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* CHEMIN SCABREUX

 "Le chemin est un peu scabreux

    quoiqu'il paraisse assez beau" 

                                        Voltaire 

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Publié par VERICUETOS

El día en que conocí a Carlos Fuentes.

Por Javier Amaya.

 

 

Carlos FuentesEl escritor mexicano Carlos Fuentes en la Universidad de Washington


La primera vez que vi a Carlos Fuentes y escuché una de sus presentaciones fue hace veinte años cuando vino a un festival de música y artes en 1992 en Seattle, Washington. Creo que yo apenas había leído “La muerte de Artemio Cruz”, aunque tenía muchas referencias suyas en citas y entrevistas de otro de los grandes como Cortázar. Fuentes ya gozaba ampliamente de las mieles de la fama en los Estados Unidos y todavía lo cubrían los destellos de ese texto suyo convertido en película exitosa “Old Gringo” que protagonizaran Jane Fonda y Gregory Peck. En aquella lectura, apenas pude conseguir un corto saludo de Fuentes y el consabido autógrafo en otra de sus obras. La fila de gente esperando era bien larga.

Su pródiga lista de éxitos la encabeza “La región más transparente” publicada por primera vez en 1958, la que podríamos llamar su novela total, que cronológicamente cubre la transformación sin precedentes e irreversible de la Ciudad de México a través de sus personajes y la historia en un período de 52 años. Es tal vez el libro que ha recibido más análisis, traducciones y elogios de los especialistas. Sin embargo, me atrevo a pensar que sus tres títulos más leídos y populares pudieran ser “Aura”y “La muerte de Artemio Cruz” ambas publicadas en 1962 y “Terra Nostra” en 1975. La novela corta “Aura” es una pieza sorprendente con sabor a Kafka o a Poe, pero de manufactura mexicana, con unos recursos admirables de la narrativa en los tiempos, espacios y personajes.

De Carlos Fuentes (Panamá 1928-México 2012), se dice que inaugura la novelística moderna de México al amparo de Alfonso Reyes y Octavio Paz, pero desde el flanco de la izquierda y defendiendo su criterio. Hace el empalme de la post-revolución que cierra Juan Rulfo y trae la narrativa mexicana haciéndola internacional hasta el siglo XXI. Fuentes era tal vez el más cosmopolita de los escritores mexicanos, habiendo vivido en muchas ciudades latinoamericanas de niño y adolescente según le asignaran la tarea diplomática a su padre. De adulto, fungiría como embajador mexicano en París por 2 años, donde cuenta no haber tenido tiempo para escribir nada de valor, pero que aprovecha para recorrer a Francia y entablar un afecto duradero por el país, su gente y su cultura.

En 1995, cuando yo todavía era estudiante de la Universidad de Washington, tuve el privilegio de escucharlo en una nueva visita en un salón repleto. Me llamó la atención que sus presentaciones las hiciera en un inglés impecable sin ayuda de ningún traductor y que de igual forma contestara las preguntas al final sin ningún titubeo. Me enteré después que de niño había asistido a la escuela pública en Washington DC, donde había aprendido el idioma.

 

Carlos fuentes2

Javier Amaya y su esposa Olga Lucía junto al novelista Carlos Fuentes.
                     Foto cortesía de Hugo Ludeña.


Ese día en vez de hablar de sus obras o de literatura, Fuentes se centró en lo que era la preocupación fundamental del momento entre los emigrantes de origen latino. Un republicano cavernícola como Pete Wilson con aspiraciones presidenciales, era gobernador en ese entonces de California y ya impulsaba con vehemencia una propuesta de ley llamada la 187 para deshacerse de todos los trabajadores indocumentados latinos y de expulsarlos como delincuentes, de vuelta a sus países de origen.

Fuentes enfiló sus baterías con lo mejor de su munición y le parecía un despropósito que México habiendo perdido casi un tercio de su territorio a “punta de pistola”, al final de una guerra en 1847 en el tratado “Guadalupe-Hidalgo”, se le humillara de nuevo declarando a California anglosajona y “limpia” de mexicanos. Conocedor de la historia y para refrescar la memoria que en muchos casos tiende a ser corta y distorsionada, Fuentes volvía pedazos la noción de la pureza racial y cultural de los pueblos, rematando con la sentencia “todos venimos de alguna parte”.

Al final de su conferencia magistral, Fuentes tuvo la cortesía de conversar con mi esposa y conmigo, incluso de bromear aunque siempre se le veía muy serio y de posar para varias imágenes que nos tomara el fotógrafo peruano Hugo Ludeña. Casi al despedirnos, nos dedicó en una copia de “Agua quemada” lo siguiente: “A Olga y Javier, paisanos y amigos. Carlos Fuentes 95”. Le hubiéramos querido contar que éramos colombianos, pero ya no había tiempo para aclaraciones. Estrechamos su mano y nos fuimos.

Posteriormente supe de Fuentes una y otra vez en sus colaboraciones y declaraciones a la prensa en el curso de los años. Siempre diciendo lo que pensaba, manteniendo su independencia. Hablando sin miedo. Mientras otros con torpeza por ejemplo, pensaban que la guerra por petróleo contra Irak justificada con mentiras no era tan mala, Fuentes la condenó advirtiendo de sus costos políticos y morales y no dudó en calificar de “imbécil” a George Bush.

Hacia el final de sus días se mantuvo siempre elocuente, listo para embarcarse en un nuevo viaje y escribiendo con una energía admirable. Dispuesto a hablar con la prensa y de alguna manera reivindicando el derecho a reclamar, de no bajar sumisamente la cabeza. Hace menos de un mes, vino a Washington a una pequeña universidad y me contaron, que como siempre la boletería se había agotado temprano. Mientras otros escritores famosos de mi país parecen muertos en vida, como avergonzados por un premio o que arrastran el pesimismo como un ataúd, Carlos Fuentes en sus ocho décadas recorridas, señala con su escritura la vitalidad de otros horizontes.

Sus biógrafos tendrán en el futuro una enorme tarea por delante, pero me anticipo a asegurar que Carlos Fuentes tenía ese don admirable de hacer amigos por todas partes. Podía incluso ser amigo por separado de personajes que no se podían ver ni en pintura, pero Carlos parecía flotar por encima de esas batallas de egos en las que no se involucraba. Un elemento de su personalidad que quizá le facilitaba la tarea, eran sus múltiples intereses por el cine, la pintura, la escultura, la música y hasta el baile, en el que se defendía fuera con un danzón caribeño o un tango argentino.

Pensando en el legado de Carlos Fuentes, creo que más allá de su literatura brillante, ingeniosa y bien cuidada, lo que nos deja es su independencia de principios. En México, fue el martillo constante contra el abuso y la corrupción del PRI y luego del PAN, con Cuba se apartó de sus líderes cuando establecieron un régimen déspota bajo la apariencia de partido único, aunque siempre advirtió contra una invasión armada. En Estados Unidos, abogó como ninguno por la legalización de los trabajadores indocumentados y a nivel mundial, siempre defendió las libertades individuales y el multiculturalismo. Por el mismo motivo, desconfiaba con razón del populismo barato de izquierda o de derecha, que para ocultar su debilidad intenta abolir el derecho a disentir y a la palabra.

Por todo eso, le quiero decir hoy Don Carlos Fuentes donde quiera que se encuentre: muchas gracias.

Mi sitio literario : www.javier-amaya.us

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