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* CHEMIN SCABREUX

 "Le chemin est un peu scabreux

    quoiqu'il paraisse assez beau" 

                                        Voltaire 

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Publié par VERICUETOS

Ezra en Venecia por Miguel Rodriguez

Fragmento de un libro de ensayo

con el pretexto del poeta Royer Santivañez.

 

El eterno mar Adriático hoy también apacible. Imagino la extraña ciudad de Trieste, que sólo visité una vez, entre bruma y llovizna, donde vivieron Nora y Joyce. Estoy en la Ísola di San Giórgio Maggiore, frente al Palazzo Ducale y la Basílica de la Piazza San Marco. La iglesia se llama San Giórgio Maggiore y también Palladio, en homenaje a su constructor, Andrea Palladio. Ha sido construída sobre un antiguo monasterio benedictino. Veo la torre del campanario –un delgado paralelipípedo color ladrillo– rematada en una figura geométrica cónica, color azul carnaval, en cuya punta hay una gran veleta de hierro en forma de gallo.

Al entrar en la iglesia, admiro las columnas, la parte superior de la nave, los vitrales, la cúpula. Voy despacio hasta ese sitio, donde ahora hay una placa. ¿Cuántos siglos estuvo allí aquel cuadro del Veronese que vi en el Louvre? Es un óleo maravilloso que lleva por título « Las bodas de Canaán », que seguramente figuraba entre los favoritos de los chicos alemanes que llamaban « Los Nazarenos ». Junto con el de Pietro Vanucci, conocido como el Perugino –que puede considerarse como el maestro y predecesor de Rafael–, el trabajo del Veronese les fascina.

En este cuadro, el Veronese ajusta su arte al gusto de los Nazarenos, pues contiene los elementos requeridos por éstos. ¿Cómo fue ese cuadro al Louvre? ¿Napoleón? ¿Un tributo de guerra? Muy posiblemente. Aquí lo vuelvo a ver hoy, apenas desembarcado en Venecia, en su lugar original –como en busca de su propio espectro. Veo un efecto como de ilusión óptica que corresponde al decorado arquitectónico del Palladio. Se representa al Nazareno transmutando el agua en vino. Se ven algunos discípulos. En su alegoría, el Veronese representa sujetos de otros tiempos, en interesante combinatoria. Son clérigos –sacerdotes, abates, cardenales– con atuendos de ceremonia, de celebración, de fiesta. Se ve un grupo de músicos, domadores de animales y bufones alborotados. El suntuoso banquete de Canaán no pertenece a los tiempos del Nazareno, sino, más bien, evoca la Venecia del Renacimiento. Un jugoso trozo de carne que se corta en la terraza superior, detrás y encima de la figura del hombre, representa al Cordero Místico. Cae una rosa blanca del balcón, como prefigurando el sufrimiento de María, mientras que el reloj de arena en la mesa de los músicos y, sobre todo, el hueso que un perro roe, preludian su muerte próxima.

Pienso que en tanto que organismo anfibio, poroso y mutante como el propio idioma, el pensamiento y el mensaje del Nazareno ha de continuar su evolución. Lo que imagino como forma más o menos acabada de ésta, todavía lejana, no la conoceré; pero afirmo sin alarde haberla practicado ya, tal como la entiendo, en el contexto del amor y la amistad, siempre. Contrariamente a lo que se piensa, yo nada reprocho al cristianismo sino al eterno oscurantismo. A mi entender, la existencia de La Divina Comedia, lo justifica como institución, al margen de toda barbarie. Desde el Alto Medioevo hasta nuestros días, la casi totalidad, sino la totalidad del gran arte proviene del cristianismo. La obra de Shakespeare y el Siglo de Oro español de él proceden. El satanismo de Baudelaire y de Lord Byron, las obras respectivas de Donne y Blake, las obras respectivas de Shelley y Rimbaud –por citar prestigiosos ejemplos– de él proceden, aunque sea por contraste. Por contraste también, el Marqués de Sade y el propio Friedrich Nietzsche, que no quiso reconocerlo, que construyó su admirable obra desde una oposición radical, alimentada por el desprecio. Pienso que es de gran importancia para la evolución mental de la humanidad, que se escriba gran poesía, pero que no importa en absoluto quién la escriba, pues la poesía proviene de las entrañas de la raza y sus pueblos tan diversos. La poesía es como la voz individual del genio y la imaginación colectiva de los pueblos. Desde siempre, el mensaje es el mismo: celebrar la belleza y la maravilla de la vida, celebrar el amor y las pasiones de la vida. Es una voz –un canto, una loa, un Te Deum– que, surgiendo de lo más profundo del ser y la memoria de los pueblos, sale hacia la luz por el trabajo individual de quienes la recogen para cristalizarla en el idioma. Así como los pintores y otros artistas, los poetas acumulan, arreglan y armonizan con sello personal el resultado del trabajo de muchos hombres. El culto al individuo, sea cual fuere su talento o su genio, es la tragedia de Occidente. Creo que ésta proviene del mesianismo, del entronizamiento del Nazareno como dios. El Nazareno también fue la consecuencia de una determinada cultura, de un determinado pueblo. Aunque no se transparenten con estas palabras, las preocupaciones estéticas, políticas y económicas de mi poema giran en torno a estos ejes; también, en torno a la enseñanza de Confucio y ciertos elementos taoístas de la China milenaria.

Después de caminar lentamente y admirar todo que de admirable hay en la nave de la iglesia, me detengo frente al púlpito vacío. Regreso por el corredor central mirando las bancas vacías a derecha e izquierda. Al fondo, distingo el bulto sobrecogido de un hombre casi tan viejo como yo; para no interrumpir su silencio con mis pasos que resuenan, me siento. Al minuto de hacerlo, entra un rayo de sol por un rombo del vitral y, posándose sobre mí, me toca con su luz de cobre intenso.

Piazza San Marco, luego la Basílica. El vaporetto me deja muy cerca, en la Riva degli Schiavoni. Según la leyenda, aquí reposan los restos del evangelista Marcos, cuyo emblema es el león. Dichas reliquias fueron traídas de Alejandría. Lo que más admiro es la mezcla de arte bizantino, islámico, gótico y renacentista en su arquitectura. Hace bastante frío y hay pocos turistas. Antes de volver a la Basílica por otro lado, doy una vuelta por el Palazzo Ducale. Allí siguen las góndolas y los gondoleros, como si fueran los mismos, los que vi quince años atrás. El aire está, como siempre, impregnado de un relente de fango que, para mí, nada tiene de desagradable, al contrario. Ya nadie me conoce. Soy totalmente anónimo e invisible, cosa que me reconforta. Si alguien me ha conocido aquí, ya no me reconoce, tan cambiado estoy, tan flaco y viejo. Mis ojos están hundidos; las mejillas, ahuecadas; los pómulos surgen con la proeminencia del hueso bajo la piel floja. Como en el poema de quien considero el mayor poeta de lengua inglesa del siglo 20, mi caro maestro y caro amigo William Butler Yeats, que en paz descanse, me parezco al hombre senil que vuelve a la sagrada ciudad de Bizancio. Ya pasé los setenta. El trabajo de Los Cantos me ha gastado más que el paso del tiempo, en todos estos años. Escribiendo el poema, he tenido por momentos la impresión muy precisa de que, al hacerlo, dejaba jirones de mi propia vida. Otras veces he pensado: « Escribirlo me está matando ». Y de nuevo me invade un gran desánimo para continuar. Pero lo haré, puesto que es la catedral de mi propia vida. Y será como un testimonio de lo que fue mi vida. Malatesta tuvo su hermoso templo repleto de obras paganas. I. N. R. I Sigismundo Imperator, Rex Proditorum. Yo tendré mi catedral con palabras de mármol, de cobre, de piedra. Pero lo haré, sobre todo, porque es un trabajo de amor. Y porque es un don. Lo haré también por el amor de Olga, que tanto lo merece.

Después de admirar la hermosa obra de esmalte bizantino que representa al Arcángel que vence a Lucifer, he vuelto a extasiarme frente a los portales en forma de ojiva, frente a los mármoles rosas y blancos del Palazzo Ducale, donde pienso en tí, Olga. Entre las mujeres que he amado con amor medular, Olga y Dorothy ocupan lugares de privilegio; entre ambas, Olga, siempre Olga, seguramente hasta la muerte. He sentido el verso de su nombre resonar entre los espesos muros de la Basílica, tan cargados de historia, de arte, espiritualidad. Ahora lo escucho de nuevo frente a los mármoles del Palazzo Ducale. Pienso en ella como pensar en un comentario para una sonata en Re menor para viola de Orfeo, que no pude realizar cuando el arresto. En verdad, era un estudio sobre un Lacrimae consorte, donde impera el sonido de las cuerdas metálicas. Tantas veces hablamos de eso, allá en París. Los compositores ingleses del siglo 17 le son particularmente queridos, así como eso que ella llamaba « el halo sonoro » de un instrumento especial, una viola de cuerdas simpáticas utilizada por los músicos de entonces. Por estas y otras afinidades, incluyendo la concepción libre del amor, nuestra historia es algo que perdura. También hablé de don. De la capacidad de don. Desde la infancia tengo la idea de que un regalo o don, sea cual fuere, es algo que, a su vez, debe ser regalado o donado –transmitido, si se quiere. Así, el arte. Este es como la quintaesencia de muchas individualidades que, reunidas sin confundirse, dan como resultado algo que si propiedad es, es común y necesita ser compartida. Lo particular de cada artista es la expresión de su libertad, parcial o total. El gran arte literario es la belleza de un idioma en el máximo de sus posibilidades combinatorias. El arte, por lo demás, no pertenece al artista. La tierra donde hemos nacido tampoco nos pertenece; nosotros pertenecemos a ella. Así, el artista al arte. Los artistas son las antenas sensibles de los pueblos, de la raza; son voltímetros de la vida artística e intelectual de una nación. En cuanto a influencias, es vital nutrirse de cuantos grandes artistas sea posible –teniendo la decencia de reconocer la deuda. En lo concerniente a la crítica, si es inteligente, debe ser considerada como otro arte. La precisión en la elección de los términos y vocablos que la expresen, ha de ser exacta en lo posible, no vaga o especializada. Pero la crítica tal como la entiende la asombrosa mayoría de sabihondos literatos, la rechazo, de modo que sugiero mandar al diablo a cuanto crítico utilice términos vagos o haga acopio de generalidades. Como poetas, como escritores, lo mejor es no hacer caso alguno de quienes no hayan escrito una obra notable. En cuanto a la complejidad de la obra, pienso que está visceralmente relacionada con el hombre, con el artista que la produce. A medida que la mente del artista se convierte en un máquina más pesada, de estructura más compleja, necesita un voltaje cada vez mayor de energía emotiva para adquirir un movimiento armónico. Alguna vez lo he dicho y lo vuelvo a repetir: la poesía es un centauro. Y la obra que no sea fiel a la conciencia humana y a la inextricable naturaleza del hombre; la obra que no sea un acto de amor; la obra que no sea concebida como un don, mejor que no sea. En fin. Este tipo de ímpetus todavía me dominaban cuando conocí a Olga. Ahora, a mi edad, simplemente los acepto con lo que tengan de acertado o no, según la estética de cada quien –de quien se sienta concernido.

De los amigos poetas y escritores, en pro de cuyas obras fui alguna vez editor, Olga quería especialmente a Eliot y también a Joyce. Antes de admirar en Joyce la obra que lo haría célebre, yo siempre admiré al joven Joyce poeta de Chamber Music, obra compuesta por 37 poemas de amor. Hasta hoy pienso en Joyce, sobre todo en sus primeros tiempos aquí, cuando con mujer y dos hijos sobrevivía a duras penas con un miserable sueldo de profesor de inglés. El caso de Eliot y su conversión a la iglesia anglicana es tan complejo y paradójico como el mío, de modo que no daré detalles al respecto. No sé porqué pienso en Joyce ahora, frente al Gran Canal. Es un recuerdo que me da alegría, por contraste a la cólera sentida hace tantos años ya, cuando unos imbéciles del país donde nací censuraron Ulises por « pornografía ». Gracias a Sylvia, esta obra maestra vería la luz en su versión integral, sin cortes, allá en París.

En aquellos primeros tiempos idílicos de París, Dorothy, Olga y yo conocimos todas las delicias e incluso una armonía inquietante, particularmente intensa, de eso que los franceses llaman un ménage à trois. En verdad, éramos cuatro la mayoría del tiempo; o más, si tengo en cuenta los amantes esporádicos de Nina, de la propia Olga, de Dorothy una que otra vez, hasta que decidió irse a Egipto. Olga tenía un studio amplio, pulcrísimo y lleno de luz en la rue Firmin Guillot, cerca de la Porte de Versailles, casi en las afueras de París. Dorothy y yo vivíamos en el apartamento de la rue du Parc Royal, cerca de la hermosa Place des Vosges, donde solía ir a menudo, para reflexionar o leer. La pobre Nina vivía al otro lado, cerca de la Place de Clichy. Pienso también en tí, Nina, mi bella estudiante de entonces, tan amorosa, tan paciente, tan capaz de soportarme todo, absolutamente todo, sin que yo lo pidiera, hasta lo peor de mí. Si crisis había por momentos, ya cuando nuestro trío funcionaba de manera « oficial », pues iba unos días a refugiarme en casa de Nina, esperando que pasara la tormenta. ¡Y tenía tantos, tantos amigos queridos entonces, allá en París! Muchos se distanciaron de mí, otros cortaron radicalmente. Al final, a todos los perdí, a los más queridos sobre todo, que murieron. Ahora me queda uno. Uno solo, pero con él basta. Estas líneas de circunstancias van para tí, por tu valor y tu lealtad, por tu exquisito talento, por tu genio,William Carlos Williams.

Salgo del Museo Diocesano d’Arte Sacra, donde escribí lo anterior, y veo nieve caer en copos muy ligeros. Al poco tiempo, de nuevo en la Piazza San Marco, una nueva visión: Venecia bajo un ligero manto de nieve.

(« En París de los primeros tiempos, Dorothy y yo vivíamos –gracias a lo que ella ganaba– en un pisito que arreglé como pude, en el 70 bis rue Notre-Dame-des-Champs. Otro detalle. Weston es mi apellido materno, porque son mis padres Homero Pound e Isabel Weston. Sabiendo desde los quince años que sería poeta, o que ya lo era, decidí escribir los poemas más grandiosos nunca escritos, eso es todo.

Durante mi primer séjour en Francia, fui por los caminos del Sur Oeste, en busca del alma de los trobadores, en busca del alma de Bertran de Born especialmente, autor de un Elogio a la guerra. Hay un momento en que la historia y la literatura, así como antes la mitología y la poesía, se funden para engendrar un tercer elemento, mezcla de ambos en la imaginación del artista. Ese tercer elemento es eterno. El individuo también tiene su historia personal; si el individuo es artista, selecciona, muchas veces sin saberlo, episodios importantes de su propia vida, que después ha de recrear. Mitología y poesía, historia y literatura se fecundan recíprocamente.

El mismo año de mi matrimonio con Dorothy, allá en Londres, recibí deslumbrado dos trabajos de James Joyce. Escribí un artículo contundente y convencí al editor de « The Egoist » de proceder a la publicación de Portrait of the Artist as a Young Man por entregas mensuales, en forma de eso que los franceses llaman feuilleton. Tiempo más tarde, en plena Guerra Mundial, que Joyce refugiado en Suiza parecía ignorar totalmente, como si no existiera, recibí, más deslumbrado que la vez anterior, los primeros capítulos de Ulises; como estaba a mi alcance, procedí de inmediato a su publicación en la « Little Review » de la época. Ese mismo año, recuerdo, leí por primera vez los impecables poemas de un joven desconocido, Thomas Stearns Eliot, gracias a mi amigo Conrad Aiken.

Mis amigos fueron muchos, al margen de William Carlos Williams, fueron los amigos de siempre, los que siguieron visitándome en el St. Elisabeth’s: T. S. Eliot, Hemingway, e.e. cummings, a quien tampoco puedo olvidar. Por último, sin afán de burla, con respeto más bien, deseo saludar al doctor Winfred Overholser del St. Elisabeth’s, quien siempre estuvo convencido de mi locura. Paz y silencio a los restos de Joyce en Suiza. Paz y silencio a los restos de Eliot en Westminster. Paz y silencio al doctor Winfred. Paz y silencio para todos. Paz y silencio para mí. Paz. Silencio. Dejemos hablar al viento. »)

Ezra en Venecia por Miguel Rodriguez

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