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* CHEMIN SCABREUX

 "Le chemin est un peu scabreux

    quoiqu'il paraisse assez beau" 

                                        Voltaire 

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Publié par VERICUETOS

 

Una novela entre la calle Mouffetard y los bastidores de Miguel Ángel

 

Por Efer Arocha

París, mayo de 2009

 

Lejos de Roma es el título de una novela que en la noche del 7 del mes que nos ocupa, tocó empedrado en la rue Mouffetard, como lo hiciera una pequeña fuente por los mismos contornos en épocas romanas y la cual hoy honra a María de Médicis. Esta calle es tan vieja que su nacimiento ni siquiera tiene memoria. Empezó siendo un camino de los gaulois para también ser el de los romanos, los que dirigiéndose a Roma dejaban sus huellas entre sus barrizales. Luego se convertiría en una de las principales arterias de Lutecia. En sus predios se construyó, aproximadamente 300 años antes de nuestro calendario, un anfiteatro con una capacidad para 16.000 espectadores, denominado Las Arenas de Lutecia. Sus alares, quicios y andenes son testigos mudos de hechos que llenan tomos. Durante el Feudalismo, después de la caída del imperio romano, apenas fue una vía somnolienta que en la Edad Media era intransitable en verano por la fetidez, a causa de las excrecencias de sus habitantes y residuos malolientes de trajines comerciales que hacían montones en detritus inidentificables, obligando a transeúntes a esquivarlos con audacia por fuera de lo habitual.

 

La modernidad en sus onduladas melenas le ha traído, como a todas las ciudades, un obsequio inevitable: el de la nostalgia, y dentro de su médula la melancolía. Eso es hoy la rue Mouffetard, una calle melancólica, empezando por ese tachón que es la iglesia de San Medardo, en cuyo altar, muros y naves se ven y se escuchan los ruidos de los lamentos desde el Renacimiento, para luego seguir por los lomos melancólicos donde cada semana se recrean los recuerdos de los mercados de la Edad Media, mediante la realización de ventas en un día escogido, las que se llevan a efecto al aire libre, que ni siquiera dejan espacio a los peatones entre un paso y otro, por los arrumes de exquisitos productos que los parisinos de buen gusto y de bolsillo hinchado adquieren en parsimonia. Los ires y venires pasan rozándose con el número 126 que señala una discreta y clandestina puerta, en cuya piel los transeúntes o visitantes festejan el ojo a causa de que exhibe un color tropical. Para lograr abrirla se inicia el rito de códigos del “abracadabra pata de cabra” y sorteando peripecias se alcanzan las alturas donde en plena cuesta un discreto desecho o senda lo entrega en un jardín oculto y que lo conduce hasta el fondo donde se encuentra el taller de Miguel Ángel. Un espacio en zig-zag y de privilegio; goza de luz y de movimiento, y también de Métros porque en París el asunto es al centímetro y de cuerpo de medio lado. El espacio es el dominio de los pigmentos, lienzos, aceites y todo lo que un pintor de nuestro tiempo necesita para plasmar el acto creativo.

 

Allí fuimos cayendo graneados, en sigilo, como si se tratara de miembros de una secta secreta. Miguel Ángel afable, de parecido físico notable con su tocayo, y también émulo y colega en asunto de oficio, recibía a sus visitantes de abrazo y vino de mano. Los asistentes fueron escogidos siguiendo criterios preestablecidos, porque se trataba de una reunión de íntimos del agasajado, entre los que se encontraban los primeros amigos de Pablo cuando éste llegó a París y quedó perdido en el entresijo de la urbe. Privilegio de honor para el que esto escribe. Cuando vi a Pablo por primera vez se me hizo que era un estudiante de bachillerato. Nada en él presagiaba que alcanzaría su adultez, empezando por su voz; asunto que confirmo cada vez que viene a París, excepción hecha en materia literaria y de trabajo. En asunto de viajes, para ser más exacto, vive entre París y Medellín. Sufre del síndrome del trasterrado: cuando está en Medellín lo único que quiere es venirse para París y cuando está en París le sucede lo contrario. Montoya es la afirmación de sus obras. En la página 105 de Lejos de Roma, nos dice: “…y ser romano es ser de todas partes, o al menos de aquéllas donde la humanidad y la civilización son la expresión de un abrazo más o menos afortunado. Roma es tu nombre y los rasgos de tu cuerpo…” Pablo vive un exilio permanente que no presenta ninguna diferencia de esencia con el personaje principal de su obra, Ovidio. Quien fuera expulsado de Roma a consecuencia del uso del poder como hacen utilización aquéllos que todo lo pueden.

                                                                                                                                                                                                                                                           En los tiempos en que llegó Pablo a la ciudad habíamos fundado con el poeta Jorge Tafur del Perú; José Mejía, escritor guatemalteco; el pintor Jesús Tonanzín oriundo de México; el escritor Ernesto Mächler nacido en Colombia; el Taller Literario “Doce más uno”, una manera de homenajear al fatídico número por aquello de la agorería, la que todos sabemos. Nuestra meta era conseguir la cantidad citada y sumamos entonces al escritor argentino Rudy Gerdanc y a Pablito, como le decíamos a causa de lo relatado anteriormente. Posteriormente ingresarían, las que algunos llamaríamos en secreto, “Las tres gracias” -Myriam, Vivian y Silvia-, ahora todas poetas. En el Taller, Pablito presentaría ideas que más tarde se convertirían en sus libros. En ese entonces Vericuetos ya era robusta, y animamos al autor de Lejos de Roma, para que publicara su primer libro, Cuentos de Niquía, que refleja la pesadilla endémica aún no solucionada, llena de dolor y quejumbres interminables, de ese país sudamericano que no logra la paz a pesar de los múltiples caminos ensayados. Hablando del visitante, otro de los amigos del autor, que hoy hace parte de lo inanimado; el uruguayo, profesor de la Sorbona, Olver de León, me dijo: “tienes un tino para saber donde se cuajan las letras”. De los antes mencionados, a la lectura de la novela histórica de Ovidio, sólo pudo asistir Ernesto. De otra cochada literaria se hicieron presentes los poetas y las poetas, José Velarde, Jorge Torres, Luisa Ballesteros y Doris Ospina, los escritores Julio Olaciregui y Mario Wong, la filósofa Claudia Barrera, el profesor Hernando Franco, el ingeniero Germán Sarmiento, y los cineastas Carlos Obregón y un peruano del cual desconozco sus señas de pila.

 

Llegada la hora; el bullicio de la sociabilidad atizado por los vinos y las circunstancias, donde los concurrentes aprovechan para averiguar sobre asuntos pendientes o contarse acontecimientos, trajines o noticias que ameritan ser oídas de viva voz entre risa o en susurro, lo interrumpí tajante. Único método que ha resultado ser eficaz, en razón de la experiencia en iguales circunstancias. En seco el murmullo dejó de ser. Una solemnidad inusitada se apoderó del lugar, sólo había un silencio expectante que me obligó hacer uso de la concritud de los laconios; una frase corta bastó: ¡el autor va a leer! Todos seguíamos al lector con un respeto sepulcral y con la devoción que exige la palabra bien hilada, la cual de cuando en cuando, era abruptamente interrumpida por un ¡bellísimo!, o un ¡extraordinario! o ¡excelente!, en honor del cual se chocaban copas y se continuaba oyendo con la atención de un arrobamiento intelectual, y así se fueron consumiendo breves capítulos. El novelista firmaría libros para cada uno de los presentes y también para algunos ausentes; abordando enseguida un segundo plato fuerte, cuyos primeros bocados se iniciaron sobre causa y contenido de la novela, prosiguiendo con literatura colombiana, latinoamericana y francesa. Y en ese suceder despedir la noche y recibir el día.

                                                                             

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