocía vacaciones, y sus viajes se limitaron a los escasos motivados de cuando él fue ajedrecista de liga y de torneos.

Por ello había adquirido la destreza de conocer hasta en sus eructos íntimos a sus apostadores: el doctor Nemesio Camacho, llegaba puntual a las seis y treinta los lunes, miércoles y viernes. El miércoles era un día de duda, porque a veces lo reservaba a su amante.

Doña Estefanía su esposa, mujer de celos, esporádicamente lo llamaba al teléfono en agudeza para confirmar si el doctor jugaba con él. Jugara o no jugara, él le respondía afirmativo, agregando que se debatía en partida dura y desenlace largo y amargo. Asunto que el doctor agradecía y conservaba en alta estima.

Correspondía a Camacho ser el cliente del desplume, los miércoles. Le empacaba en serie entre cinco y siete partidas contra una, sin apertura o defensa preferida.

Rufino Céspedes era un contendor sin horario, de llegada abrupta y distanciado en el tiempo. A veces pasaba hasta un mes sin que sus narices fueran vista en el Capablanca.

Tenía en el ajedrez una especie de profilaxis intelectual. Entraba lento, de reojo ubicaba la mesa de Timitasita, haciendo luego un paseo de observación estética en las partidas de mayor público, finalmente llegaba al tablero de Ateberio que siempre tenía apretujados observadores. Anunciaba su presencia con un comentario agudo de la partida que acababa de finalizar y luego se sumía en una mirada megalítica sin el menor parpadeo hasta cuando decía en voz inaudible a la oreja del xilotista:

 

-Nos echamos una partida.

 

Ateberio no contestaba ni mostraba signos de aludido y continuaba jugando dos o tres partidas y terminaba. Un contendor se paraba y el otro se sentaba sin saludo o cruce de palabras. Céspedes palmoteaba a la mesera, solicitaba cerveza Águila para él y para su émulo lo de siempre:

un casado, -bocadillo con queso salado en medio de un pan rajado.

El corrillo crecía y se apretujaba para presenciar al clásico del rito del Capablanca. Todas las veces la apertura del encuentro correspondía a Rufino, ésa era apenas la ventaja que Ateberio podía conceder a su contrincante, un mísero movimiento de piezas blancas.

Y como es sabido entre jugadores de calidad ésa es ya una ventaja. Cada choque suscitaba un murmullo en el correvedile por las distintas hipótesis de la variante que Céspedes emplearía en la oportunidad. Se oía, la Philidor, Italiana, Caro-Kann, Escocesa y en ese orden toda la gama de los sistemas que presenta el movimiento de los trebejos. Rufino tenía en hábito, seguir siempre una variante diferente para poner a prueba y aprietos a Timitasita.

Justo es decir, que Timitasita terminaba agotado y al día siguiente no se hacía presente en el café, era su único descanso, todo el mundo lo sabía.

A veces sus partidas resultaban de mejor calidad que las de competencias internacionales de alto elo. Se entablaba una lucha de titanes que en ocasiones dejaban perdidos a los agudos analistas, temiéndose por el prestigio de Timitasita, que se veía forzado hacer hasta tres tablas seguidas.

Era un viernes de abril y Ateberio debía pagar pequeños préstamos postergados de manera forzosa por los malos tiempos, y además tenía al día siguiente cita de amor, con la mujer de su vida que no pudo esposar por carecer de oficio seguro y vivir en perpetua penuria económica.

Jugaba rápido y brillante contra Rufino, las barras hacían sentir suaves aplausos y agregaban un increíble, un magistral ante la destreza de las negras. El encuentro fue breve por el abandono prematuro del soberano blanco, porque se sucedía mate tras mate y nada presagiaba un cambio en la resistencia del jugador que conducía las blancas. Las victorias de las negras eran cada vez más contundentes.

Abruptamente un jugador de la barra que hasta el momento había pasado desapercibido, se ofreció a ocupar la silla que Rufino Céspedes dejaba vacía.

Un murmullo recorrió el salón a causa de la incredulidad. La lumbrera del ajedrez nacional en persona.

Campeón nacional trece veces consecutivas y en título vigente, maestro internacional, gran maestro, experimentado frente a Fischer, Karpov y otras luminarias del escaque, era entre otros sus haberes curriculares, y enemigo furibundo del jugador de café.

Ateberio Timitasita lo miró de arriba abajo con odio y en desprecio, a causa de que su cerebro comprimió en un segundo las amarguras ya olvidadas de años donde se destacaba la tarde moscovita.

El maestro dijo en tono respetable y culto:

 

-¿Jugamos señor?

-Claro que jugamos, pero apostando.

 

El maestro no comprendió y se sumió en perplejidad, jamás había jugado una partida tan directa por dinero. Consideraba una verdadera ofensa a sus convicciones deportivas y a su condición de ajedrecista calificado, ¿por qué un jugador desconocido y de café hacía gala de tanta displicencia y desparpajo?, reflexionó, que al contendor le bastaría el honor de jugar solamente, en su lógica de ajedrecista. Pensó que de pronto su posible contendor desconocía quien podía ser él. Entonces fue cuando le dijo:

 

-¿Sabe usted quien soy yo?

-Obvio, demasiado para olvidarlo.

 

Respondió el interrogado.

Un silencio cósmico hizo presencia en la sala, los ojos de los aficionados todos se dirigieron a la cara del maestro en espera de la respuesta para conocer cuál sería el desenlace. La situación era diáfana, si no aceptaba tenía que levantarse y quedar humillado ante un jugador anónimo.

El maestro miró al público y comprendió de inmediato cuál debería ser su decisión. Su brillante inteligencia de ajedrecista encontró instantáneamente una salida. Introdujo la mano en el bolsillo derecho de su pantalón extrayendo un grueso fajo de billetes los que resultaron ser dólares. En parsimonia y en irónica contó diez billetes de cien dólares cada uno. Era una respuesta contundente propia de su dignidad y estima. Las barras fruncieron la frente en señal de aprobación. El campeón sabía de sobra por las historias de café que nadie se atrevería a aceptar la apuesta.

La verdad sea dicha, la clientela del Capablanca era frecuentada por intelectuales puros, vagos de la clase media, desocupados, jubilados de bajo sueldo y uno que otro pudiente.

Los bolsillos de Timitasita nunca abrigaron más allá de cincuenta dólares en su mejores momentos. A sus ojos, mil dólares era una suma colosal. Miró los billetes y no pensó ni dijo nada. En el Capablanca sólo había un silencio de ultraje y de incapacidad. Todos los presentes sintieron pesar por Ateberio y por ellos mismos; los billetes sobre el tablero de ajedrez les decían lo pobre que eran.

El campeón se sintió seguro y feliz de haber triunfado. Ahora pensaba en cuál debía ser su conducta a seguir. Era evidente que no jugaría con el apostador derrotado de antemano.

Don Vicente Zuluaga atraído por los comentarios que gorgoreaban hasta en los orinales del café, miraba no sin cierto estupor, la humillación enfrentada por el más asiduo cliente de su establecimiento. Zuluaga, persona propietaria de edificios y de otros lugares de diversión, toda su vida tacaño y avaro sin límites, movido por esas fuerzas desconocidas que a veces afloran en las intrinsedades humanas, a pesar de que era de la convicción de que Timitasita no tenía ninguna opción de victoria frente al campeón, dirigiéndose a Ateberio que permanecía mustio con las manos cogidas metidas entre las piernas, Le dijo:

 

-Apuestas el dinero que está sobre la mesa y dos mil dólares más que yo te lo regalo, bien lo mereces.

 

El filántropo se retiró y minutos después uno de sus empleados colocaba la suma al lado de la del maestro. El campeón aceptó sin titubear el reto.

Un intelectual consumado cuyo sobrenombre era el de Magenta, porque nunca se le había conocido durante años chaqueta de color diferente; fue nombrado responsable del encuentro.

Correspondió a Timitasita en el sorteo las piezas blancas, y se jugó sin límites de tiempo y con las normas del reglamento internacional del juego ciencia.

Timitasita lo miró con ojos explosivos derramando baldados de su rencor acumulado de años, pues lo consideraba el responsable de la frustración de su vida, de lo único que había anhelado, ser un jugador de torneos y casarse con Yolanda.

El maestro sintió el peso de su mirada desde el aro grueso de sus gafas, hasta la punta de sus bien lustrados y finos zapatos, pero no se inmutó como corresponde a un buen ajedrecista.

Ateberio hizo el movimiento peón cuatro rey y el campeón ripostó con lo mismo. El blanco jugó caballo tres alfil rey y la partida continuó por el camino clásico de la Española, presagiando poco interés inclusive aburrimiento.

En jugada 15, Timitasita regresó el caballo a su posición inicial y en los tableros murales que seguían la partida los analistas marcaron interrogación y los aficionados consideraron que era una mala jugada. El maestro se tomó una hora en responder.

En la jugada 25 los analistas pusieron dos interrogaciones y nadie comprendió el objeto del movimiento, pero el criterio se debatía entre  mala y pésima. El campeón se tomó una hora y media en contestar esta jugada y en su planilla hizo discretas tres interrogaciones. La partida ahora estaba completamente por fuera de la teoría, debatiéndose los dos jugadores en un campo absolutamente desconocido.

En la jugada treinta y cinco hubo nuevas interrogaciones y el paroxismo llegó en el movimiento cuarenta y cinco cuando el blanco hizo peón tres torre dama.

Las apuestas que se habían iniciado con tres a uno a favor del campeón, y que seguían en aumento alcanzaron la cima de 20 contra uno, era claro que Timitasita perdería irremisiblemente.

A la altura, los contendientes habían consumido tiempo de 6 horas para Timitasita y 9 para el maestro. Ateberio empezaba a perder su comportamiento habitual mientras el campeón seguía impasible.

En la jugada 55, Timitasita sacrificó un peón en un movimiento que las barras consideraron de locura y las apuestas eran de 30 a 1, y no había apostador.

Timitasita miró al campeón sobre sus gruesos lentes, recorrió su huesuda cara y su megre busto, pensó todas las miserias afrontadas por su causa. Tenía que ganarle indefectible de manera aplastante y vergonzosa. Sólo así resarciría en parte su frustración y desasosiego grabados en la pared del tiempo. Fue cuando se enrolló en su cerebro al margen del mundo.

Dos movimientos más tarde cuando iban 23 horas de juego la chaqueta de Ateberio se incendió porque el jugador introdujo el cigarrillo que fumaba en uno de sus bolsillos y lo peor fue que ni siquiera se dio cuanta que le echaron agua para evitarle quemaduras.

Antes de la jugada 65 Ateberio salió para el orinal y se introdujo en la despensa haciendo la necesidad sobre una canasta de pan.

Se sentó y continuó moliendo cigarrillos con los dedos, derramando café, se echaba los pocillos en los bolsillos y se incendió por segunda vez la chaqueta por el mismo descuido. Miró profundamente una vez más a su contendor y pronunció palabras inaudibles e hizo lo inesperado, sacrificó un alfil en el movimiento 65. A la altura de la partida el material se conservaba prácticamente intacto.

El campeón se tomó tres horas estudiando la jugada y los analistas se dividieron entre los que estaban por los interrogantes y los de los signos de admiración.

Las apuestas cayeron en forma estrepitosa a favor del consuetudinario del café Capablanca, ahora se apostaba mano a mano y al siguiente movimiento la tendencia empezó 2 a 1 a favor de Timitasita, para continuar en progresión cuando en el movimiento 75, un ulular humano alertaba a la concurrencia con el sacrificio de torre por peón. La asistencia aplaudía como si se tratara de un deporte de multitudes.

El maestro ofreció tablas.

Timitasita en sonrisa le respondió:

 

-A mí me tiene que ganar jugando.

 

Y a continuación pidió el consabido casado de siempre con un jugo de tamarindo. Se levantó y se fue hablar con la cajera mientras englutía el primer alimento de toda la jornada. Luego tomó el vespertino sin detenerse en la primera página que exhibía su rostro entre humareda y comentaba en detalles la partida. Directo fue a la antepenúltima hoja en busca de los crucigramas y se dedicó a llenarlos.

Para entonces, el encuentro ingería 48 horas consecutivas. El Capablanca por primera vez en su historia no había cerrado sus puertas. La policía no percibió que se había violado el artículo 325, que determinaba que todo establecimiento público tenía que cerrar sus puertas y suspender actividades a las 3 de la mañana en punto. Nadie se percató de ello, empezando por el coronel, un asiduo del ajedrez y un incondicional del campeón. Quien estaba presente con otros oficiales y miembros rasos haciendo parte del público. El tiempo había desaparecido antes de que se consumiera el primer día, porque, en una buena partida el tiempo no existe para los espectadores.

Después de cuatro horas hubo tres movimientos, las apuestas eran 70 a 1, sin apostador. Ateberio respondía a las jugadas del maestro sin ni siquiera detenerse a mirar tablero. Movimientos instantáneos se desgranaban de sus manos, como si estuviera jugando ajedrez de pimpón, y luego continuaba llenando los crucigramas atrasados de los distintos diarios.

En la jugada 79 se hizo evidente el swung-swang en once movimientos.

El maestro sacó los pies del platón que contenía el agua tibia; técnica empleada para mejorar la circulación cerebral. Remedio aprendido en los entrenamientos dados por los técnicos rusos, en sus primeras competencias en los juveniles internacionales de La Habana. Sin dejar reflejar el dolor abstracto que siente todo el que pierde una buena partida y sin premura se puso las medias, se amarró los zapatos, se levantó y desapareció calle abajo.

 

                                                                           *****

Traduction au français

  Pion quatre roi

 

Ateberio Timitasita, dont le père découvrit le prénom sur quelque épitaphe de cimetière de village, avait depuis toujours rêvé d'être un joueur d'échecs en compétition.

Les circonstances de la vie en décidèrent autrement.

Ainsi, c'est par deux fois qu'il fut sur le point d'obtenir le titre convoité de champion national. Mais la situation bascula en faveur d'Antonio Casadiego, jeune homme au regard de taupe, à qui il avait lui-même enseigné les premiers rudiments des mouvements des pièces et autres subtiles ouvertures.

La toute dernière chance que lui présenta le jeu de l'échiquier eut lieu lors d'un tournoi à Moscou quand il lui manqua un demi-point à peine pour le score final; il avait fait match nul face à Mikhail Tal. Celui-ci jugeant qu'il perdait se disposait à se lever en couchant le Roi et jeter à sa mise un dernier regard, lorsque, inexplicablement advint l'instant inespéré.

Timitasita commit une erreur !, plutôt que d'utiliser le fou tout acquis, il choisissait de faire échec avec le cavalier. Et Tal était irrémissiblement perdu en six coups car il était peu après en zugzwang.

Le demi-point manquant, son ultime chance; lui permit de poursuivre et l'amena devant Antonio Casadiego.

Pour Timitasita l'affaire se présentait comme un simple échange patriotique qui se conclurait par un match nul à l'issue duquel Casadiego, s'il ni gagnait rien à l'issue d'un match nul, ne perdait pas davantage. En contrepartie, pour lui-même, ce demi-point représentait de l'or en ce qu'il lui permettait d'obtenir le titre convoité de maître international, et dès lors s'ouvraient à lui les voies royales vers d'autres calendriers de compétitions officielles, tant nationales qu'internationales.

Il ne lui vint pas à l'esprit qu'Antonio pût nier la règle du commun accord admise par tous les joueurs d'échecs quelle que soit leur nationalité.

Qui plus est, Casadiego était ce qu'il était, grâce a lui qui l'avait introduit dans le monde du jeu scientifique.

Antonio refusa cet accord tacite et le déclara catégoriquement:

 

- Seul le meilleur de nous deux gagnera !

 

Ateberio, homme tout de calme et de sang froid se sentit empli de colère, et se laissa submerger par la puissance de ses sentiments blessés à vif ; contre tout bons sens de joueur d'échecs.

Expert en gambit et contre-gambit, il choisit la défense Sicilienne dans laquelle il savait Casadiego doué.

Et c'est ainsi qu'Ateberio perdit de manière inexorable, lentement, sous les lentilles douloureuses d'un après-midi, présage d'hiver.

Vingt années ont passé depuis cette méchante affaire russe. Depuis lors, Ateberio continue de jouer ponctuellement chaque après-midi jusqu'à l'aube suivante au café Casablanca de la capitale pour des enjeux qui lui permettent de gagner tout juste son bifteck, sans que nul ne se hasarde à lui ravir son titre de champion du lieu.

Il administre sa clientèle avec une sagesse toute professionnelle, car de celle-ci dépendent ses moyens d'existence et d'autres petits plaisirs de la vie : comme d'aller parfois au cinéma et de s'offrir de temps en temps un bon cigare. Il ne prend pas de vacances, et ses voyages se limitent aux maigres souvenirs de l'époque où il était joueur de tournois de la Fédération.

En tout état de cause, il avait acquis l'habilité à cerner les exigences les plus intimes de ses parieurs jusque dans leurs appétits les moins avouables.

Le docteur Nemesio Camacho arrivait, ponctuel, à 18 heures 30 les lundis, mercredis et vendredis. Le mercredi n'était pas sûr car il le réservait parfois à son amante.

Doña Estefanía son épouse, femme jalouse, l'appelait sporadiquement par téléphone et, non sans une certaine finesse, voulait se faire confirmer que le docteur jouait bien avec lui.

Qu'il jouât ou ne jouât pas, il lui répondait par l'affirmative, assurant que celui-ci se débattait dans une partie difficile au dénouement lent et indécis. Le docteur lui en était reconnaissant et avait pour lui une grande estime.

Camacho devenait ainsi l'idéal de client à plumer : chaque mercredi. Ainsi l'embobelinait-il par séries de cinq-à-sept, parties jouées contre une, sans ouverture ou défense préférée.

Rufino Céspedes était, lui, un adversaire sans horaires précis, qui apparaissait soudainement, et comme distancié dans le temps.

Parfois un mois tout entier pouvait passer sans que le bout de son nez apparût au Casablanca. Il avait pour le jeu des échecs une forme de prophylaxie intellectuelle. Il faisait son entrée, circonspect, glissait un regard en coin vers la table de Timitasita, faisait ensuite un petit tour d'observations esthétiques sur les parties qui attiraient le plus grand public, pour arriver finalement à l'échiquier d'Ateberio où se pressaient toujours de nombreux spectateurs. Il annonçait sa présence par un commentaire subtil sur la partie qui s'achevait et sitôt après, le regard mégalithique, sans le moindre cillement d'yeux, il lui distillait à l'oreille dans le murmure inaudible du xylotiste :

 

- Nous faisons une partie.

 

Ateberio ne répondait pas, ni ne manifestait de signe d'entente, il continuait à jouer deux ou trois parties et terminait alors. Un adversaire cessait de jouer et se levait, un autre prenait place sans saluer ni même émettre un son. Céspedes lui, claquait des mains pour appeler la serveuse, et demandait pour lui une bière Águila et pour son émule, ce qu'il prenait d'habitude: un maigre casse-croûte.

Le cercle augmentait et se pressait fort pour être témoin du rite classique du Capablanca, à chaque ouverture de jeu qui l'opposait à Rufino et n'était à peine que le moindre avantage qu'Ateberio acceptait de concéder à son concurrent : un misérable mouvement de pièces blanches. Car comme chacun sait, entre joueurs de qualité c'est déjà un avantage.

Chaque heurt suscitait un murmure parmi les observateurs qui tels des courriers mobiles se transmettaient les différents hypothèses de la variante que Céspedes choisirait à l'occasion.

On entendait la Philidor, l'Italienne, Caro Kahn, l'Ecossaise et dans cet ordre, toute la gamme des systèmes possibles que présentait le mouvement de pièces.

Rufino avait l'habitude d'appliquer toujours quelque variante différente, afin de placer Timitasita face à un dilemme et de le mettre dans l'embarras. Il serait juste de dire que Timitasita terminait alors exténué, et de toute la journée suivante il ne se présentait plus au café. C'était son unique jour de repos. Tout le monde le savait.

Quelquefois ces parties requéraient des compétences de las plus haute qualité, identiques à celles exigées lors des internationales. Il n'engageait cette épreuve de titans qu'en des occasions où celles-ci pouvaient laisser entendre quelques faiblesses possibles aux regards des analystes subtils, ce que Timitasita craignait pour son prestige ; il se voyait contraint d'orienter son jeu jusqu'à trois matchs nuls.

Un certain vendredi d'avril survint où Ateberio devait régler les petits emprunts non payés par suite d'une conjoncture défavorable. De plus, il avait, le jour suivant, un rendez-vous d'amour avec la femme de sa vie qu'il n'avait pas pu épouser parce qu'il n'avait pas de métier sûr et qu'il vivait en une perpétuelle pénurie économique.

Il eut un jeu rapide et brillant opposé à Rufino. Les barrières humaines qui les entouraient firent entendre de suaves applaudissements et s'unirent en un indescriptible, un formidable élan admiratif à l'adresse des noirs. La rencontre fut brève par l'abandon prématuré du roi blanc suivi d'un mat après mat, et rien ne présageait un revirement dans la résistance du joueur qui conduisait les blancs. Les victoires des noirs étaient chaque fois plus écrasantes.

De manière imprévue, un joueur qui observait du bar et qui, jusqu'à ce moment, était passé inaperçu, s'offrit à occuper la chaise que Rufino Céspedes laissait vacante. Un murmure incrédule parcourut la salle. La lumière du jeu national en personne !

Champion national treize fois de suite et titre en vigueur, maître international, grand maître, formidable face à Fisher, Karpov et autres lumières des cases, voilà quelques-unes de ses aptitudes professionnelles ; c'était un ennemi juré des joueurs de cafés.

Ateberio Timitasita le toisa de haut en bas avec haine et dédain. De son cerveau comprimé surgirent, fulgurantes, brutales, les réminiscences amères d'une journée moscovite.

Le maestro, d'un ton cultivé et plein de respect dit :

 

- Pouvons-nous jouer, monsieur ?

- Il est bien évident que nous jouons. Mais sur paris uniquement !

 

Le maestro ne pouvait concevoir de telles visées et s'absorba dans une perplexité profonde. Jamais il n'avait joué de parties en prise avec de l'argent. Il considérait cette action comme une véritable offense portée à ses convictions sportives et à son honneur de joueur d'échecs célèbre. Pour quelle raison ce joueur inconnu, et de café surcroît, étalait-il tant de froide désinvolture ? Dans sa logique propre, il déduisait qu'à ce fâcheux devait simplement suffire  le simple honneur de se mesurer à lui.

Peut-être cet adversaire ignorait-il qui il était ?

Il dit encore :

 

- Savez-vous qui je suis ?

 

 - C'est évident !, trop pour l'oublier.

 

Répondit l'interpellé.

Un silence cosmique plana dans la salle.

Les regards de tous les supporteurs se dirigèrent vers la figure du maestro dans l'attente de la réplique qui mènerait au dénouement. La situation était diaphane : s'il n'acceptait pas, il devait se lever et subir cette humiliation face à un joueur anonyme.

Le maestro regarda le public et comprit aussitôt quelle devait être sa décision ; sa brillante intelligence d'expert en jeux d'échecs lui fit trouver instantanément une sortie.

Il mit sa main dans la poche droite de son pantalon, en tira une grosse liasse de billets qui se trouvaient être des dollars, et, parcimonieusement, ironiquement, compta dix billets de cent dollars, un à un.

C'était le poids de sa réponse, celle de son estime propre et de sa dignité.

Les assistants froncèrent les sourcils en signe d'approbation. Le champion savait bien par les racontars de café que personne n'oserait accepter le pari.

A vrai dire la clientèle du Capablanca était composée d'intellectuels purs, d'oisifs de la clase moyenne, de chômeurs,  de retraités à petits revenus, et, parfois d'un nanti.

Les poches de Timitasita n'avaient jamais abrité plus de cinquante dollars dans les meilleurs moments. A ses yeux mille dollars représentaient une somme colossale. Il regarda les billets et ne pensa ni ne dit rien. A l'intérieur du Capablanca planait un silence outragé et d'impuissance blessée.

Tous ceux qui étaient présents sentirent peser sur Ateberio et sur eux-mêmes cette évidence : ces billets sur la table de l'échiquier leur révélaient combien ils n'étaient que de petites gens.

Le champion se sentit sûr de lui et fut satisfait d'avoir la situation en main. Á présent il pensait à la meilleure façon de mener sa conduite à venir. Il était évident qu'il ne jouerait pas avec le parieur vaincu d'avance.

Don Vicente Zuluaga attiré par les commentaires qui gargouillaient jusque dans les urinoirs du café, observait non sans une certaine stupeur l'humiliation infligée au client le plus assidu de son établissement. Zuluaga, propriétaire d'immeubles et d'établissements de loisirs, toute sa vie ladre sans limite, se trouva mû par ces forces inconnues qui affleurent parfois à l'intérieur des êtres humains, et malgré sa conviction que Timitasita n'avait aucune chance d'être victorieux face au grand champion, s'adressant à Ateberio qui demeurait pâle, les mains entre les jambes lui dit :

 

- Parie l'argent sur la table et deux mille dollars de plus, que je t'offre, tu le mérites bien.

 

Le philanthrope se retira, et quelques minutes plus tard un de ses employés plaçait la somme à côté de celle du maestro. Le champion accepta sans hésiter le défi. Un intellectuel fameux que l'on surnommait Magenta en raison de son goût prononcé pour cette couleur qu'il adoptait pour tous ses vestons, fut l'arbitre désigné pour la rencontre.

Le tirage au sort attribua les pièces blanches à Timitasita après consentement mutuel d'un enjeu soumis aux règles internationales. Timitasita jetait sur son adversaire des regards furibonds qui déversaient toute l'amertume profonde accumulée au fil des ans, reflets d'une vie frustrée car il le considérait le responsable de cette frustration : de n'avoir pu devenir joueur professionnel de tournois, et de ne pouvoir épouser Yolande.

Le maestro sentait tout le poids de ce regard, de la monture des lunettes jusqu'au bout de ses souliers bien cirés, mais il ne se troublait pas, comme un bon joueur d'échecs qu'il était.

Ateberio fit le coup de pion quatre roi, et le champion riposta de même. Le blanc joua cavalier trois fou rois, et la partie continua selon le chemin classique de l'Espagnole laissant présager un pénible intérêt non exempt de quelque ennui.

Au 15éme coup Timitasita remit le cavalier à sa position initiale, et sur les tablettes murales qui suivaient la partie les analystes marquèrent l'interrogation, et les aficionados considérèrent que c'était un mauvais jeu.

Le maestro prit une heure pour répondre.

Au 25ème coup les analystes placèrent deux interrogations et rien pour la compréhension de l'objectif du mouvement, mais le critère se débattait entre mauvais et désastreux.

Le champion prit une heure et demie à répondre à ce coup, et sur sa feuille de partie il nota trois discrètes interrogations.

La partie maintenant était complètement en dehors de la théorie.

Les deux adversaires s'affrontaient dans un domaine totalement inconnu.

Au 35ème coup il y eut de nouvelles interrogations et le paroxysme fut atteint au cours du 45ème mouvement quand le blanc fit pion trois tour dame.

Les paris qui avaient été engagés à 3 contre 1 en faveur du champion et qui allaient augmentant, atteignaient à présent les cimes de 20 contre 1 ; il était clair que Timitasita allait perdre sans rémission.

A cette hauteur les adversaires avaient utilisé comme temps: 6 heures pour Timitasita et 9 heures pour le maestro. Ateberio commençait à perdre son calme habituel, tandis que le champion demeurait impassible.

Au 55ème coup Timitasita sacrifia un pion dans un mouvement que les assistants considérèrent comme de la folie, les paris étaient de 30 contre 1 et il n'y avait plus de parieurs.

Timitasita dévisagea le champion par-dessus ses verres épais, il parcourut son visage osseux et son buste maigre et songea à toutes les misères endurées par sa faute.

Il lui fallait le vaincre, le battre, de manière écrasante, humiliante, in-de-fec-ti-ble-ment !

C'est seulement ainsi qu'il rachèterait en partie sa frustration et son mécontentement, inscrits sur la paroi du temps. Alors, il s'enferma dans son cerveau, en marge du monde.

Deux mouvements plus tard alors qu'ils totalisaient 23 heures de jeu, la veste d'Ateberio prit feu parce qu'il avait mis par inadvertance la cigarette qu'il fumait dans l'une de ses poches, et le pire fut qu'il ne se rendit compte de rien, même quand on lui versa de l'eau pour lui épargner des brûlures.

Avant le 65ème coup Ateberio sortit pour se rendre à l'urinoir et entra par erreur dans la réserve des victuailles où il se soulagea dans une corbeille à pain.

Il revint s'asseoir, broya la cigarette avec ses doigts. Il versa à plusieurs reprises du café sur la table, gonfla ses poches avec ses tasses et se brûla son veston pour la seconde fois avec la même négligence. Une fois de plus il regarda son adversaire profondément, prononça des paroles inaudibles, et fit le geste inespéré : il sacrifia un fou dans le 65ème mouvement. A cette hauteur de la partie le matériel se conservait pratiquement intact.

Le champion mit 3 heures à étudier ce mauvais coup, et les analystes se divisèrent entre ceux qui s'occupaient des interrogations et ceux qui s'intéressaient aux points d'exclamations.

Les paris tombèrent de manière bruyante en faveur de l'habitué du café Capablanca. Tout se traitait à présent à part égale. Au mouvement suivant la tendance s'amorça de 2 à 1 en faveur de Timitasita pour aller progressant, lorsque, au 75ème mouvement un hurlement d'approbation alerta l'assistance à propos du sacrifice de la tour contre le pion. L'assemblée acclama, éclatante et sonore, de même que s'il s'était agi de foules dans un stade.

Le maestro proposa match nul.

Timitasita lui répondit en souriant suavement :

 

-A égalité, jamais! Vous vous devez de me battre!

 

Ensuite il demanda le casse-croûte habituel accompagné d'un jus de Tamarin, puis il se leva, et s'en fut parler à la caissière tandis qu'il engloutissait sa première nourriture de la journée.

Il prit ensuite le journal du soir sans s'attarder à la première page qui exhibait sa figure au milieu de la fumée qui se dégageait de sa veste en flammes avec des commentaires minutieux sur la partie en cours.

Il alla directement à l'avant-dernière page en quête des mots croisés, et passa son temps à s'en rassasier.

Pour lors la rencontre additionnait 48 heures consécutives. Le Capablanca pour la première fois de son histoire n'avait pas fermé ses portes.

La police ne se rendit pas compte que l'on avait violé l'article 325 qui déterminait que tout établissement public avait pour règle de fermer ses portes et de suspendre toute activité dès 3 heures du matin précises.

Personne ne s'était rendu compte de cela. À commencer par le colonel lui-même, un assidu du jeu des échecs et un inconditionnel du champion, qui était là, dans le public, avec d'autres officiers et flic.

Le temps s'était dilué avant que ne se consume le premier jour, car dans une forte partie la valeur du temps n'existe plus pour les spectateurs, ni pour personne d'autre. Quatre heures plus tard il y eut 3 mouvements, les enjeux étaient de 70 à 1 sans parieurs.

Ateberio répondait aux manœuvres du maestro sans s'attarder à regarder l'échiquier. Les mouvements se précipitaient instantanés de ses mains comme s'il avait été joueur de ping-pong, et puis il continuait à faire les mots croisés quotidiens des jours précédents.

Au 79ème coup le zugzwang se fit évident en onze mouvements. Le maestro sortit ses pieds de la cuvette qui contenait de l'eau tiède. Technique éprouvée pour l'amélioration de la circulation cérébrale, remède appris au cours des entraînements offerts par les techniciens russes lors de ses premiers tournois au cours des jeux internationaux de jeunes à La Havane.

Sans laisser refléter la douleur abstraite que ressent tout un chacun à la perte d'une bonne partie, et sans hâte, il remit ses chaussettes, il noua les laces de ses chaussures, se leva, et disparut en descendant la rue.

 

 

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