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* CHEMIN SCABREUX

 "Le chemin est un peu scabreux

    quoiqu'il paraisse assez beau" 

                                        Voltaire 

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Publié par VERICUETOS

Por Efer Arocha

París, 28 de noviembre de 2010

 

A la redacción de la revista Vericuetos nos han llegado varias comunicaciones en distintos sentidos sobre el tema de Literatura Comercial, pero sobre todo, en lo que concierne a Literatura Pura, lo anterior emanado de un artículo que publicamos con ocasión de Les Belles Étrangères.

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 Hay quienes dicen que la idea de Literatura Pura, es por primera vez que la leen; otros no tienen idea en qué consiste, y en ese orden distintas preocupaciones conceptuales y teóricas. De nuestra parte, elucidaremos lo que a nuestro juicio entendemos sobre el tema, sin ánimo distinto al de expresar una opinión.

Al hablar sobre Literatura Pura, tomamos en consideración, que Literatura Pura en primer lugar, no es una especulación, como lo sostienen quienes consciente o inconscientemente militan en el campo adverso. Para abordar con algún rigor la idea, es indispensable ir a la esencia. Ésta se encuentra en la estructura filosófica de cómo concebir e interpretar el mundo. He ahí su origen.

Para quienes consideran que la vida humana, y también otras manifestaciones de ésta, deben estar en el centro de la naturaleza y la sociedad, como resultado de guiarse por conceptos lógicos, priorizan  la vida sobre cualquier otro interés. En oposición a éstos, otros conciben la economía como lo fundamental de la vida y la sociedad. Los dos enfoques tienen tremendos efectos sobre el pensar y las aptitudes humanas. En el plano del arte que es lo que nos ocupa, cada uno influye en la estética de manera distinta y opuesta.

La primera gran diferencia que los separa, es que para la literatura denominada Pura, en el enfoque para la creación textual, la escritura no pertenece a la forma sino al contenido o esencia; mientras que para la literatura cuyo objetivo fundamental es el lector o comercial, la acción escritural se queda en la forma: elaboración de la frase, párrafo, estilo, etc.

Cuando la acción escritural es esencia, el escritor se enfrenta a problemas muy distintos; en la primera frase y en la primera línea, se choca de inmediato con el gran muro que tiene la literatura y todas las manifestaciones del arte sin excepción, el combate por encontrar la originalidad, lo original es una de las categorías fundamentales para que una creación de cualquier tipo ascienda los peldaños a fin de lograr ser una obra maestra.

 

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Como podemos colegir, estos dos tipos de escritores han emprendido desde el primer paso, direcciones opuestas para hacer el tránsito de lo teórico a lo concreto. Lo teórico es la concepción que cada uno tiene de lo que es la escritura, y, lo que debe ser su obra. Lo concreto es el trabajo de hacer aprehensible, tangible, de verter sobre la página en blanco su pensamiento, el cual impregna el texto. Todo texto presenta una interrelación o conexidad entre el pensar y el hacer, lo que la cognición define como la unidad indisoluble. De ahí que una novela, cuento, ensayo o cualquier otro género, no es cosa distinta a pensamiento condensado que fluye, y, en el caso que nos ocupa, en grafía singular de un creador determinado.

Un segundo paso entre estos dos tipos de escritores, es el tratamiento que cada uno le da al tema o contenido de su obra. Aspecto verdaderamente complejo, debido a que en este punto se chocan las dos concepciones filosóficas que venimos tratando. Aquí abordaremos únicamente aspectos centrales de manera breve para ilustrar nuestra opinión. Antes anotábamos que la idea de Literatura Pura exige al hilvanador de palabras, darle tratamiento a la acción escritural a nivel categorial de contenido, con lo cual, la escritura en si misma adquiere el estatuto categorial de factor principal, con la misma importancia del tema. Un ejemplo ilustrativo de esto, se llevó a efecto en el taller literario Doce Más Uno, que existió en París a partir de 1998. En una sesión de discusiones teóricas sobre realismo, se acordó que cada miembro hiciera un texto breve omitiendo el tema; es decir, escapando de la realidad. Experiencia que exigió el absoluto aislamiento del vocablo de su significante, las palabras debían aparecer como cáscaras de huevo alineadas en fila llenando líneas, careciendo igualmente de una estructura comunicativa. Obvio que estamos frente a un caso extremo donde se ha empujado la idea a su límite, y no puede tomarse sino como hecho experimental en este campo, en él, ninguno de los participantes logró el fin propuesto.

 

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El aspecto decisivo en el tratamiento del tema, lo decide la finalidad de quien escribe: el por qué y el para qué. Sobre el primer punto los dos campos se coinciden, ambos tienen la necesidad de expresión la que es una de las vetas sustentadoras de la escritura y demás manifestaciones del arte. En el segundo punto sí hay una manifiesta diferencia, el escritor de Literatura Pura, se realiza en el sólo hecho de escribir; otro interés le es completamente ajeno. Si su texto encuentra lectores o trasciende en el tiempo, es una consecuencia de la calidad, pero no el resultado de la finalidad. En la historia de la literatura hay muchos ejemplos que nos avalan; no obstante, recurriremos a un escritor de dimensión universal conocido de todos los buenos lectores, Franz Kafka, quien en su vida apenas publicó breves relatos y algunos fragmentos de sus obras: (Die Verwandlung), La Metamorfosis; (Das Urtilurteil), El Veredicto y otros. Lo más importante fue que él mismo destruyó, en compañía de su amiga Dora, parte de su obra donde se incluyeron hasta los textos de teatro. La comisión de cultura del partido nazi envió a la hoguera varios de sus relatos y correspondencia, a pesar de la intervención diplomática del gobierno checo para impedir que no lo hiciera. Es de todos sabido que su ejecutor testamentario, Max Brod, estaba encargado de quemar el resto de su obra. De este autor puede afirmarse que en vida fue un tejedor de palabras inédito, y que murió sin saber que él era verdaderamente un escritor.

A los escritores de literatura comercial, o a aquéllos que aspiran abrir el portón de la memoria, nada los detiene en busca del éxito, ellos encuentran la proyección en el lector, él es su afirmación, fin último de sus sueños, de sus anhelos. Si no lo logran se hunden en la amargura, desolación y frustración. La originalidad en el tema la buscan sin sosiego, para hallar un filón sobre el cual nadie haya escrito nada; quienes no lo encuentran abren otras canteras, y se siguen por la senda vedada, llegan a veces hasta la trasgresión ética, como sucedió en España recientemente donde se copiaron capítulos enteros de una escritora de lengua inglesa para hacerla aparecer como propia. Conducta endémica desde remotos tiempos, contemporánea igualmente de otra más interesante, que tiene sus jardines en otra manifestación del arte, la pintura. A las grandes plumas se les atribuye obras que jamás hicieron; una que lamentamos sobremanera, no por su falsedad contenida sino porque fue descubierta, en razón de que privó a sus fieles lectores de saborear una obra maestra, fue el caso de un texto de Arthur Rimbaud inventado por la actriz Akiaka Viala, y que había logrado en los medios de la crítica poética y otros medios especializados, lograr el reconocimiento la paternidad del poeta.

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La Chasse spirituelle est sans aucun doute le plus mythique des manuscrits perdus de Rimbaud. Enid Strarkie, qui a écrit l’une des premières grandes biographies du poète de Charleville, écrivait que l’espoir le plus ardent des rimbaldiens du monde entier restait de déterrer La Chasse spirituelle. L’émotion atteignit son comble lorsque le 19 mai 1949 le Journal Combat publia des extraits d’un inédit de Rimbaud, La Chasse spirituelle, présenté par Pascal Pia. Le livre paraissait en même temps au Mercure de France. (« Les vraies faussaires de La Chasse spirituelle de Arthur Rimbaud » – Jacques Bienvenu)

La Chasse spirituelle es sin ninguna duda el más mítico de los manuscritos perdidos de Rimbaud. Enid Strarkie, quien escribió una de las más grandes biografías del poeta de Charleville, escribió que la esperanza más ardiente de los rimbaldianos del mundo entero esperaban desenterrar La Chasse spirituelle. La emoción alcanzó su máxima satisfacción cuando el 19 de mayo de 1949, el Diario Combate publicó los extractos de un inédito de Rimbaud, La Chasse spirituelle, presentada por Pascal Pia. El libro aparecía al mismo tiempo en el Mercurio de Francia. Como vemos aquí el interés está en ganar el dinero con un original inexistente; la poesía queda convertida en un vehículo en busca del enriquecimiento personal.

En el afán por la difusión masiva, camino que asegura el beneficio, hay muchos senderos para lograr la meta. Hablando sobre el tema con Eduardo García Aguilar, él me mostró un incunable por paternidad denegada. Resulta que en la década del 60 en Colombia, una empresa petrolera patrocinaba un premio literario que llevaba su nombre –ESSO-. En 1961 el galardón fue atribuido a un joven desconocido de nombre Gabriel García Márquez. Al año siguiente la novela fue publicada por primera vez en Madrid, con muchas mutilaciones que alteraron su identidad. Se trata de La Mala Hora. En la intromisión del editor en la obra con los mismos fines, se da también el caso contrario, el resultado favorable o sería mejor decir afortunado. El poeta Elí Chumacero, que también ejercía el oficio de editor, un día cualquiera ejecutando su labor, cayó en sus manos un mamotreto de casi 300 páginas y luego de espulgarlo en paciencia, lo redujo al tamaño casi de un folleto. Hoy es una obra inmortal, monumento de la lengua española; estamos aludiendo a Pedro Páramo de Juan Rulfo. Todo lo antes expuesto puede calificarse como la anécdota de la arqueología de dos opuestos en la concurrencia de los haceres literarios.

 

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Concurrencia que es el resultado de fuerzas exteriores que determinan a uno u otro campo. A los que tienen como destinatario al lector, hallar el beneficio, y a los segundos les permite concluir que el arte es una actividad al servicio de la vida; enunciado que en apariencia es simple. Sin embargo, cuando se trata de llevarlo a la práctica resulta ser más una utopía que una realidad, por una razón compleja. A través del arte se expresan las esencias del modelo de sociedad que lo produce. Este rasgo es lo fundamental y determinante; significa que en una sociedad de mercado, como es en la cual vivimos, donde se ha impuesto a escala mundial el neoliberalismo, el arte no puede escapar a los dictámenes del dinero. Él le imprime el carácter de mercancía, que es la que determina su cuantificante de calidad, manifestada en el precio. Calidad que se evalúa, no sólo a través de los parámetros artísticos, pues éstos en la mayoría de las veces resultan secundarios, sino en relación de los gustos de una franja de posibles compradores. Ellos, de acuerdo a la ubicación en el seno de la sociedad tienen sus propios intereses que son los que modelan la satisfacción estética; aquí no interesa para nada de qué manifestación del arte se trate. La ópera sólo es un elemento de consumo para sectores muy reducidos de la sociedad, igual cosa sucede con la danza clásica, y en ese orden cada manifestación del arte tiene su público; el cual, en primer lugar tiene su propio gusto; es decir, códigos valorativos sobre los cuales se sustentan sus juicios específicos que nacen de sus propios intereses como sector social específico. El segundo determinante, que en últimas es el fundamental, es que él tiene la capacidad de decidir sobre lo que el creador debe producir para satisfacer sus deseos, debido a que él posee una fuerza superior a la voluntad del artista, capaz de doblegarlo y someterlo a la satisfacción de su necesidad estética; de ahí que el producto arte, como acertadamente lo llaman la mayoría de los críticos y profesores universitarios, término asimilable a los productos de las fábricas, queda convertido exactamente en lo que es: sencillamente en una burda mercancía, puesto que todo lo que es susceptible de ser comprado, no es cosa distinta. Es de fácil conclusión que el dinero manipula al artista, hecho que lo aliena, en razón de que no es él, sino que es el otro; el dinero. Ese otro, en el acto creativo, orienta el proceso del producto arte, tal como lo hace con el fabricante de productos de consumo individual masivo; ley del mercado válida para productos tangibles o intangibles. De ella no se escapa ni la oración en su abstracción y sublimación, que es también una mercancía. Nos encontramos frente a la fatalidad de la sociedad de mercado, donde nadie determina; sino que todos son determinados puesto que todo se compra y todo se vende.

El dilema se plantea de cómo escapar de esta fatalidad. Un filósofo o un sociólogo nos daría una respuesta inmediata, o cualquier otro especialista de las ciencias sociales: ¡un modelo de sociedad diferente! Muy válido por cierto. Pero ése no es el caso, puesto que vivimos el ahora y el aquí, gozando el pleno deleite del mercado a ultranza. Sin embargo, el arte que posee también una fuerza descomunal, puesto que es un saber distinto, tiene una capacidad de avizoramiento que va más allá de los distintos saberes de la cognición inmediata y de la predicción analítica. Si los creadores tuvieran conciencia de ello, y de ellos; estarían en condiciones de fundir los cimientos coherentes en el plano del pensamiento estético, de una manera distinta de organizar la sociedad, donde los intereses de la vida y los intereses de la naturaleza se coincidan, y no se opongan repeliéndose como sucede actualmente en esta sociedad de mercado. La coincidencia de vida, naturaleza y sociedad, ubican la economía en el espacio donde realmente debe estar, al servicio de la vida y de la naturaleza, y no como es ahora; donde la vida y la naturaleza está al servicio del dinero.

Hemos llegado a la confrontación de dos opuestos insólitos. De una parte está una distinta concepción del arte, ella débil e inerme, y de la otra, la sociedad de mercado, capaz de hacer trizas a todo lo que se le oponga. Tenemos entonces que lo dominante es lo desigual, que aparece como lo absurdo, lo fuera del tiempo y del espacio en el plano cognitivo. Veamos:

En lo que se relaciona con el tema principal de este trabajo, el cual se centra en el concepto de Literatura Pura, nos ha conducido a exponer anteriormente los distintos parámetros sobre los cuales ella se cimienta.

Las motivaciones por las cuales una persona emprende el camino de convertirse en un escritor son múltiples, y que no es el caso de tratar aquí; no obstante, todos tienen una cosa en común, el concepto sobre el acto escritural. Él es la idea básica, fundamental y decisoria; la encargada de darle existencia al individuo en tanto que sujeto en la acción creativa; es decir, convertirlo en artista; cimiento que funde y consolida la concepción de lo que será su obra. Ella, no sólo es la impregnación, sino el resultado de su capacidad de plasmar su pensamiento. Esto es lo universal que une a todos los escritores. Su diferencia o singularidad se encuentra en la distancia que presentan las distintas formas de pensar en tanto que tendencia. Si bien es cierto que el pensamiento es individual, en el plano de la estética sólo hace presencia como conjunto del registro social de la creación capaz de ser huella en el registro de la historia de un estadio determinado; caso ilustrativo, los formalistas.

 

 

 

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Para el caso de la literatura clasificada con la categoría de Pura, hoy es prácticamente casi inexistente; de ahí que a la mayoría de los lectores les haya parecido un  término extraño, turbulento y por qué no decirlo, un exabrupto de la literatura. Algunos de ellos nos han preguntado en qué consiste la Pureza de ésta. Aquí, como es obvio, estamos al margen del campo de la asepsia que deslinda lo sucio, lo limpio y lo puro, tema que no va al caso. La Pureza de la literatura es de otro carácter. La escritura empieza por manifestar el sentido de lo puro en un espacio bien determinado, siendo perceptible en el espacio que antecede a la obra, hace parte del tránsito entre el escritor y el texto; una de sus cualidades es la de darle existencia a la finalidad del acto escritural, en razón de sus contenidos inaprehensibles, puesto que es el pensamiento del escritor que se consume en el texto. Este tipo de escritor se deslinda de los demás, en algo que es decisivo en la fundación de los valores estéticos. Su acto de apropiación de la escritura lo hace desde la perspectiva de la escritura por la escritura. Significa que no va más allá del placer del escribir, no busca otra cosa distinta al placer de la palabra escrita, placer en tanto que grafía; esto no niega de ninguna manera el placer que tienen otras tendencias escriturales en el acto de escribir, su diferencia fundamental estriba en el destino que le da al texto escrito, éste en principio carece de destinatario, debido a que él no va más allá.

A primera vista parece intrascendente su actitud. ¡Error monumental! Su conducta está cuestionando los cimientos de la sociedad de mercado, porque somete a crítica a la escritura como mecanismo de instrumentalización, que entre sus muchos canales se encuentra el libro. El libro no como libro, sino como mercancía, la cual genera ganancia y no valores estéticos como obra de arte.

El escritor de Literatura Pura fundamenta su acto de escribir en el placer de la ejecución de este tipo de arte. Su comportamiento en torno del goce es similar al del atleta que tiene como finalidad únicamente correr por el placer que a él le produce; el hecho de cruzar la meta de primero o de último, o de no cruzarla, le es completamente ajeno. Su combate es contra la distancia, la cual vence zancada por zancada, diríase que corre contra si mismo.

Lo anterior parece abrirle la brecha al arte a un egoísmo recalcitrante, a un ego dimensionado, puesto que lo principal es la realización individual. Asunto equivocado. El arte por el hecho que hoy sea practicado por una ínfima parte de la sociedad, no significa que sea una actividad elitista. Todo lo contrario, es una actividad que pertenece a la vida, y, por esto es necesidad fundamental de todo individuo, y, consecuencionalmente un derecho de cada persona, como es el de la salud o el del trabajo.

El escritor de Literatura Pura está enfrentado a superar retos, uno de éstos es el de encontrar la originalidad, por la originalidad; a él se le ha encomendado el trabajo de llevar el texto siempre a un puerto distinto, donde lo nuevo es la norma, donde lo distinto es la palabra que apasiona, la sorpresa de lo sorprendente. No significa que se mueva únicamente en lo experimental o lo vanguardista, puede perfectamente estar al margen de estas tendencias. Cuando el escritor logra sus objetivos invierte la relación entre escritor y lector. En la literatura comercial el texto sale en busca del lector, mientras que en la Literatura Pura, es el lector que va en busca del texto, sin que exista ninguna mediación distinta a la calidad.

Comienzan a gestar de manera espontánea canales insospechados para el encuentro de’ este tipo de texto y lector. Es el caso del texto que viaja solitario por las bancas de los parques en apariencia abandonado o en otros lugares públicos, luego de ser leído el lector lo despide en viaje donde otro lector lo espera. Están aflorando también, círculo de lectores que se pasan los textos de mano en mano, como se hace en los talleres de literatura. Las mutaciones tecnológicas y científicas han dado nacimiento a un medio excelente que es el canal más propicio para el uso de este tipo de palabra, el soporte virtual; él es un abanico que tiene a su disposición el escritor que milita la concepción del arte por el arte; concepción que será el factor dominante en una sociedad plenamente humanizada.

 

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