Overblog Suivre ce blog
Editer l'article Administration Créer mon blog

* CHEMIN SCABREUX

 "Le chemin est un peu scabreux

    quoiqu'il paraisse assez beau" 

                                        Voltaire 

VISITEURS

compteur

Publié par VERICUETOS

 

CUENTO


LA GUERRA DE NICODEMO III, REY TERCERMUNDISTA

por José Martinez Sánchez


  Tal vez érase que se era un rey tercermundista entrenado en las triquiñuelas del trópico, primero por el soberano Nicodemo II y luego por comandantes importados de la penúltima guerra universal adelantada a medias entre los amos del mundo civilizado. Muerto el segundo Nicodemo a consecuencia de los malos negocios, la banca mundial se hizo presente en las honras fúnebres con un equipo de banqueros y sacerdotes de chequeras prominentes. Más que financiar los gastos del entierro, el objetivo real era hacer crecer al rey tercermundista a la altura de los veteranos de guerra e instruirlo en el idioma bélico desde los primeros años del bachillerato. Asombradas por la capacidad del discípulo para asimilar las enseñanzas, las dos ramas de la economía no pudieron resistir la tentación de ver culminados los estudios académicos en las estribaciones de la Serranía de Los Motilones. Mientras sorteaban  a los dados la deuda adquirida por cada uno de los países dependientes (el ganador obtenía licencia para cobrar a sus anchas los efectos por mora), el rey ponía fin a su carrera con las máximas notas autorizadas por el ministerio de ciencias aplicadas.

  Los resultados fueron reproducidos por los emisores radiales, los programadores de televisión y los servidores cibernautas e incorporados al programa familiar como ejemplo de genialidad distributiva. El tremendo realizador de cine Bonifacio Sullivan contactó al  graduado en sus aposentos, le pagó los derechos intelectuales para dar comienzo al rodaje de su nueva película y ordenó al equipo de la banca mundial proceder a la ceremonia. Lo Bautizaron Nicodemo III, sucesor de lujo, lujurioso inequívoco y réplica única del padre sepultado en la cámara baja de la economía. Despedidos cineasta, banqueros y sacerdotes con un beso en la mejilla, el tres veces Nicodemo pasó tres días arrodillado ante la caja de caudales del palacio. Suplicaba a las monarquías invisibles para que los intermediarios no  fueran a confundirlo con Judas Iscariote, una especie de estafador internacional temido por los amos del mundo.

  Llegada la hora de dar comienzo al reinado, los consejeros acudieron al establo del castillo escogido por su santidad el mismo día de la muerte de Nicodemo II. Montado en su caballo de paso fino gobernaría a la multitud hasta la décima generación de negociantes, pensaba, gemía ante el cadáver expuesto a la mirada agreste de los asesinos.  Le entregaron una lista de cursos intensivos aprobados por los comandantes de la penúltima guerra. Su majestad estaba lista para combatir a las fuerzas naturales y sobrenaturales del extremo y más allá de los confines de la tierra, entre los mares del odio y los arroyos fluviales de la cordillera. Consultó el parecer de los consejeros, postrados alrededor del caballo como atletas a la espera de la orden de partida. “Antes de proceder a la transformación del reino debes conseguir compañera”, dijeron, repitieron en coro los cortesanos, ansiosos de agotar las cajas de Oporto y consumir las veinte toneladas de cocaína que había en la despensa. Ordenó desatar una ofensiva inmediata sobre las universidades públicas y privadas, selló con letra de su propia mano la orden de ingreso y apuró el caballo en dirección a los campos de trigo. “La nueva soberana será aquella lectora compulsiva capaz de olvidar la mejor obra de todos los tiempos”, rezaba el bando fijado a la vista de las valerosas doncellas.

  Conservar la virginidad a comienzos del siglo XXI no sólo era algo parecido al socialismo ilusorio sino la peor tragedia de los violadores urbanos. Rastreadas las aulas, los corredores y las cafeterías del reino, promocionada la exigencia del rey entre las once mil vírgenes inseguras, pasados cinco años los consejeros lograron reunir once preciosas masturbatrices en torno a la silla montada por el negociante. Habían olvidado La Ilíada, La Odisea, La Eneida, La Divina Comedia, la Muerte de Virgilio, Ana Karenina, La Política, El Quijote, El Arte de Amar, La República y El Príncipe de Maquiavelo.  Rascándose la punta de la barbilla con la estrella del estribo derecho, Nicodemo III descartó de plano a las diez primeras voluntariosas, quienes se alejaron hacia sus vehículos con un suspiro de rabia. El armazón del castillo se vio sacudido por una tunda de brazos y piernas a estribor: “Se casa el rey, se ha de casar…”, cantaban los divos a la una de la madrugada, tras oír la declaración del gobernante: “Escogí a mi reina para que jamás olvide esa obra maravillosa, porque Maquiavelo soy yo”. Como sucede en más de un centenar de matrimonios por conveniencia, la soberana resultó ser una de las once mil desvirgadas en callejones apagados un año antes de circular el bando oficial.

  Esto sumió al rey tercermundista en una nostalgia contagiosa. El salón de música competía con el resto del palacio por un silencio absoluto y los animales de la granja pusieron tierra de por medio ante la escalada de la hambruna. Unos cuantos incondicionales permanecían a los pies del soberano. Le narraban los oscuros propósitos de la reina, promovida a la esfera de líder profética a la cabeza de las once vírgenes expulsadas del castillo.  “Queridos compatriotas”, escribió Nicodemo III a los amos del mundo, “quiero ser piloto de uno de los drones inventados por ustedes para controlar a la especie”. “Los drones no necesitan pilotos, son invisibles y uno de ellos sobrevuela el almuerzo de mariscos que usted consume en compañía de sus pajes”, le respondieron en la pantalla celular, y concluían: “Programe un sacrificio a nuestro nombre”.

 

  Convertir a la reina en Juana de Arco consumida por el humo de su ropa interior no sorprendería ni al señor Hoover, astuto contrabandista de información encargado de la seguridad americana a mediados del siglo XX.  Eso había que dejarlo a Nicodemo II, cómplice fatal en manos de una poderosa banda de narcotraficantes.  Lo suyo era la jugada maestra: lanzar sobre la reina y sus secuaces el ejército de cucarachas voladoras,  entrenadas, alineadas y armadas con los peores designios. Estaba decidido. A partir de la fecha (marzo 15 del año 2010), el rey tercermundista comandó los primeros ataques. Por las avenidas, por los caminos destapados, a través de las campiñas, entre iglesias y torreones, bandadas de supuestas doncellas volaban hacia los árboles. En medio de la fuga, alcanzada por sus propias correligionarias, la esposa de Nicodemo III había muerto descuartizada a manotazos. La noticia llegó a oídos de palacio. El rey hizo gala de su cuenta en internet, conectado con la banca mundial: “La revolución femenina ha sido sofocada, recomiendo usar cucarachas voladoras en vez de drones”.  La respuesta fue su peor enemiga: “Ahora entendemos por qué Nicodemo II murió a causa de negocios pendejos. Le sugerimos cambiar de profesión en el menor tiempo posible”.

 

 

RELATOS BREVES

 

 EL ESTRANGULADOR


  El estrangulador de los brazos largos avanzaba por la calle con las manos entre los bolsillos de la gabardina, hundida la cabeza bajo el sombrero de copa. Sabía que la víctima llegaba a eso de las once de la noche y esperaba el vehículo que la conduciría al lugar de residencia. Dispuesto a llevar a cabo su misión, el estrangulador buscó un sitio estratégico a pocos metros de distancia. El hecho de caminar formando un círculo vicioso sobre la calzada indicaba que había comenzado a impacientarse. Miraba hacia uno y otro lado de la calle, consultaba el reloj, se mordía los labios y crispaba los guantes con extremo nerviosismo. Faltando cinco minutos para las once y media se convenció de su fracaso. La presa no daba señales de vida y él debía asesinar a toda costa. Primero vi asomar un guante negro a través de las teclas de mi máquina de escribir y luego sentí una tenaza alrededor de mi cuello. Tras un intenso forcejeo con el estrangulador, alcancé a lanzar un grito de auxilio. Mi mujer apareció desnuda en la habitación y me sacudió con fuerza. “Es mejor que cumplas con tu deber —me dijo—, jamás escribirás ese cuento”. 

 

EL ABRAZO

 

    La zorrilla, ternura toda ella, comunicó la hora a la protagonista de la radionovela de la tarde en pleno parque Bolívar, asunto dispuesto de antemano para producir un abrazo, como en efecto ocurrió a las doce meridiano. La víctima resultó ser su propio esposo, quien copuló en términos cordiales mientras un ciudadano nada irrespetable le lustraba las botas. Desentendida, la zorrilla hizo de potranca en cada una de las cuatro esquinas vigentes, repartiendo la hora a las transeúntes interesadas en abrir canales intergenitales. A los pocos noventa segundos un hermoso pabellón de copulantes de zapatos lustrosos repercutió en la bóveda del parque. Los habitantes de los pisos altos y de las terrazas bajas no decidían si aquello era una flor municipal desconocida o un molino de cuerpos a un millón de kilómetros de la Sierra Morena. Empezaron a copular sin importarles muy en serio la hora, ocasionando gemidos similares a 1, 2, 3, que traducidos al idioma de Sancho Paisa significaban “Me siento tan feliz”. La zorrilla, sentada en una banca del parque, introducía, picarona, una paleta de hielo a su boquita de caldero.

 

LA ARAÑA

 

  Ayer vino la araña a visitarme. Traía una alfombra de hilo fino bajo sus patas de terciopelo y una bolsa de ungüento mágico para curar mis males. Le advertí que no podía aceptar el obsequio, sobre todo si teníamos en cuenta que se trataba del tesoro más estimado por una araña venenosa. Con un movimiento grotesco me dio a entender que, de no tomar el ofrecimiento, tampoco ella estaría dispuesta a responder por sus acciones. Como no tenía el menor interés en rivalizar por algo tan insignificante, decidí convertirme en el único dueño de sus pertenencias. Ahora permanezco todo el tiempo aferrado a esta telaraña y no siento frío ni calor. Sólo se me ocurre que debo ir a visitar a mi vecino para obsequiarle una bolsa de ungüento mágico y una alfombra de terciopelo que he tejido especialmente para él.

 


EL ENFERMO

 

  El enfermo entró sonriente al hospital. Un brote de alegría repentina despertó el interés inmediato de los especialistas. Las enfermeras le  perforaron el tracto digestivo con una buena dosis de pastillas tranquilizantes  y clavaron en su piel tantas agujas como puntos vulnerables había. Contra el querer profesional de los galenos, al afectado le cayó una carcajada de cuarenta grados en la escala de Richter. En estado de delirium tremens manifestaba sentirse muy bien, gracias a los cuidados intensivos del personal femenino. Los médicos se vieron obligados a celebrar junta para tomar medidas pertinentes. Les preocupaba de veras  el comportamiento de las auxiliares, quienes empezaron a mostrar ciertos síntomas de simpatía que ponían en riesgo la nueva intervención. Así que ordenaron trasladar al paciente al quirófano. Allí le abrieron el cerebro, le revolcaron las vísceras, le estrujaron el corazón, le expulsaron la sangre por mangueras conectadas al sistema fecal de la ciudad, le cosieron el alma con agujas invisibles y pusieron fin al peligro en medio de risas lamentables. El paciente abandonó pronto el camarote, gozando de una completa tristeza. Los médicos, en cambio, se preparaban para enfrentar la peor peste de alegría que había llegado al centro asistencial en los últimos años. 

 

 

EL CENTENARIO DOCTOR FAUSTROLL

  

  El pasado ocho de febrero de 1998 cumplió cien años de navegación el almirante doctor Faustroll, expositor de una de las teorías de mayor vuelo entre los cultores de mundos surreales y alucinantes: la Patafísica, cuya grafía debería ir precedida del apóstrofe inconfundible, entraría a ampliar el espectro de posibilidades de asunción de universos alternos entre la ciencia y lo imaginario. Como el rey Ubú, el doctor Faustroll es uno de los personajes inolvidables de Alfred Jarry, a medio camino entre la verdad y la ironía, entre el humor y el refinamiento, puesto en acción dentro de un ambiente social y literario de iluminaciones, caldeado por el interés investigativo que animaría la producción intelectual del siglo XX.

  La exploración psicoanalítica, acompañada por la “metapsíquica” como opción desafortunada para el porvenir de la especie, ensanchó las vías de interpretación del arte en tanto manantial de contenidos vivientes y preparó el espacio de encuentro con otras formas de creación propias de la sociedad industrializada. En esa dirección, el surrealismo no sólo comprendió la importancia del inconsciente del hombre sino que lo materializó en estructuras artísticas complejas que, como en el caso de Jarry, complementaron la búsqueda de horizontes estéticos en escritores independientes o de grupos y movimientos literarios del presente siglo. Un Octavio Paz, un Julio Cortázar, por citar sólo dos casos ilustres, abogarían por la entrega absoluta del escritor a la obra literaria como arte, el uno desde la teorización del pasado cultural en presente poético y el otro desde la definición del escritor inmerso en los debates más significativos en la era frenética del autor comprometido.

  Los hechos del doctor Faustroll (Hechos y dichos del Dr. Faustrol, pastafísico, Madrágora, 1975) corresponden a un libro detalle que refleja las simpatías y antipatías de Jarry por su época. En él los recursos son una constante de alusiones, transposiciones, descripciones, caricaturas, desplazamientos paródicos y confrontaciones con una ciudad pesadilla. La obra en su totalidad parece legitimar la existencia de quien está antes de la escritura. El creador Alfred Jarry necesita llamar la atención de escritores, intelectuales, artistas, no para polemizar sobre una época de valores establecidos sino para mostrarse en su verdadera apertura de sentidos, de significantes. Octavio Paz prefiere el término “insignificación” para nombrar ese otro tipo de escritura surrealista, pero basta con la posesión carnal de los signos que la habitan para saber que algo ocurre más allá de la pura aprehensión a la que nos tenía acostumbrados aquella experiencia literaria donde la realidad se resuelve de manera consciente en la mente de los lectores. Creación humana, después de todo, y por consiguiente universalidad de un arte opuesto a los dogmas, así la obra trasciende a los abismos de la interiorización del ser que interroga o se interroga en la pluralidad de vertientes de una misma cultura. Porque no hay tal carencia de significado allí donde todo funciona conforme a un sistema donde lo que significa es apenas sugerido, lo dimanente, lo que debería buscarse por fuera del texto en tanto estructura colocada ahí con el propósito de provocar nuevos ordenamientos en el proceso de reconstitución de las formas.

  El universo cabalístico de Alfred Jarry —si hemos de aceptar el término en su perspectiva jerárquica—, propone un reino de ficción y otro de aventura, una fuente de inspiración y otra de interpretación como juego que se insinúa desde “los libros pares del doctor” hasta las constantes remisiones a los producidos artísticos de personalidades diversas, identificables en el contexto extraliterario, definitivas a la hora de intentar traspasar la barrera del tiempo para ubicarnos, aunque sólo sea como espectadores extraños, en el escenario cultural parisino de finales del siglo XIX. No se crea que el autor de Ubú Rey andaba lejos de la realidad en la consolidación de la obra, grávida de referentes, destinada a realzar mundos fragmentados y fragmentarios a través de otros mundos creados por el genio de “los elegidos”.

  Quizás, para nuestra condición de lectores incautos, la definición misma de Patafísica resulte menos seductora que la travesía del personaje, con un ojo en lo real y otro en lo fantástico, con algo de razón y mucho de excentricismo. Si el hombre es menor que sí mismo, según la creencia del intelectual William Crookes, Alfred Jarry se sirve de dicho artificio para echar a navegar al personaje por los vericuetos de la sinrazón, deidad irrefutable del universo mundo. Sinrazón, esto es, excepción de lo conocido, suplemento de materialidad tradicional que viene a ser lo otro del universo con sus correlaciones también “excepcionales”. Por esta vía, y siguiendo el procedimiento paródico frente a las divagaciones filosóficas, el doctor Faustroll ingresa no a los salones de la academia, sino al vasto imperio de los caballeros navegantes, al lado de Don Quijote, en compañía de Pantagruel y en dirección al centro de la tierra. Se sabe, en fin, bastión de una modernidad que se nutre de elementos incontrovertibles de todos los tiempos, en faustrólico desafío al poder del arrendatario, sobre el que recae la sublime tentación de la aventura. De escribano a narrador (la narración es asumida unas veces por Panmuphle y otras por el autor), el personaje ocupa un renglón similar al de los pirómanos de Cervantes: confiscador de bienes intelectuales en atención a la ley y la justicia.

  Lo que se propone Faustroll, inferior a sí mismo, no es menos descabellado que la decisión de los tribunales: un viaje por mar de París a París en una cama de doce metros de largo que no es una cama, sino una nave de probada insumergibilidad, de acuerdo con los cálculos del científico. “Y como que este (as) de aquí es capaz para tres personas, me acompañará usted, y alguien que le será presentado -es decir, algunos otros, porque llevo conmigo a seres que han escapado a su LEY y JUSTICIA de entre las líneas de mis volúmenes embargados”. Para probar que de todos modos es inferior a sí mismo, el príncipe de la navegación viaja sobre la superficie de una hoja de col hasta la “imagen del punto tangente del universo que ella deformaba”, teniendo en cuenta la trayectoria de una gota de agua.

  El primero de los acompañantes indicados en el enunciado es el mono Bosse-De-Nage, el mismo que resurge de las cenizas como el ave Fénix y sigue viviendo porque el autor así lo dispone. Malabarista, demiurgo, Alfred Jarry juega con el lector y el personaje, haciéndole creer al uno que la muerte reviste menos seriedad que la imaginación, al otro que la torpeza no es obstáculo para lograr el paso a la inmortalidad. Y este Bosse-De-Nage, menos inteligente que cualquiera de sus congéneres, además de tener esa doble significación facial y como objeto, es una “develación” más, un escritor tan palpable como Mallarmé, León Bloy o Paul Valéry.

  Entre los personajes despistados de la literatura de ficción, el doctor Faustroll es el auténtico marinero en tierra. Como Don Quijote, pierde fácilmente la lucidez y se hunde en prolongados discursos aclaratorios que terminan por aturdir a sus escuchas. La navegación terrestre, tal vez inversión de la jornada marina de Verne, es interrumpida para descansar en las islas de agua, en el país de encajes y en el Bosque de Amor, y cada sitio visitado es la visión de elementos reales sobre geografías exóticas y tremebundas.

  En la isla de Bran (defecación), el científico ve a un hombre, el Barón de Hildebrand del mar de Habundes, sobre el que descarga el rigor de la ironía: “Solamente tiene muerto y putrefacto el cerebro, y los centros anteriores de la médula, que son los motores. Y a causa de esta inercia, es, en la ruta de nuestra navegación, no un hombre, sino una isla, y por ello (si se portan bien les mostraré el plano)...”. Lo que sigue es una página brillante, plena de simbolismo, sobre el faro de la verdad en lugar del faro de la isla, cloacal, sin vida, donde se levantan las ruinas de la religión. Y frente a ella, Faustroll no vacila en deslindar campos, como portador de una nueva ciencia: “Y para que no se la roben, (la cervatana) los vejestorios blancos, instituidos en convento, construyen sobre la carroña del Barón una pequeña capilla que bautizan CATÓLICA MÁXIMA. Los pájaros parduzcos tienen en ella un palomar. La gente los llama pequeños patos salvajes. Nosotros, patafísicos, los llamamos simplemente y honestamente escarbamierdas”. A la pregunta, lanzada por el hombre pavonado en el Bosque de Amor: “¿Son ustedes cristianos?”, Faustroll responde de manera concluyente: “-Yo soy Dios”. Esta ascensión al estrado cósmico, ¿no es acaso el rasgo definitorio de los nuevos ídolos humanos, promulgadores de falsas profecías y de falsas verdades? Hitler, Mussolini, guías omnipotentes del dictador latinoamericano, dioses humanos delirantes, dejaron una herencia demasiado ingrata a las sociedades futuras. Pero el personaje adolece de aquella corporalidad característica de los humanos, sean ídolos de barro o profetas en el desierto de la época. Su lugar es el reino de las representaciones, allí donde lo sagrado es desacralizante, donde cada verdad se autodestruye para dar cabida a nuevas indagaciones. El itinerario del patafísico doctor se reanuda, recobrando zonas oscuras de una ciudad habitada por seres algo menos que fantasmas en el decorado sombrío de calles y barrios parisinos.

Entre las facetas de Faustroll, la de conducir el hilo del discurso hasta el paroxismo de la fórmula, agregado a la pintura dantesca, a la transmutación de los mundos, garantiza un postigo de entrada al discurrir socrático, a la “yuxtaposición” de los signos mediante las voces de Mathetes el geómetra e Ibícrates, personajes parodiantes. Ese diálogo sobre lo erótico, ¿no es un metalenguaje alusivo a la condición andrógina de la especie? En la medida en que el lenguaje asciende de categoría, pasando de paratexto a planos ininteligibles, más allá de la metafísica, la noción de lo primitivo operado en Bosse-De-Nage ha pasado sus límites, conquistando el sentido polisémico del personaje literario. Esta multiplicidad de signos, evocaciones, etc., sería lo que para Alfred Jarry, antecesor de uno de los movimientos estéticos más significativos del siglo que fenece, comprendería la adhesión a la doctrina más ambiciosa de la cultura francesa: la Patafísica. Su exponente, el doctor Faustroll, ha cumplido cien años de navegación por los mares imaginarios. Estas líneas son una aproximación ingenua a su grandeza cataquímica. 

 

 

Extracto de la novela “LOCOS TOPOS PARALELEBÍPEDOS” :

CAPÍTULO DE LA NOVELA “LOCOS TOPOS PARALELEBÍPEDOS”.

  

Commenter cet article