Overblog Suivre ce blog
Editer l'article Administration Créer mon blog

* CHEMIN SCABREUX

 "Le chemin est un peu scabreux

    quoiqu'il paraisse assez beau" 

                                        Voltaire 

VISITEURS

compteur

Publié par VERICUETOS

Tango
   En francés : link
  Escrito por  Daniela Covo

 

 

     

             Soy su mejor cuadro. Modestamente hablando, realmente una pequeña obra de arte. “Tango”, es así que me llamo. 70x110cm, tinta china y plumilla sobre papel blanco, en un marco de molduras plateadas, que hacen resaltar el dibujo. Su mejor cuadro y su preferido también, estoy seguro de ello.

            Tiene una pasión por el tango, ese baile ondulante llegado desde el otro lado del Atlántico. ¡Cuántas fotos no habrá visto de parejas bailando estrechamente enlazadas, inmovilizadas por la cámara en posiciones inverosímiles, momentos suspendidos de arabescos sensuales!

            Y finalmente un día, habrá procedido como de costumbre: las habrá puesto todas de lado, habrá sacado su papel de dibujo, lo habrá desenrollado sobre su mesa de trabajo, junto a sus lápices, su goma de borrar, su plumilla y su tinta china, y se habrá sentado. Un largo rato sin duda, se habrá quedado inmóvil contemplándolos, sin ver nada en realidad, dejando largamente subir la inspiración. Yo nací ese día, surgiendo lentamente de la magia de su gesto, de esa pulsión misteriosa e íntima que habita al artista en el acto de creación.

            Lo he visto hacerlo, una y otra vez después. Tomar su lápiz y esbozar con un toque ligero –rozando, parecería, apenas el papel- una curva, un trazo, una forma… Dibujo inicial, matriz de lo que seguirá.

            Lo que siguió, en mi caso, fue el surgimiento de una pareja que, al contrario de la de las fotos, no se inmoviliza en una pose de baile. Porque esta pareja baila, efectivamente: está literalmente moviéndose.

            El hombre rodea a la mujer con su brazo, su mano derecha sobre la espalda de ella. Ambos se inclinan hacia un lado, unidos en un mismo gesto. Miran el piso, o tal vez el pie que cada uno de ellos avanza, equilibrando sus dos cuerpos enlazados. Sus cabezas están muy cerca la una de la otra: el pelo tirante por la gomina él, rodete ajustado ella. El hombre estrecha con su mano izquierda la derecha de ella. Bailan: giran, aplicados, atentos, totalmente absortos en la acción, a juzgar por la expresión grave, casi religiosa de sus rostros. El lleva un traje oscuro y estricto del que se destaca la blancura de la camisa. Ella viste una blusa blanca y una falda oscura cuyos pliegues saltarines  acompañan su movimiento.  

            “¡Se salen del cuadro, van a girar en la habitación!” –se había exclamado Marine, admirativa, la primera vez que me vio. “¡¿Cómo hiciste?!” –siguió, maravillada. El sonreía, orgulloso del efecto producido sobre la joven.

            ¿Cómo había hecho? Como siempre; ella, por de pronto, lo sabía muy bien. Con su plumilla, pacientemente, meticulosamente, había dibujado un número infinito de minúsculos trazos contiguos. Guiado por el esbozo del lápiz inicial, había dibujado algunos contornos solamente; luego había ennegrecido las partes más oscuras del cuadro: cabellos, telas, pliegues, sombras proyectadas por uno u otro detalle. Representación incompleta, que el ojo del espectador espontáneamente acaba. Participación involuntaria pero activa; es de ella tal vez que proviene la fuerza y el dinamismo del dibujo… El arte del dibujante reside allí, en el surgimiento de lo que no está y sin embargo se ve. Marine, una vez más, quedó  seducida.

            Se habían conocido tres años antes, en la inauguración de una exposición. El se había sentido atraído por aquella delicada joven que contemplaba atentamente los cuadros expuestos, mientras que al mismo tiempo parecía aburrirse. El se aburría también. No apreciaba mayormente ese tipo de pintura –arte abstracto- pero había venido por cortesía hacia el expositor y también por ocio. El tono de su voz era agradable al abordarla. Marine contestó sin reservas a aquel hombre afable que la sacaba de su aburrimiento. Cuando él le preguntó: “¿Conoce usted a este pintor?”, ella respondió, espontánea: “No. Pasaba por aquí, vi gente y entré. Pero no hay más nada de comer ni de beber…” El estalló de risa y se sentaron poco después en un bar próximo, ante una copa a la cual él la invitó.

            Ese fue el comienzo de su historia en común. Yves Volpi tenía unos buenos veinte años más de los veinte y cuatro de ella. Era un hombre alto, fuerte y juvenil. Se había hecho un nombre en la pintura, pero Marine había sido hasta entonces completamente exterior a ese medio. La candidez, así como la franqueza con las cuales confesaba su ignorancia, lo provocaron, despertando en él una actitud de Pigmalión que él mismo se desconocía y que, en el fondo, le encantaba.

            La cortejó mucho tiempo antes de que ella cediera. Le demostró una galantería un tanto anticuada que lo sorprendió a él, casi tanto como a ella, y que hizo durar para los dos el placer de la espera. Se descubrieron así una gran complicidad que ninguno de los dos hubiera sospechado de antemano, dada la diferencia de edad.

            Esa complicidad representó durante mucho tiempo el cimiento de la relación, la cual duró más de dos años. El primer año conservaron domicilios separados. Yves vivía solo en su taller. Ese lugar de trabajo, amplio y confortable, se prestaba mal, sin embargo, a la presencia continua de una persona más. Marine permanecía allí muy excepcionalmente; se quedaba a dormir algunas veces, únicamente por el placer de despertarse con el olor de pintura y en el alegre desorden de lienzos y pinceles. Generalmente se encontraban en el pequeño apartamento que la joven alquilaba al pie de la “Coulée verte”, en el distrito XII de París. El modesto salario que ganaba en una librería cercana, y que le permitía seguir interminables estudios de Letras modernas, no le alcanzaba para pagar un alojamiento más cómodo. Es así que al final del primer año de la relación, Yves le propuso compartir con ella un amplio apartamento de dos habitaciones situado cerca de su taller. Marine aceptó, aunque inquietándose interiormente ante la perspectiva de esa futura vida en común.

            Fui yo quien, sin querer, venció sus últimas reticencias. Un día en que ella me admiraba por enésima vez, Yves le sopló en el oído, mientras la apretaba contra él: “Lo colgaremos en casa…”

            Y, en efecto, me fue atribuido el lugar de honor sobre la pared del cuarto de estar, en línea directa con el gran lecho del dormitorio contiguo. Yves, que me había concebido, me miraba poco. Pero Marine se quedaba largo rato pensativa, contemplándome, sin que yo supiera lo que pasaba entonces por su mente.

Las dificultades comenzaron en el curso del segundo año. Ocurría con frecuencia que Marine le reprochara a Yves sus celos y su actitud posesiva. Yves, en esos casos, guardaba un silencio obstinado. Un pintor tiene mayor capacidad para expresarse por intermedio de los colores y de las formas que por el de las palabras. Pero estallaba algunas veces, quejándose del carácter desordenado, confuso e incomprensible de su compañera. Marine en esos casos se encogía de hombros, jurando no entender nada a aquellos enojos explosivos. Fui testigo de gritos, de puertas cerradas estrepitosamente e incluso vi una vez un cenicero volar y estrellarse contra una pared… Temí ese día por mí aunque, a decir verdad, dudo que ninguno de los dos se atreviera nunca a poner en peligro mi integridad.

            A las peleas sucedían reconciliaciones ardientes, por no decir apasionadas. “Somos como ellos dos –murmuraba a menudo Marine, mostrándome con la mirada- Giramos juntos, inseparables, sin despegarnos, en un mismo movimiento. Eso me da miedo”. “¿Por qué?” –preguntaba él. “Porque no hacen más que uno… no hacemos más que uno, nosotros dos, con nuestras diferencias…” “¿Y…?” –se reía él. Y… ella callaba.

            Cuando Marine comenzó a ausentarse regularmente de París y que le sorprendí por momentos un tono de voz seductor al hablar por teléfono –entre coqueto y confidencial- me dije que realmente las cosas se presentaban mal. Pero cuando, durante la ausencia de Yves por una exposición fuera de París, la vi caer en los brazos de un hombre, comprendí que mi vida iba a cambiar. Empecé por inquietarme por mí mismo. ¿A quién pertenecía yo en realidad? ¿Qué harían de mí si se separaban? ¿Además, cómo reaccionaría Yves al enterarse de la traición de su pareja? Temí las peores violencias.

            No fue así. Los hechos ocurrieron a toda velocidad. Yves ausente, Marine llenó rápidamente una mañana dos gruesas maletas con sus bártulos. Ese mismo día, su nuevo amante vino a buscarla. En cuanto a mí, no me esperaba a lo que sucedió después. Sin hablar casi, extendieron en el suelo una gran tela sobre la que me acostaron y con la cual me envolvieron cuidadosamente. Es así que me bajaron e instalaron con precaución en un coche grande, en el cual se introdujeron ellos mismos sin tardar.

            El vehículo arrancó en un silencio total. Al cabo de un rato oí la voz del hombre: “Tesoro…” y la respuesta de Marine: “No, déjame… Estoy bien”. No sé muy bien lo que se dijeron durante el largo trayecto hasta el sur de Francia. Sé que hablaron muy poco, que el hombre –se llamaba Bertrand- se mostraba cálido con Marine, pero que ella le contestaba a penas y a veces con cierta brusquedad. Yo, personalmente, me sentía extremadamente turbado; el alejamiento del que me había creado me inquietaba muchísimo.   

 
 *                                       *                                          *

     A los cincuenta y dos años de edad, Bertrand Jaffé poseía cerca del puerto de Niza un próspero negocio de antigüedades y habitaba una cómoda y lujosa casa en las alturas de la ciudad. Es allí donde nos dirigimos los tres –Marine, él y yo- el día en que la joven dejó bruscamente a Yves. Envuelto en mi tela, yo no vi la casa. Sentí únicamente el coche detenerse, luego el desplazamiento hasta un primer piso, la apertura de una puerta y el contacto de una pared contra la que me apoyaron. “Vas a estar bien aquí –le dijo Bertrand a Marine- Mi dormitorio está justo al lado”. Su voz sonreía, pero no hubo respuesta.

 

Marine no se reunió con Bertrand esa noche, como lo hizo todas las noches siguientes. Estoy seguro de que no durmió nada: la oí desplazarse constantemente en la habitación y la luz permaneció encendida. El silencio no se volvió total antes de la madrugada. Yo me preguntaba cuánto tiempo permanecería oculto y qué pensaban hacer de mí. La vocación de un cuadro, ya se sabe, es ser mostrado.

Mis interrogaciones tuvieron contestación dos días más tarde. Marine y Bertrand me destaparon y colgaron de la pared contra la que había estado apoyado. Mi mirada cayó sobre una habitación de reducidas dimensiones, sobriamente amueblada. No realmente digna de un anticuario, pero destinada más bien a alguien que no debía habitarla…

Desde mi altura, sin embargo, al pasar el tiempo, tenía la curiosa sensación de dominar la situación. Un cierto sentimiento de superioridad se me hacía en efecto cada vez más patente. ¿A qué se debía? ¿Acaso a las miradas, al principio furtivas, y luego más y más graves que Marine me lanzaba? Había retomado sus cursos en la Facultad y venía a leer o a escribir en la habitación donde tenía algunos efectos personales; pero podía quedarse largo rato en el único sillón, sin ánimo, los ojos entrecerrados puestos sobre mí. Me parecía entonces que el movimiento de su pecho era más acelerado que de costumbre y que corrían a veces lágrimas de sus ojos.

En cuanto a Bertrand, no entraba casi nunca en la habitación. Cuando lo hacía –siempre estando Marine ausente- era para quedarse de pie, plantado frente a mí, y escudriñarme con la mirada, como para adivinar algún secreto. Estoy seguro de que en ese momento pensaba en Yves.

¿Cuál era el lazo que unía la joven a aquel hombre que hubiera podido ser su padre? Por cierto no la pasión, como la que la había atado a Yves. Desde mi lugar percibía sus voces, pero no oía ni las bromas, ni las risas, ni los arrullos de enamorados, ni tampoco las voces enfurecidas del apartamento de París. En Niza el ambiente era calmo pero –conociendo a Marine- sospechaba que a ella le parecería monótono y hasta bastante aburrido. A Bertrand, tal vez, le convenía, ya que su joven amante se mostraba muy dócil con él.    

Esa era al menos la impresión que me daba, tan distinto era el clima de la casa del que yo había conocido. Terminé por acostumbrarme yo también, lamentando solamente el aislamiento en el que me encontraba. ¿Quién me admiraría desde ahora? Aparte Marine y Bertrand no veía a nadie, a no ser muy raras veces alguna mujer totalmente indiferente que venía para hacer la limpieza. Ninguno de los amigos de la pareja subía nunca a verme. Bertrand y Marine en cierto modo me escondían, lo cual, para un cuadro, es realmente un colmo…

Las semanas, los meses pasaron. Hasta que un día ocurrió lo imprevisto. Había habido la víspera una agitación inhabitual en la casa. Una discusión… “Pero no, ¡ve tú solo! Yo me quedo –afirmaba con fuerza Marine- No tengo ganas… Vas a trabajar mejor sin mí… Y además tengo que trabajar yo también, ya lo sabes, los exámenes en la Facultad son dentro de poco…” Comprendí que Bertrand debía viajar por razones profesionales y que Marine no iría con él.

No vi a Bertrand irse. Pero sí vi aparecer, temprano esa misma mañana, a Marine sobreexcitada, arrastrando una maleta. La lanzó sobre la cama y en ella amontonó rápidamente ropa, libros y otros efectos personales. Cuando al abandonar la habitación se dio vuelta y se plantó frente a mí, comprendí. Marine se iba, Marine me abandonaba. Dejaba a Bertrand, pero me dejaba a mí también, a mí sobre todo. Nunca me sentí tan solo, tan vulnerable…

Se quedó frente a mí un largo rato, una emoción intensa perceptible en sus ojos tristes y en su respiración agitada. Luego dio rápidamente media vuelta y desapareció.

            Tres días pasaron antes de que se oyeran los pasos y la voz alegre de Bertrand. Yo lo  esperaba con una mezcla de impaciencia y de temor. Llamó a Marine, recorrió la planta baja, subió al piso alto. En el dormitorio se paró en seco y enmudeció. Bertrand empezaba a entender. Luego izo violentamente irrupción en le habitación, arrancó los cajones de la cómoda de Marine, gritando: “¡No es verdad, no es verdad…!” Sobre el velador se encontraba un sobre que yo no había notado. Lo abrió febrilmente, leyó el mensaje de despedida que sin duda contenía. ¿Hablaba en él de mí? El hecho es que Bertrand se dio vuelta hacia mí, se acercó, los ojos cargados de dolor y de rabia. Temí lo peor. Pero no; se contentó con soltar un enorme puntapié a la pared sobre la que estaba colgado. Un anticuario no destruye una obra de arte… Terminó por derrumbarse en el sillón y, la cabeza en las manos, lloró como un niño. 

          Una nueva etapa se ha acabado, pensé. ¿Qué sería ahora de mí?

          Bertrand, azorado, terminó por irse, dando un portazo. Varias semanas transcurrieron antes de que aquella puerta se volviera a abrir.

          

*                                  *                                *

              Cuando por fin se abrió, fue para dar paso a un hombre avejentado y enflaquecido. Bertrand extendió en el suelo la tela en la que yo había llegado envuelto y en la que nuevamente me envolvió. Debía irme, entonces. Pero ¿adónde? Estaba muy inquieto. Había perdido a Yves y a Marine, los dos únicos seres apegados a mí.

 

            Volví a ocupar mi lugar en el coche de Bertrand. Sentí que tomábamos un camino cuesta abajo, que circulábamos en la ciudad y que luego nos deteníamos y estacionábamos. Una voz femenina nos recibió: “¡Ah, aquí estás! Entra, entra… A ver la maravilla…” Las cosas, pensé, se presentaban bien.

            Una vez descubierto, vi una inmensa sala vacía, iluminada por la luz de amplias ventanas de vidrio esmerilado. Junto a Bertrand se hallaba una mujer de rostro marcado por la edad (Debía tener más de setenta años), pero de cuerpo esbelto y joven aún. Lo ceñía un vestido negro que se ensanchaba en la parte inferior. Un rodete mantenía tirantes sus cabellos grises. Pensé en ese instante que se parecía a la mujer de mi pareja de bailarines.

            “¡Es bellísimo! ¡Magnífico! –dijo- Va quedar muy bien aquí. Gracias, mi pequeño Bertrand. Pero me lo prestas solamente; a lo mejor vas a…” Bertrand la interrumpió: “¡No, no! Es tuyo. ¡No quiero más oír hablar de él!”

            Fue así que resulté adoptado. Pronto comprendí que Lise, la mujer del rodete, dirigía una escuela de danza donde se enseñaba a bailar tango. Yo merecía por cierto un lugar de honor.   En el entresuelo, a tres metros de altura, la ventana de un escritorio dominaba la sala de baile. Es junto a esa ventana que me colgó Carlos, un joven latinoamericano, aparentemente profesor de baile, encaramado sobre una gran escalera. Al ver a esos tres seres que, los ojos levantados hacia mí, inspeccionaban mi instalación, me dije que mi vida cambiaría radicalmente.

            En efecto, mi aislamiento forzado había terminado. Poco después de la partida de Bertrand –eran las cinco de la tarde- la escuela abrió sus puertas. Los bailarines empezaron a llegar, numerosos. Los había de todas las edades (aunque de edad madura en su mayoría). Casi todos notaron inmediatamente mi presencia. Grande fue la sorpresa general. Llovían los comentarios: “¡Ah, qué hermoso!” “¿De dónde sale?” “¡Impresionante!” “¿Quién lo hizo?” “¡Lise! ¿Cómo lo tuvo?”… Los primeros días se agrupaban los admiradores en la sala. Yo me sentía muy ufano, sobre todo después de esos largos meses de reclusión. Es verdad, sin embargo, que algo me molestaba: los juicios eran pragmáticos y casi nunca artísticos. Yo ilustraba para ellos un ideal, el que deseaban alcanzar, ya que bailar correctamente el tango es una de las realizaciones más difíciles de lograr. Olvidaban, o fingían olvidar, que venían por el placer de bailar, más que para dominar el arte de la danza. En cuanto al arte del dibujo, estaba fuera de sus preocupaciones. 

            Pero poco importaba. Mi nueva situación era para mí un gran alivio. Y además, no me aburría. Desde mis tres metros de altura, los observaba a todos. Prestaba atención a sus logros y a sus torpezas, los veía progresar. Percibía inclusive su emoción, a veces su turbación por la proximidad de los cuerpos y la sensualidad de la danza. La mayoría, sin embargo, concentrados en el ritmo y en la necesidad de hacer concordar sus movimientos con los de su pareja, sublimaban ese sucedáneo del acto de amor, esforzándose por alcanzar la perfección. Bailar correctamente el tango, bien se sabe, no puede improvisarse.

            Fue una buena época para mí, aún si con el tiempo, aparte los recién llegados, los bailarines me olvidaron un poco. Yo formaba parte de la escuela. Era casi una pareja más. Lise, chistosa, se volvía de cuando en cuando hacia mí y tendía un brazo diciendo: “¡Mírenlos, tomen ejemplo!”

            Yo la quería mucho a Lise. Su trabajo la apasionaba, no escatimaba sus esfuerzos. Siempre acogedora, atenta a todos. Sonriente, pero tomándose las cosas muy en serio. Transmitir su saber y sobre todo, hacer que sus alumnos se compenetren con el tango, en sus mentes y en sus cuerpos, eran sus máximos objetivos. Para ellos, y según el sexo de cada uno, ella era hombre o mujer. Cuando Carlos no intervenía, ella hacía de hombre con las mujeres, conduciendo el baile, enlazando, conteniendo, envolviendo, incitando a la compañera a ejecutar las figuras de la danza. Con los hombres era mujer, abandonándose y resistiendo a la vez; sus piernas inventaban, dibujaban en el suelo círculos y semicírculos, eses y arabescos. Y siempre con garbo; la elegancia de su porte no rivalizaba más que con su sensibilidad en la percepción de la música. ¿Cómo hacía, a su edad, para conservar aquel cuerpo vibrante, girando perpetuamente, aquella soltura en el movimiento? ¿Aquella sensualidad grave y extrema que a nadie se le hubiera ocurrido reprocharle? Lise –pensaba yo- será siempre joven. El tango la transciende, nunca envejecerá.

            ¡Ay, tuve tanta razón! Una noche, en plena clase, Lise tuvo un malestar en los brazos de Carlos, mientras demostraban una figura de danza. En la sala cundió el pánico. Se llamó a los primeros auxilios. Fue reanimada con dificultad y transportada luego al hospital. Pero Lise no retornó. Su corazón se detuvo para siempre esa noche y ya no volvió a reencontrar su adorada escuela.

            Yo me enteré de la noticia al día siguiente, cuando Carlos y la secretaria volvieron para abrir las puertas y recibir a los alumnos. Ambos lloraban. Los alumnos, chocados, permanecían inertes, estupefactos, sin saber qué hacer. Una joven levantó hacia mí la mirada, balbuceando: “¡Ah, si al menos, allí donde está, pudiera reencontrarse con esos dos!”… Es así que para los bailarines, me había convertido en la quintaesencia del tango, lo que para ellos sería para siempre relacionado con Lise.

            Una nueva y difícil incógnita comenzaba para mí.

 

*                                *                                   *

 

      Lise no dejaba herederos directos. En realidad, no dejaba heredero alguno. Viuda, sin hijos, había desde hacía tiempo cortado toda relación con su familia con quien estaba reñida desde su casamiento. Gérard, su esposo, había sido bailarín en una compañía de variedades; se había luego dedicado al tango y abierto la escuela con ella. El también estaba reñido con los suyos, sobre todo con sus dos hermanos mayores, comerciantes adinerados que lo consideraban como la oveja negra de la familia.

      Yo supe todo esto de boca de Carlos en los días que siguieron el fallecimiento de Lise. La cólera del joven no tenía fin. No había tardado en enterarse que los dos cuñados recuperarían rápidamente el local para venderlo. Había recibido instrucciones de cerrarlo y de marcharse. La secretaria, así como todos los que intervenían ocasionalmente en la escuela, estaban igualmente despedidos. Los alumnos serían informados del cierre definitivo de la sala por intermedio de un cartelito sobre la puerta.  

      Tanta prepotencia hacía hervir Carlos de indignación. Sus “erres”  se pusieron a sonar más fuerte y pareció olvidar el “e” y el “u” francés… Porque Carlos era argentino y vivía en Francia desde hacía pocos años. Había dejado a la vez su país, su familia y su carrera de geología a los veinte y cuatro años, instalándose en Francia gracias a un abuelo italiano. Al poder obtener así la nacionalidad italiana, resolvía al mismo tiempo la cuestión del permiso de estadía y de trabajo.  Nunca supe cómo se había encontrado en Niza, ni cómo había conocido a Lise. Sé solamente que ambos se adoraban –cual madre e hijo- reunidos más aún por su pasión común.

      Entre llantos e indignadas protestas, Carlos tomó una decisión: “Me iré, sí –dijo en voz alta- me iré, pero no solo”.

      Los dos hermanos habían vuelto a pasar por la escuela la víspera. Habían  inspeccionado una vez más el lugar, evaluando con su calculadora mirada el provecho que se podía sacar del local, muy bien situado en el centro de la ciudad. En cuanto a mí, después del primer halago: “Es magnífico ese cuadro…”, vino la decepción: “Algo se podrá ganar con él…” Ante esas palabras el rostro de Carlos se tornó más sombrío. 

      Sería vendido entonces… Pero Carlos decidió otra cosa.

      Esa misma noche, a eso de las cuatro de la mañana, dos siluetas sigilosas se introdujeron en el local. No las había oído entrar. Reconocí sólo a Carlos. Alumbrado por una linterna, el joven se encaramó sobre la gran escalera que le había servido en su momento para colgarme y me bajó apresuradamente. Y mientras su compañero se ocupaba de la cerradura de la puerta de entrada, él subió al piso alto donde permaneció solamente el tiempo necesario como para hacer creer a una efracción… Poco después, introducidos los tres en una pequeña camioneta estacionada pocos metros más lejos, nos alejábamos del lugar. A corta distancia de allí, los dos hombres se miraron y se echaron a reír. Yo, en la parte de atrás del vehículo, me sentía invadido a la vez por la inquietud y la curiosidad. Carlos me había secuestrado; ¿qué pensaba hacer de mí?

      Carlos vivía solo en un pequeño apartamento donde ropa, libros y objetos de todo tipo cohabitaban en un desorden indescriptible. No había lugar para mí y sin embargo me encontró uno, contra una pared, compartida con una vieja cómoda, y detrás de una mesa que se derrumbaba bajo el peso de revistas y de antiguos periódicos. “Aquí” –dijo satisfecho, como si me hubiera expuesto a los ojos del mundo.

      Compartí la vida de Carlos durante algunos meses. Me di cuenta entonces que no sabía gran cosa acerca del muchacho: hasta entonces no había conocido más que al bailarín… A pesar de haberse ido voluntariamente de la Argentina, todo indicaba en él un apego profundo a su país: el idioma castellano, que utilizaba siempre que podía hacerlo, sus amigos, sus costumbres, sus alimentos, su estilo de vida… Por otra parte, este estupendo ejemplar de la especie masculina, que al bailar hacía relucir constantemente la femineidad de su pareja, no se interesaba en las mujeres sino en los hombres. Carlos – recién ahora lo entendía- era homosexual. Esto, finalmente, lo ayudaba tal vez en su trabajo ya que –así también como en cierto modo Lise- sabía mostrar una sensibilidad particular hacia el otro, sea cual fuere su sexo. Para ambos, la danza parecía abatir barreras, permitiéndoles fundirse con su pareja en un mismo movimiento… Grande sin embargo era el contraste entre el Carlos de la vida profesional –el supuestamente joven macho, en estrecho contacto con el sexo débil- y el de la vida privada – muchacho gentil y solitario, que las mujeres no atraían. Al oírlo hablar, comprendí que al dejar la Argentina, había huido del ostracismo insoportable impuesto por su familia, incapaz de admitir su homosexualidad. Otro punto común con Lise, rechazada por los suyos al casarse.

      En su casa, Carlos canturreaba tangos constantemente o se ponía a dar pasos de baile. A veces me miraba, sonreía y se ponía a girar sobre sí mismo, rodeando con sus brazos una compañera imaginaria. Esta atmósfera apacible se manifestó sólo después de un tiempo, ya que en las semanas siguientes al fallecimiento de Lise, Carlos lloraba a menudo y se mostraba muy abatido. La supuesta efracción de la sala de baile, así como el robo del cual yo había sido objeto, fueron la única revancha que él se permitió; le serví en cierto modo de apoyo.

      La exigüidad de su vivienda le impedía recibir. Fue así que le conocí pocos amigos, latinoamericanos casi todos, en su mayoría argentinos. Tampoco supe de ningún enamorado, aún cuando algunas veces pasaba la noche fuera de su casa. Entre las pocas personas que lo visitaron en su apartamento, una de ellas solamente retuvo mi atención: un argentino él también, venido sobre todo para verme. No lo defraudé. Luis –así se llamaba- se quedó plantado ante mí, los ojos grandes abiertos de admiración, y no paró de elogiarme. “¡Carlos, es un cuadro fenómeno!... ¡Pero, che, es una lástima tenerlo aquí! Escondido…” Carlos sonrió tristemente. “Ya lo sé, pero ¿dónde querés que lo ponga? Además… es lo único que me queda de Lise… y de la sala de baile…” Yo estaba de acuerdo con Luis: no ocupaba el lugar que merecía. “Dámelo; vendémelo si querés. Me hacés un precio…Estaría bárbaro en el restaurante. Sería perfecto…” “¡Nunca! ¡Jamás! –exclamó Carlos- No es ése su lugar. Además ya te dije, es todo lo que me queda…” De golpe, esta vez, estaba de acuerdo con Carlos; una obra de arte, en un restaurante…

      A los cuñados de Lise les importó poco la efracción del local y el robo subsiguiente. La puerta de entrada fue arreglada y el local puesto en venta. En cuanto a Carlos, no tuvo más remedio que buscar un nuevo empleo. Terminó por encontrar uno en una pequeña compañía de baile que se presentaba en distintas ciudades de Francia y de los países vecinos. Debía remplazar a uno de los bailarines enfermo. Su vida cambiaría radicalmente. “La idea me gusta, finalmente –le oí decir a alguien por teléfono- No me siento bien aquí, no consigo reponerme… Va a ser forzosamente distinto, voy a pensar en otra cosa… Y además voy a viajar…” Sí, pero Carlos dejaba su apartamento. No pensaba volver a Niza antes de mucho tiempo. Dejaría sus pertenencias en casa de un amigo y entregaría el apartamento al propietario. ¿Y yo, entonces?

      Carlos no tardó en encontrar la solución: aceptó aquello a lo cual se había negado. Me cedió a Luis, el dueño del restaurante, a cambio de una módica suma que lo aliviaba un poco económicamente. Es así como, después de haber dominado una pista de baile, cuidaría las mesas de un restaurante. No era aún el lugar que pensaba merecer, pero al menos no sería abandonado.


                                            *                               *                              *


              El restaurante de Luis se encontraba en Antibes. Luis, arquitecto en la Argentina, no podía ejercer en Francia y, como muchos inmigrados, había debido cambiar de profesión. Seducido por el clima meridional, que le recordaba el de su país, había conseguido un préstamo bancario y adquirido aquel pequeño restaurante. En esa región, donde abundaban los restaurantes especializados en los frutos de mar, él estaba seguro de que su menú basado esencialmente en la carne no dejaría de atraer numerosos aficionados, en una zona por lo demás muy turística. Servía únicamente carne argentina (conocida como la mejor carne del mundo), por intermedio de un importador basado en París.

            Cuando yo llegué, el restaurante funcionaba desde hacía sólo ocho meses y no había resultado todavía muy rentable. Al instalarse, Luis había debido invertir mucho dinero para equipar la cocina, para el arreglo de la sala y también para la publicidad, ya que tenía que hacerse conocer. “Me vas a ayudar –me dijo al colgarme- Estoy seguro de que me vas a traer suerte”. Luis era supersticioso, pero bien podía tener razón, ya que nadie que se hubiere fijado en mí podía sentir indiferencia.    

            Ocupé el lugar central de una pared. A mis pies se encontraba una banqueta, frente a la cual estaban instaladas cuatro mesas. El restaurante no era grande: no contaba más de una docena de ellas. El decorado era sobrio: fotos de paisajes argentinos, así como algunos objetos típicos, expuestos sobre unos estantes de madera: distintos modelos de mates con su consiguiente bombilla, facones (los puñales tradicionales de los gauchos), boleadoras (especie de lazos muy particulares). Colgada sobre una pared, una gran guitarra y a su lado la infaltable foto de Carlos Gardel. Enfrente, del otro lado de la sala, la cabeza embalsamada de un toro fijaba sobre mí su mirada fiera. Luis había elegido unos manteles azul celeste, cubiertos por otros más pequeños y blancos, puestos en diagonal sobre las mesas, evocación patriótica que pocos clientes eran capaces de percibir. Venían pocos argentinos, en efecto; a los franceses se sumaban turistas de países extranjeros, numerosos en la Costa Azul. Luis no ponía en duda el éxito de su empresa. 

            Mi presencia provocó cierto alboroto en el pequeño equipo del restaurante. Elsa, la esposa de Luis, que servía las mesas, suspiró al verme y recordó a su marido la época feliz en que la llevaba a bailar. Un joven colombiano, que servía también, reclamó riendo clases de tango a su patrón, mientras que el cocinero –un francés formado por Luis- bromeó: “Dos clientes más en la sala”.

            En la atmósfera estival de Antibes, pasaban los días, animados a veces y otras veces tediosos, al contrario: la clientela a menudo escaseaba. En la sala flotaba un olor persistente de carne asada. Yo temía constantemente que mi vidrio enmugreciera o que alguna infiltración grasosa dañara mi dibujo. Reencontraba, por otro lado, el placer infinito de las sonoridades melancólicas del tango que el equipo de sonido difundía como música de fondo. El recuerdo de Lise y de Carlos bailando me emocionaba.

            Al verme, ya lo he dicho, los clientes no permanecían indiferentes. Los que me veían al menos. Me extrañaba la ceguera de algunos quienes –demasiado hambrientos, demasiado enamorados, o simplemente demasiado incultos- no tenían ojos más que para su plato, o para la o las personas que los acompañaban. La realidad me dio a mí una lección, probando que el arte no es socialmente reconocido como se lo merece…

            Pero por poco que los clientes se fijaran en mí, la reacción era invariablemente positiva. No olvidaré nunca la del primer cliente que penetró en el restaurante el día en que Luis me colgó en la pared. Ese hombre entró y apenas me vio soltó un largo silbido de admiración. “¡Uuuy, Luis!...” Sin decir más, se acercó, me contempló en silencio, se pegó luego a mí, estudiándome muy de cerca, como un profesional. Un tal estreno me colmaba, por supuesto. ¿Había acaso menospreciado ese lugar, no considerándolo suficientemente digno de mí?

            Hugo Morales no era argentino, sino uruguayo. Amigo de Luis desde hacía mucho tiempo, pasaba sus vacaciones en Juan-les-Pins y era cliente asiduo del restaurante. El también, como los argentinos y como sus compatriotas, extrañaba la buena carne asada. Pero esa noche es apenas si miró su plato. Los ojos vueltos hacia mí, acosó a Luis con preguntas  sobre mi persona. Al irse recalcó: “¡Flor de adquisición que hiciste, viejo!...” Adquisición de la cual no tardaría en aprovechar.

            El tiempo pasaba y el negocio de Luis empeoraba cada día. ¿Se debía ello a sus muchas deudas, a su inexperiencia en el oficio, o simplemente a la mala suerte? El hecho es que su situación financiera se tornó extremadamente crítica. No conseguía salir del pozo. Llegó el momento en que corría el riesgo de no poder más pagar a sus empleados. ¿Cuántas veces habré visto, después del cierre, a Luis y a Elsa postrados? ¿Cuántas veces Luis se ha culpabilizado, las lágrimas en los ojos, reprochándose su arriesgada aventura?

            El restaurante debió cerrar definitivamente. Pero, esta vez, casi no tuve tiempo de inquietarme. Luis me dijo tristemente un día, al abrir el local: “Vos, tenés el porvenir asegurado. Mientras que nosotros…” No comprendí en el momento, pero no tardé en aprender que Hugo me compraba.  Y a la inversa de la transacción entre Carlos y Luis, pagaba para obtenerme una suma considerable. Hugo sabía de arte y era además un buen amigo.

            Es así que mi estadía en el sur de Francia llegaba a su fin. Un mes después, Hugo venía a Antibes y volvía luego conmigo a París.  

                                                                               Traduccion del francés por su autora, Danièle Covo

                                             *                                     *                                     *

Commenter cet article