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* CHEMIN SCABREUX

 "Le chemin est un peu scabreux

    quoiqu'il paraisse assez beau" 

                                        Voltaire 

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Publié par VERICUETOS

LA ÚLTIMAS ALEGRÍAS

                                                                Cuento de Milcíades Arévalo

 

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                                                                El escritor Milcíades Arévalo en su casa de la candelaria en Bogotá


Busqué un bar, desde el cual pudiera  divisar el muelle, la bahía iluminada, el horizonte, nada más. Solo esperaba la llegada de  un  barco para partir lo antes posible. Durante la travesía  tocaría los puertos y en los puertos estaban las aventuras y las muchachas bonitas. 

 

 Me siento  en un rincón desde el cual  veo  gente que entra y sale, interminablemente. Sus rostros parecen pintados de verde debido a la penumbra. Pido un aguardiente para alejar el frío.

 

 -- Hoy es navidad –dijo alguien a mis espaldas. Luego fue hasta la barra,  dio media vuelta, contempló al público y comenzó a cantar: La muerte.  Cuando la canción  inundó el bar, se acercó a mi mesa y me puso las garras en el hombro.

 

-- Te conozco –me dijo.

 

Lo miro a la cara: en ninguna parte del mundo lo he visto. Le digo que no tengo  tiempo de escucharlo, que pronto terminará de llover, que había entrado por causalidad, etc. No se inmutó con mis pequeñas protestas. Dejé caer la mirada sobre los espejos del bar, iluminado débilmente por lucecitas de colores. ¿Quién era, qué hacía, qué quería, de dónde vendría.

 

El hombre aspiró una bocanada de humo y poco a poco la fue soltando mientras hablaba:

 

-- La primera letra de mi nombre es la M, pero me hubiera gustado más que me llamaran Alejandro. Por lo demás, ¿qué importa  el nombre? Cuando era pequeño soñaba ser Capitán, navegar los mares del mundo. Me embriagaba de sueños: Playas, sol y amor…  Cuando el humo de mi tabaco sube al cielo y sobre el pavimento recién mojado por la lluvia   parpadean las luces de neón, pienso en la felicidad. Pero no vamos a hablar de eso, la felicidad no existe.

 

Quise decirle algo afectuoso, pero me interrumpió de nuevo.

 

 -- Me emociona enormemente el progreso de la humanidad. Los amaneceres me parecen maravillosos y los gozo hasta el delirio, pero hay algo que me atormenta todos los días. ¿Por qué armas y no manzanas? –me preguntó con rabia.   

 

Acaricié una idea en el magín. Quise decirle que la paz era un buen negocio para los fabricantes  de armas y las manzanas, pero le respondí que la paz del mundo estaba amenazada y, que en este caso, las armas le servían  a los gobiernos para defender sus  dominios. Me miro sorprendido y a la vez incrédulo.

 

-- En estos tiempos se habla mucho de  la paz pero eso a nadie le importa: la  paz es una paloma muerta –dijo dejando y se quedó callado. Imagine que trataba de localizar en el fondo de su memoria algún himno guerrero. Sorpresivamente  levantó la mirada y dijo:

 

-- Mi vecino a menudo me llama para que hablemos de su automóvil. Le he dicho mil veces que no entiendo nada de autos, que si me hablara por ejemplo de elefantes, podríamos llegar a ser amigos. Mi vecino cree que la envidia me muerde las uñas, pero se equivoca. Los hombres  de hoy tiene tantos objetos que cuidar que ya no tiene tiempo de vivir: su mujercita, su dinero, sus trapos, etc. ¡Pobrecitos!

 

Levantó la mirada y en el fondo de sus ojos vi que se perfilaba un recuerdo grato. Le pregunté si le gustaban los gatos.

-- Con Liv sentí por  primera vez el incendio en los labios y los carbones furiosos de la pasión en la sangre.

 Eso me alegro. Por fin hablaba de algo interesante. Mire a la mujercita que nos a atendía. La imaginé desnuda en alguna aventura amorosa y sentí un cosquilleo el cualquier parte.

 

El hombre  se levantó y fue al baño. Cuando regresaba lo detalle. La soledad pesaba sobre sus hombros. Lucía un abrigo raído y en sus ojos de azul profundo navegaba una paloma. Se sentó de nuevo y continuó hablando:

 

-- La mujer que está sentada en la barra, tan pronto me vio comenzó a contorsionarse como un  relámpago para  enredarme entre sus faldas. Por eso la alejé. Usted es diferente. Callado y estático. Me gusta su inmovilidad. Parece un muerto.

 

No me sorprendió que dijera “Parece un muerto” Desde hacía un tiempo esperaba que alguien me identificara entre la multitud. Traté de reírme pero luego pensé que no era cosa de bromas. El hombre clavó su mirada en mis narices y dijo:

 

-- El silencio absoluto. Esa es mi regla. Si le parezco una cotorra, no se extrañe, necesitaba comunicarme con alguien. No encontré ningún idiota  pero tampoco desfallecí. Soy un falso actor. Eso somos todos.

 

--¿Le gusta esa muchacha? -me preguntó el hombre.

 

Volteé a mirar  un bulto opaco, movible, perfumado. En sus manos podía tener un paraguas, un cuchillo o una flor. La imaginé en  alguna aventura amorosa. En menos de un instante estrujaría sus senos, grandes y turgentes y comenzaría a manosearla de la manera más deliciosa, llevado por las olas de un mar invisible y lejano.

 

-- En algún lugar del mundo una mujer piensa en mí –le dije.  Levanté la copa  y brindé a nombre de todas las soledades.


-- Escombro de guerra –dijo el hombre lanzando bocanadas de humo como un barco que se va a pique.


-- Es el momento –me dije. Saqué una soga y se la mostré. El hombre se quedo perplejo, mirándola. Le dije que era experto en hacer nudos e inmediatamente comencé a enseñarle, pero el hombre no daba con el mecanismo. Mis dedos eran ágiles. Me detuve para decirle que mi propósito no era enseñarle a hacer nudos. En pocas palabras le di a entender el asunto.  Dos meses de viaje y estaría de nuevo en mi patria, en sus calles y avenidas, sitios donde alguna vez fui feliz.. Soltó una risita macabra.

 

Lo observe detenidamente. Todo mi pasado nadaba en la profundidad de su mirada. Ya no habrá otros veranos para mí. Mi viaje, ¿qué importancia tenia? ¡Nada! Es posible que cuando regrese al hogar, ahora lejano y definitivamente borroso, Nadia diga al verme  llegar  que en ciertas cosas me parezco al que ella amaba, que aunque el amor sea el mismo he perdido mi tiempo para llegar a ser un escombro de guerra un recuerdo, nada. Barcos, puerto, la guerra, el valor, la libertad. Había luchado contra nadie y ahora… A veces quisiera  dejar a un lado las muletas y volar.

 

El hombre se levantó, miro hacia la calle. Dio un suspiro largo y miró hacia el espejo donde yo tenía puesta la mirada.


-- Ha escampado y es tarde ya. Si esta noche el policía de la esquina hace bulla con su cornetín es mejor que se cuelgue un ancla al cuello –dijo y salió.


La muchacha  se acercó, dijo algo acerca de la lluvia, luego me preguntó la hora.


-- No siquiera te conozco –le digo.


-- Los amantes del mundo no se conocen.


Miré el pasaje de regreso y comprobé que esperaba la llegada de un barco en el puerto más extraño jamás conocido.


-- Todos aman pero no todos esperan un barco –le digo.


Apoye firmemente el cuerpo contra las muletas, estruje sus senos, recorrí su cuello con mi lengua  y acerqué mi boca a sus labios. De su carne brotaba el aroma del deseo.


-- El barco… --murmuro. Tomo un trago. Abro la puerta y salgo a la calle.

 

El viento del amanecer levanta papeles, hojas… De todas partes me llega el aliento  fresco de la noche envuelto en el verano. En algún lugar del mundo, Nadia piensa en mí. En el horizonte, un barco se dirige al puerto con luces hasta el tope y banderas desplegadas en los mástiles. Al subir a cubierta tropecé con un hombre de aspecto agradable. Le mostré el pasaporte, el pasaje y los  recibos de la aduana. Una semana de viaje y estaría de nuevo en mi patria.  En un tono que derrumba a toda esperanza me dijo:

 -- Lo compadezco.

 -- ¿Por qué? –balbucí.

 -- Todos esperan un barco que no ha de venir --Tomó el astrolabio y comenzó a recorrer el cielo  de sur a norte.

-- Es cierto. Quizá la quilla de un nuevo barco apunte hacia este puerto

–le dije como si fuera un   escombro  de la guerra.

 Bajé a tierra.

 

   De “Las otras muertes” (cuentos)

 

 

DE DERNIERES JOIES

                                                                 par Milciades Arévalo             

                                                              Traduit par Libia Acero-Borbon 

 

 

Luis Vidales y Milciades

                                                                             Milcíades Arévalo con el poeta Luís Vidales

                                               

J'ai cherché un bar, depuis lequel je puisse distinguer le quai, la baie illuminée, l'horizon, rien de plus. J’attendais seulement l'arrivée d'un bateau pour partir le plus tôt possible. Durant la traversée je toucherais les ports et dans les ports, je trouverais les aventures et les jolies filles.

 

Je m'assois dans un coin depuis lequel je vois les gens qui entrent et sortent, interminablement. Leurs visages semblent peints en vert à cause de la pénombre. Je demande  un verre d’eau - de - vie pour adoucir le froid.

 

Aujourd'hui c'est Noël - quelqu'un m’a dit derrière moi. Ensuite il est allé jusqu'au comptoir, a fait un demi-tour, a contemplé le public et a commencé à chanter : La mort. Quand la chanson a inondé le bar, il s'est approché de ma table et m'a planté ses griffes dans l'épaule.

 

Je te connais – m’a t’il dit.

 

Je regarde son visage : je ne l’ai vu nulle part au monde. Je lui dis que je n'ai pas le temps de l'écouter, qu’il va bientôt s’arrêter de pleuvoir et que je suis entré par hasard etc. Il n'est pas altéré par mes petites protestations. J'ai laissé tomber le regard sur les miroirs du bar, illuminé faiblement par des petites lumières de couleurs.  Qui était-il, que faisait, que voulait, d'où pouvait-il venir ?

 

L'homme a aspiré une bouffée de fumée et l'a relâchée peu à peu pendant qu’il parlait :

 

- « La première lettre de mon nom est M mais j’aurais préféré que l’on m’appelle Alejandro. En outre: qu'importe le nom ? Quand j’étais petit, je rêvais d’être capitaine, de naviguer sur les mers du monde. Je m'enivrais de songes: les plages, le soleil et l'amour … Quand la fumée de mon tabac monte au ciel et sur le pavé récemment mouillé par la pluie, que les lumières de néon clignotent, je pense au bonheur. Mais nous n'allons pas parler de cela, le bonheur n'existe pas. »

J'ai voulu lui dire quelque chose d'affectueux mais il m'a à nouveau interrompu.

 

- « Le progrès de l'humanité m'émeut énormément. L’aube me semble merveilleuse et je jouis d'elle jusqu'au délire mais il y a quelque chose qui me tourmente tous les jours. Pourquoi des armes et pas des pommes ? » – me demandait-il avec rage.

 

J'ai alors nourri une idée. J'ai voulu lui dire que la paix était une bonne affaire pour les fabricants d'armes et de pommes mais je lui ai répondu que la paix du monde était menacée et que dans ce cas, les armes servaient aux gouvernements à défendre leurs domaines. Il m’a regardé surpris et à la fois incrédule.

 

- « En ces temps, l’on parle beaucoup de la paix mais cela n'importe à personne : la paix est une colombe morte »- dit-il avant de demeurer silencieux. Je me suis imaginé qu'il essayait de localiser au fond de sa mémoire un hymne guerrier. De manière surprenante, il a  levé le regard et a dit :

 

- « Mon voisin m'appelle souvent pour que nous parlions de son automobile. Je lui ai dit mille fois que je ne comprenais rien aux voitures, que s’il me parlait d’éléphants, nous pourrions arriver à être amis. Mon voisin croit que l'envie m’en démange mais il se trompe. Les hommes d'aujourd'hui ont tant d'objets dont ils doivent prendre soin qu'ils n'ont pas assez de temps pour vivre : leurs petites femmes, leur argent, leurs chiffons, etc. les pauvres !

 

Il a levé le regard et au fond de ses yeux, j'ai vu qu'un souvenir agréable se profilait. Je lui ai demandé si les chats lui plaisaient.

- « Avec Liv j'ai senti pour la première fois l'incendie sur mes lèvres et les braises furieuses de la passion dans le sang. »

Cela m’a réjoui. Il parlait enfin de quelque chose d'intéressant. J’ai dévisagé la petite femme qui nous servait. Je l'ai imaginée nue dans une aventure amoureuse et j'ai senti un chatouillement à un certain endroit.

 

L'homme s’est levé et est allé aux toilettes. Quand il est revenu, je l’ai soigneusement observé. La solitude pesait sur ses épaules. Il portait un manteau râpé et dans ses yeux d’un bleu profond filait une colombe. Il s'est assis à nouveau et a continué à parler :

 

- « La femme qui est assise au comptoir, dès qu’elle m’a vu, elle a commencé à se contorsionner comme un éclair pour m'embrouiller entre les plis de sa jupe. C’est pour cela que je l'ai éloignée. Vous êtes différent. Silencieux et statique. Votre immobilité mhttp://www.latinoaldia.com/articles-/oolitica-y-economia/245-en-la-selva-de-alfonso-diaz-uribee plaît. Vous ressemblez à un mort.

  

Je n'ai pas été surpris qu'il dise " Vous ressemblez à un mort."  Depuis quelques temps déjà, j’attendais que quelqu'un m'identifiât parmi la multitude. J'ai essayé de rire mais j'ai ensuite pensé que ce n'était pas matière à plaisanteries. L'homme a cloué son regard sur moi et a dit :

 

- « Le silence absolu. C'est ma règle. Si je vous semble une pipelette, ne vous étonnez pas, j'avais besoin de communiquer avec quelqu'un. Je n'ai trouvé aucun idiot mais je n'ai pas non plus failli. Je suis un faux acteur. Nous le sommes tous.

Cette jeune fille vous plaît-elle ? » - me demanda l'homme.

 

Je me suis retourné pour regarder un ballot opaque, mobile, parfumé. Dans ses mains, elle pouvait tenir un parapluie, un couteau ou une fleur. Je l'ai imaginée dans une aventure amoureuse. En moins d'un instant, je presserais ses grands seins turgescents et commencerais à la caresser de la manière la plus délicieuse, porté par les vagues d'une mer invisible et lointaine.

 

- « Quelque part dans le monde, une femme pense à moi » - lui ai je dit. J'ai levé ma coupe et ai porté un toast au nom de toutes les solitudes.

- «  Ruine de guerre » - dit l'homme en expirant des bouffées de fumée comme un bateau qui coule.

 

« C'est le moment » - me suis-je dit. J'ai sorti une corde et la lui ai montrée. L'homme est resté perplexe, la regardant. Je lui ai dit que j’étais un expert pour faire des noeuds et immédiatement j’ai commencé à lui apprendre mais l'homme ne découvrait pas le mécanisme. Mes doigts étaient agiles. Je me suis arrêté pour lui dire que mon propos n'était pas de lui apprendre à faire des noeuds. En peu de mots, je lui ai fait comprendre l’affaire. Encore deux mois de voyage et je serais à nouveau dans ma patrie, dans ses rues et ses avenues, des endroits où une fois j'avais été heureux. Il a lâché un petit sourire macabre.

 

Je l’ai observé attentivement. Tout mon passé baignait dans la profondeur de son regard. Il n'y aurait plus d'autres étés pour moi. Mon voyage: quelle importance avait-il ? Aucune! Il est possible que quand je revienne au foyer, maintenant lointain et certainement flou, Nadia me dise à mon arrivée que sur certains points je ressemble à celui qu'elle aimait, que bien que l'amour soit le même, j'ai perdu mon temps pour devenir un décombre de guerre, un  souvenir, un rien. Des bateaux, un port, la guerre, la valeur, la liberté. Je n’avais lutté contre personne et maintenant … Parfois je voudrais laisser de coté les béquilles et m’envoler.

 

L'homme s’est levé, a regardé vers la rue. Il a soupiré longuement et a scruté le miroir où j'avais posé le regard.

- « Il a cessé de pleuvoir et il est déjà tard. Si cette nuit le policier du coin fait un tapage avec son petit cornet,  il vaut mieux  qu’il se pende une ancre au cou » – a t’il dit et est sorti.

La jeune fille s'est approchée, a dit quelque chose à propos de la pluie, m'a demandé l'heure.

- « Non je ne te connais même pas » - lui ai-je dit.

- « Les amants du monde ne se connaissent pas. »

   J'ai vu le ticket de retour et ai constaté qu'elle attendait l'arrivée d'un bateau dans le port le plus étrange jamais connu.

- « Tous aiment mais tous n’attendent pas un bateau » – lui ai-je répondu.

J’ai appuyé fermement son corps contre les béquilles, pressé ses seins, parcouru son cou avec ma langue et ai rapproché ma bouche de ses lèvres. Sa chair exhalait le parfum du désir.

 

- « Le bateau … »  - je murmure. Je prends un verre. J'ouvre la porte et je sors dans la rue.

    Le vent de l'aurore soulève les papiers, les feuilles … De toutes parts m'arrive l’air frais de la nuit enveloppé de l'été. Quelque part dans le monde, Nadia pense à moi. A l'horizon, un bateau se dirige vers le port avec des lumières sur toute la hauteur et des drapeaux déployés sur les mâts. Lorsque je monte sur le pont du bateau, je trébuche sur un homme d'aspect agréable. Je lui montre le passeport, le ticket et les reçus de la douane. Une semaine de voyage et je serais à nouveau dans ma patrie. Dans un ton à tuer toute espérance, il me dit:

- « Je te plains »

- « Pourquoi ? »  

- « Tous attendent un bateau qui ne viendra pas » - Il prend l'astrolabe et commence à parcourir le ciel du sud au nord.

- « C’est vrai. Peut-être que la quille d'un autre bateau visera ce port » - lui dis-je comme si j’étais un décombre de la guerre.

   Je descends à terre.

De “Las otras muertes” (cuentos)

                                                                                                   

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