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* CHEMIN SCABREUX

 "Le chemin est un peu scabreux

    quoiqu'il paraisse assez beau" 

                                        Voltaire 

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Publié par VERICUETOS

 

Adolfo Guidali Etcheverry tan uruguayo como

Tabaré, Julio Herrera y Reissing, Galeano u Horacio Quiroga

   

Por Efer Arocha

París, 8 de enero de 2012

 

   Adolfo Guidali4

Adolfo Guidali Etcheverry

  

Guidali es un escritor uruguayo que vive en París y publica como hay que hacerlo ahora: salir a estanterías en América Latina, y en español de la región. Su novela Marginautas fue editada en México al igual que otros textos narrativos que vieron a luces en otras lugares. Conocí a este zurcidor de palabras, una noche cualquiera, en esos haceres literarios que nos taladran los huesos construyendo mundos que nos reflejan tanto interior como exteriormente, y que a veces somos países sintetizados que andamos soñando por los entresijos de París,

 

Guidali desde el momento en que lo vi percibía que comprimía toda la geografía de su origen con su mirada profunda y su comportamiento de niño adulto, cualidad que lo convierten en un ser extremadamente simpático, agradable y conversador. De inmediato pasó por mi memoria el recuerdo de un niño que nunca creció y que se murió por esos desmanes traviesos cuando pasaba los sesenta, Olver Gilberto De León. Otro a quien no le entran ni la polilla ni los años, y que se parece a un personaje de Tin Tin, es Fernando Aínsa, quien vive contando aves en vuelo, en un lugar de la campiña española; también una encantadora silueta de mujer va y viene por los alares de París deleitándonos con sus gratos textos; ella es Ingrid Tempel. Pero para entender a Guidali y a todos esos personajes ausentes y vivientes de la literatura uruguaya, se necesita hacer un bosquejo de ese país donde todos sus habitantes, empezando por Guidali y Eduardo Galeano, que son de tez café lechoso, y que pasan fácilmente por suecos o noruegos.

 

En Vericuetos N° 7, 1992, publicamos un texto sobre Tabaré, quien fue el último de los indios charrúas eliminado en 1831 por la burguesía uruguaya, que tenía un odio acérrimo contra todo lo que no fuera un blanco níveo. La República hizo lo que los españoles no se habían atrevido a hacer durante la Colonia: liquidar a todos los nativos. Siguiendo el criterio que nuestras víctimas también pueden ser nuestros héroes, el poeta uruguayo Juan Zorrilla de San Martín, hace un poema elegíaco en 1888 para glorificar la Leyenda de Tabaré  que tuvo amores con un mujer blanca. Pedro Henríquez Ureña, gloria de la crítica literaria latinoamericana, consideró la creación de Zorrilla de admirable; mientras que Miguel de Unamuno lo denominó el mejor poema americano en lengua española; y así sucesivamente otros.

 

Zorrilla que tenía una imaginación de escritor nos cuenta hablando del sustantivo propio Uruguay, que significa, “río de los pájaros pintados”. Félix de Azara afirma que designa a un pájaro nombrado “urú” Otros sostenemos que se deriva del vocablo Uruguá de la lengua guaraní para designar a un pequeño caracol que huye permanentemente de la civilización.

 

De otra parte la República Oriental del Uruguay, actualmente tiene una población de 3.500.000 habitantes, la mitad de los cuales los alberga su capital Montevideo; existe una minúscula minoría racial de negros y mestizos, a causa de limitar con Brasil y recibir su influencia. En términos territoriales de América del Sur, el país es muy pequeño, posee una superficie de 176.220 kilómetros cuadrados.

 

Uruguay como el resto de los países de América de sur a  norte, la mayor parte de su historia ha transcurrido bajo la égida de dos partidos, que en algunos casos cambian de nombre. En Uruguay se denominan blancos y colorados; mientras que en Colombia son liberales y conservadores, en Estados Unidos demócratas y republicanosnidos demócratas y republicanos. Analizando su esencia uno se encuentra que son uno y la misma cosa. Es por esto que resulta muy importante desde la  perspectiva de la historia, el surgimiento en ese país de la guerrilla urbana conocida como los “tupamaros” que se hizo conocer en octubre de 1969 con el asalto de Pando. Luego vendrán una serie de dictaduras y una persecución sanguinaria y sangrienta contra los rebeldes. Pero como el movimiento social no permanece estático y todo se transforma, en las elecciones del 2004 la izquierda llega al poder, encontrándose a la cabeza Tabaré Vásquez, gobernando entre el 2005 y 2010. En las nuevas elecciones gana el movimiento MPP, dirigido por José Mujica, ex-guerrillero tupa, quien ha hecho bajar la deuda pública, aumentar el salario mínimo, disminuir el desempleo y la pobreza absoluta, crecimiento del 10% de la economía, y otros rubros.

 

En el plano que nos ocupa, que es el literario, las Letras uruguayas tienen un sitial merecido en el tablero de la literatura latinoamericana. Uno de los cuentistas más connotados émulo de Adolfo Guidali, es Horacio Quiroga, a quien se le considera como el maestro del cuento latinoamericano, autor de Anaconda que fue el primer cuento que leí en mi juventud. Otro cuentista es Filisberto Hernández autor de La Cara de Ana, Fulano de tal, Nadie encendía las lámparas … Mario Benedetti, uno de los autores más prestigiados; algunas de sus novelas El cumpleaños de Juan Angel, texto versificado, La Tregua, Gracias por el fuego, éstas entre sus muchas creaciones. En la llamada generación del 900 se destaca el gran poeta modernista Julio Herrera y Reissing, paralelamente encontramos a Delmira Agustín, al ensayista José Enrique Rodó, Javier Deviana, Carlos Reyles; también aparecen mujeres como Juana de Ibarbourou, Sara de Ibáñez, María Eugenia Vaz Ferreira, Idea Vilariño, Marosa di Giorgio, Amanda Berenguer, Ida Vitale … Entre los hombres Eduardo Acevedo Díaz, Florencio Sánchez, Juan Parra del Riego, Mario Lebrero, Francisco Espinola, Enrique Amorím, Francisco Acuña de Figueroa, Carlos Martínez Moreno y Eduardo Galeano …

 

Retomando a nuestro publicado, Adolfo Guidali Etcheverry, que es un autor pausado donde fácilmente uno encuentra una lectura entre autor y texto; los dos establecen una unidad simbiótica en lo que predomina lo singular, a causa de la humanidad de Guidali asimilable a una divinidad mítica; diría que es la típica representación de un dios pagano, en él, nada refleja prisa, tal como en su narrativa. Su novela corta procede por acumulación donde la lentitud es lo dominante, la paciencia hace nidos en los párrafos. Uno de los buenos filones que se encuentra en Marginautas es lo transgeográfico. Rulito es un personaje trotamundos, anda a troncas y a  mochas, camina por donde encuentra brecha, sin punto de llegada ni rumbo, adonde lo lleva la realidad. Sin embargo, en cierto sentido trasluce melancolía y también nostalgia que en el autor deja escapar entre tanto y tanto al fogueo de vinos y de buena mesa. El trasterramiento es la piel del exilio, así el animal lo esconda tras sus escamas. Para no continuar disertando sobre los textos de Adolfo, publicamos varios de sus cuentos que permitirán a nuestros lectores forjarse su propia idea.

 

 

  

CUENTOS DE ADOLFO GUIDALI ETCHEVERRY

   

A mi hijo Mateo, a quien también le gusta escribir

 

“Il y a moins de force dans une innovation artificielle que dans une répétition destinée à suggérer une vérité neuve”.

Marcel Proust

 

  OBSESION

  

Nuestro personaje, un joven escritor, se encontraba leyendo en el salón de su casa, un pequeño apartamento amueblado y decorado en forma espartana, aunque no del todo austera. En definitiva casi un fiel reflejo de su personalidad.

Aquel día se había despertado con una extraña sensación de ahogo, su boca y su garganta estaban invadidas por un gusto seco y amargo, y una sustancia viscosa entorpecía los movimientos de su lengua.

De haber tenido un interlocutor delante, el diálogo se hubiese visto dificultado. Pero, precisamente ese día en que prefería no estar solo, dado su estado de ánimo, las blancas y mudas paredes de su estudio lo tenían como único testigo.

Con el correr de las horas ese sentimiento fue aumentando, el desasosiego amenazaba ahora con frustrar uno de sus hábitos mas frecuentes, la lectura. No encontraba, por más que pensaba, una causa lógica para toda aquella molestia. En forma un tanto ingenua se sugirió que la razón de su incomodidad era ese ruido uniforme y constante producido por el goteo de una canilla en la cocina. Presuroso se levantó para acudir a cerrarla.

En la soledad del apartamento la paz se vio quebrada sólo por el sonido amortiguado de sus pasos sobre la roja moquette. A su regreso observó por un instante el antiguo trabuco colgado inerte sobre la pared. Se sentó y avanzó algunas páginas en la lectura del ensayo, pero todo seguía igual, la tensión persistía e incluso aumentaba. De manera apresurada tomó un saco de su ropero y salió a la calle.

Se encaminó hacia un viejo y descascarado edificio en la zona céntrica, y allí montó en un viejo, lento y chirriante ascensor forrado de vidrio. Al llegar al piso deseado hizo sonar tres veces el pequeño llamador, una mano de bronce que, con su gélido contacto, sólo ayudó a aumentar su ya ingente angustia.

Durante todo el trayecto había sentido como si aquella presencia que lo mortificaba se hubiese echado tras él en una persecución implacable. Ahora tenia una especie de certeza. Al salir a la calle miró hacia el cielo en actitud implorante e interrogativa, pero  sus ojos fueron heridos por los reflejos del atardecer; al bajar la mirada se encontró con un pordiosero que le alargaba la mano pidiéndole una limosna; pero él cree ver que lo apunta empuñando el viejo trabuco. Aún así, se incorporó y atinó a sacar unas monedas de su bolsillo para dárselas; entonces se alejó corriendo.

Llegó a casa de su novia, de manera precipitada trató de explicarle lo que a esta altura era ya una obsesión. Ella intentó consolarlo y restarle importancia a su historia, atribuyéndolo todo a la tensión nerviosa. Más se preocupó en hacerle caricias y arrumacos que en tratar de entenderlo, al punto que, exasperado, en un rapto de ira se marchó sin dar más explicaciones.

Siguió su fuga sin rumbo, cansado se sentó en la barra de una confitería, pidió un whisky y fumó nerviosamente un cigarrillo. De repente, su mirada antes perdida en la lejanía, se cruzó con la del barman, no llegó a advertir si denotaba desprecio o compasión por su actitud tan insegura. Por un segundo volvió a su mente la imagen del trabuco, aplastó con pulso tembloroso el cigarrillo, pagó y se fue.

Como último recurso en medio de su desesperación, desembocó su alocada carrera en la quinta de un amigo. Al entrar, en un ambiente cargado de humo y efluvios alcohólicos, una mujer se desvestía al compás de la música en medio de gritos histéricos. El dueño de casa, tirado en un rincón entre cojines, no hizo caso a sus inquietudes y como toda respuesta o invitó a integrarse a la orgía.

Otra vez se retiró casi  por completo derrotado, con la convicción de que estaba solo frente a un enemigo intangible representado por un elemento decorativo. Con paso lento y pausado volvió a su casa, fatigado, aunque todavía un poco excitado. Una vez en ella trató de tranquilizarse y recapacitar, pero era imposible, la presencia del arma sobre la pared lo arrojó de nuevo al exterior.

Se fue entonces a caminar por la playa, lo hacía descalzo sobre las olas que rompían en la orilla, se entretuvo mirando las breves ondas que formaba el agua al chocar con sus pies. Eran las primeras luces del alba, la brisa húmeda castigaba su rostro y enmarañaba sus cabellos. Por un instante, una sensación de náusea recorrió todo su cuerpo, pero duró poco, pues sabía que ya no tenía  sentido, que todo había terminado para él. Entonces una lágrima se deslizó por su rostro, y antes de caer sobre la oscura arena alcanzó a besar sus labios haciéndole sentir un gusto salado, su última sensación, pues al levantar la vista, la bruma le impidió ver la oscura silueta que oprimía el gatillo. Un intenso fogonazo, un estampido seco, y cayó de espaldas con ojos horrorizados. En medio del  amanecer  lleno de un manto gaseoso la escena se paralizaba, marcando para nuestro personaje el comienzo de un viaje eterno sin destino por la oscuridad infinita.-

  

MUERTE CIVIL

  

Me llamo Carlos Reyes, aunque me da cierta vergüenza decirlo, en realidad en mis casi cuarenta años de vida no ha ocurrido nada demasiado interesante. Mi rutina se limita casi exclusivamente a mi trabajo en el Banco, mi familia y alternando con alguna que otra escapada al estadio o a la rueda de amigos en el café, los fines de semana. Esto hasta hoy porque es indudable que todo ha tomado matices muy diferentes cayendo en el plano de la confusión.

Todo empezó esta mañana en que aprovechando el feriado laboral me quedé hasta muy tarde en la cama. Si no fuera por mi pereza, me hubiese llamado la atención no haber almorzado a la hora acostumbrada, pero el calor de las sábanas y frazadas me hacia cómplice de tal desarreglo. Entonces me dediqué a leer el diario de la noche anterior con tal avidez que, sin darme cuenta y contra mi costumbre, me encontraba en medio de la pagina necrológica. Quedé muy sorprendido al encontrar mi nombre entre los avisos, pero la sorpresa del principio se transformó en estupor cuando al leer los de los deudos comprobé que coincidían con los de todos mis familiares. Porque después de todo la existencia, o ya no, de un homónimo está dentro de lo previsible, pero ya todo era demasiado casual.

Me levanté abruptamente y me dirigí hacia el patio central de la vieja casona. Creí enloquecer al toparme con mi madre llorando desconsoladamente, la tomé entre mis brazos y le pedí que me explicara algo de lo que estaba ocurriendo pero todo fue inútil, me abrazó y su llanto cobró mas fuerza aún. Desesperadamente busqué a Virginia, mi hermana, considerada la más centrada y responsable de la familia, llegó a hacer estudios universitarios de Derecho y actualmente trabaja en el estudio de un abogado. La encontré en su dormitorio hecha un ovillo sobre la cama, los resultados fueron los mismos, sus ojos hinchados por el llanto parecían no verme.

Traté de aislarme para razonar y aclarar aunque sólo fuese en mi mente los sucesos pero, ya por la tarde el incesante desfile de vecinos con cara de circunstancia me impidió hacerlo. Habían pasado algunos compañeros del banco, amigos de la familia, el panadero y otros, cuando llegó Lucía mi ex novia, acompañada por doña Rosa, su madre. Al verla luego de tanto tiempo, tan arreglada como siempre, me pregunté cómo no llegué a casarme con tan adorable mujercita. Me sentí tentado en hacerle un cumplido sobre lo bien que le sienta el color azul, pero me contuve, era una irreverencia en tales circunstancias una cosa así.

Por su parte, doña Rosa, de riguroso luto desde la muerte de su esposo don Fermín, hacía gala de la misma solemnidad con la que no mucho tiempo atrás en las tertulias interrumpía nuestras charlas de sofá. Con una mano sostenía la de mi madre y con la otra se abanicaba, mientras paseaba una mirada de desprecio sobre toda la concurrencia.

Llegó un momento en el que definitivamente creí perder la razón, ya no comprendía nada de lo que pasaba a mi alrededor, quise gritar y poner fin a esto que para mí era una farsa sin sentido, una auténtica pesadilla, pero no, pues no tenia derecho a irrumpir en el dolor de toda aquella gente.

Así llegó la hora de cenar, sólo quedaban en casa los parientes más cercanos. Mis tías improvisaron una informal y frugal cena fría. En el momento de sentarnos a la mesa, todos rezamos al unísono una oración que me estremeció. Porque la verdad era una sola: Carlos Reyes había muerto.

 

 

calle de Montevideo.Sarandi

                                                                       Calle de Sarandi,  Montevideo, Uruguay

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