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* CHEMIN SCABREUX

 "Le chemin est un peu scabreux

    quoiqu'il paraisse assez beau" 

                                        Voltaire 

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Publié par VERICUETOS

APROXIMACIÓN A LA MODERNIDAD DEL IDEAL MONTALVIANO

por Juan Coral Eraso

               

En noviembre de 2008 el pueblo de Ecuador decidió la entrada en vigencia de la Nueva Constitución que, se dice, contiene los lineamientos primarios para la construcción del denominado ‘socialismo del siglo XXI’. De hecho, no fue excepcional la circunstancia de generarse intensas discusiones en los medios políticos y académicos, dentro y fuera de las fronteras del país, por haber sido mencionada la palabra socialismo, habida consideración de las implicaciones políticas y socioeconómicas de tal marco conceptual. No era para menos, pues ese ha sido el sino de “el socialismo”: intensificar por doquier la tonicidad energética neuronal. Entiéndese que este escrito no apunta a determinar cuál y en qué grado, una u otra disposición del nuevo texto fundamental adoptado por los ecuatorianos matiza la teoría del socialismo, más todavía si la experiencia histórica impide concluir, si ello fuera dable, el paradigma del socialismo ideal.

            Valga anotar cuando menos, la observación acerca de la disimilitud que muestra la experiencia de los variados procesos llevados a cabo en diversos países a fin de instaurar ‘el nuevo régimen social’, propicio, según sostienen sus prosélitos, para la gestación de las condiciones materiales y jurídicas tendientes a ‘la formación del hombre nuevo’. Y al lado de los reconocimientos de éxitos y aciertos, coexisten frecuentes reproches desde lo ético; censuras tan severas que terminaron dando al traste con muchos de tales procesos, visto el tipo de prácticas empleadas por los gobernantes de esos pueblos, de tal manera que el mundo del siglo XXI registra sólo una corta lista de países marcados por el signo del derrotero socialista. Precisamente, el perfil subjetivo de quienes gobiernan incide en forma definitiva sobre la determinación de la meta específica proyectada a conquistar una fase socialista para su nación. Y para complicar las cosas, no ha desconocerse en este asunto que como cada pueblo trae su proceso histórico singular, es desatinado concebir una especie de receta paradigmática aplicable uniformemente a todos los proyectos de la construcción socialista.

En suma, las variantes en los escenarios y las épocas, traen aparejadas diferencias conceptuales acerca de la interpretación de esa imbricación de los múltiples factores, añadiéndose a tal complejidad el enfoque personal de quienes desempeñen el liderazgo de cada propuesta en particular. Y dilucidar el tema específico de la construcción de determinada vía hacia un sistema socialista no es el propósito de estas líneas, por ello hemos de decir en forma conclusiva, sin pretensión mayor, que habría tantas ‘vías al socialismo’ cuantos países y, desde luego, momentos históricos concretos.

Así, adentrándome hacia el tema de la invitación inicial que sirve de epígrafe a este trabajo, a riesgo de caer en un cliché, creo necesario trazar un modelo a manera de un glosario en el que se me permita ubicar la personalidad de Juan Montalvo Fiallos, y a partir de allí esbozar cuáles son sus aportaciones particulares en la tarea de buscar el crecimiento del conjunto de sus conciudadanos, enfatizando en el terreno de la aplicación concreta de su ideario que en la formulación de definiciones dogmáticas. Considero válida esta herramienta aplicativa, en tanto se conoce con suficiente aproximación el perfil subjetivo y el pensamiento montalviano a través de su evolución vivencial y del contenido de sus escritos. No obstante, hago claridad de que no me asiste el interés de forzar un encuadramiento de la enjundiosa creación intelectual de Montalvo dentro de esa corriente ideológica, que ha contado, cuenta y contará con numerosos adherentes, lo mismo que con poderosos detractores y persecutores.

Desde la perspectiva que orienta la ocasión, es llamativa la notoria ausencia de mención o alusión en los escritos de nuestro autor a las propuestas de reconocidos dirigentes socialistas que coincidieron con él en Francia, cuando estuvo refugiado en París. Por ejemplo, desde la óptica de la cuestión socialista se echa de menos el que no tocase el proceso ocurrido entre los años de 1870 y 1871 conocido como “La Comuna de Paris”, revolución de las masas proletarias que hasta implicó la intervención en Francia de fuerzas militares foráneas. Es que fueron hondas las repercusiones en la teoría política moderna aquella manifestación revolucionaria de la clase obrera francesa. Podría responderse con simplicidad que por ese tiempo de nuevo Montalvo regresó a América, y al no permanecer en Europa no podía hallarse enterado de la cadena de sucesos trascendentales que sobrevenían allende el océano.

La omisión de parte de Montalvo a la temática de la teoría socialista provoca interrogantes acerca de las razones: ¿fue intencional su actitud elusiva, ó fue la concreción de las circunstancias históricas en que se hallaba inmerso? Así: ¿sería acaso que no le impactaban esas tesis? ¿No creía en las idas pregonadas por el movimiento socialista? ¿La estrechez económica no le permitía contar con la información suficiente para valorar el calado de los movimientos sociales masivos que desencadenaban las ideas socialistas en la Europa del último tercio del siglo XIX? ¿Era su condición de refugiado extranjero un factor de autocensura? ¿Se hallaba distraído en asuntos de proyección exclusivamente de su nación de origen?

Nada más pertinente para despejar estas y otras cuestiones que tornar a leer los textos de nuestro autor. Entonces, con el criterio arbitrario de quien expone estas líneas, se desarrollan exploratoriamente los siguientes ítems:

 

1.) Encuadramiento filosófico básico

 

Por sus manifestaciones individuales y el sentido de sus escritos, Montalvo se reconocía claramente en el contexto de un liberalismo con acentuados matices humanistas en lo filosófico, junto al cristianismo practicante ayuno de las afectaciones impuestas por la jerarquía eclesiástica de su tiempo. Esta sería, en suma, una definición de las características básicas de su cosmovisión individual, la cual él desarrolló en el marco de su incansable accionar de polemista aventajado. Digamos también, aunque suene a justificación, que Montalvo quedó inmerso en la abultada cifra de obreros, trabajadores y reformadores a quienes en el mundo no les llegó en forma expedita la propaganda socialista de su tiempo.

 

2.) Bolívar en Montalvo

 

Para gusto o disgusto de socialistas y no-socialistas continentales, pues, resalta como pilar fundante de su ideario, la herencia inagotable de Bolívar.  Entre lo más refulgente de este aspecto, están las dos premisas que distinguen el legado del prócer americano: una, la condena irrestricta contra la tiranía y, otra, la necesidad de la unidad regional americanista. A muchos hoy en día les parece trasnochado el discurso de la bolivarianidad; y la tozudez de la realidad les coloca siempre en el plan de exigir o protestar contra las normas que desconocen el contenido esencial de lo democrático, peor aún si las normas vienen inspiradas desde un poder externo. La urgencia de condenar cuanta intromisión se dé, Montalvo la concibió como provocación a la potencialidad creadora que puede aspirarse de la consolidación de un bloque unitario de nuestras naciones, de hecho tan semejantes y tan próximas en todos sus niveles de expresión. En este aspecto de la proyección bolivariana, hay necesidad de admitir ante la faz de la tierra que todo el tiempo transcurrido, desde la procera gesta libertadora hasta hoy, se ha hecho indispensable propugnar por hacer efectivos los pilares bolivarianos: la independencia con soberanía y la unidad regional americanista. Por ello, Montalvo y todas las celebridades de Nuestra América, no han podido escapar al compromiso de defender el ideal democrático y de unidad regional, que impregna el qué hacer político decente.

 

3.) Lo social

 

¿Cómo alguien con la sensibilidad social de Montalvo no iba a pronunciarse frente a las injusticias del capitalismo europeo de su época, igual que respecto de las injusticias que afligían a su patria? En cuanto a lo primero, de hecho, nos deja oír nítidamente su voz de repugnancia ante las condiciones que envolvían la cotidianeidad parisina, para él sucia, lúgubre, indolente, todas características provenientes del modelo de explotación impuesto por las clases dominantes. Añoraba, en cambio, la impresión que tenía del esforzado país del Norte, donde él percibía una constante lucha contra las dificultades, en lo cual veía la expresión concreta para la erradicación de la holgazanería; le atrajo fervorosamente la estrategia empresarial norteña consistente en aplicar el conocimiento y los inventos a la producción, lo que repercutía en un mejoramiento de la capacidad generadora de riqueza.

Aquí permítaseme hacer una digresión puntual. La visión de Montalvo respecto del papel de Estados Unidos no muestra la preocupación que otrora expresara Bolívar, al decir que “parecían destinados por la Providencia a llenar de injusticias el mundo”, o la convicción con que, después, José Martí Pérez calificó a ese país de un monstruo, al asegurar conocerle las entrañas por haber vivido dentro suyo. Una mirada así de simplista, con solo formular citas aisladas, puede conducir riesgosamente a crear distancias insolubles entre Montalvo y los dos genios continentales, incluso hasta pudiera acusársele de enfrentarles. Lo cierto es que sostener hoy una tal postura equivaldría a desechar cuanto ardor mostró en continuos artículos, en los que sin la radicalidad propia del dogmatismo planteó argumentaciones contrastantes, de cuál sería su elección en llegado el caso de un hipotético sometimiento bajo un poder extranjero, bien a los norteamericanos o a los europeos. Él se mostró decididamente inclinado a admitir como acertada la escogencia por los norteños, al fin y al cabo americanos también. Obvio, que la insinuación de este tema con dichos razonamientos sólo es parte de su estilo, metodológicamente encaminado a reforzar el sentido de sus frases. Con ser que el desarrollo alcanzado por los Estados Unidos, ni siquiera fue objeto expresado con rotundidad en la conocida demostración leninista que introdujo el calificativo de la “fase imperialista del capitalismo”, por cuanto hasta bien entrado el siglo XX el predominio económico y militar era ostentado aún por las naciones europeas industrializadas, y no fue sino hasta la conclusión de la llamada Primera Guerra Mundial, cuando el país del Norte devino ganador de la supremacía. De ahí que la visión montalvina en sus días sobre el rol estadounidense, no tendría en absoluto un cariz de renunciación al ideal de independencia con soberanía.

En cuanto a la condena de las condiciones sociales y económicas de su país, a través de sus planteamientos contra los dirigentes de los asuntos públicos y de la jerarquía clerical, son variados los textos de repudio a la falsía con que recaudaban y manejaban los recursos; en especial atacó a los miembros de la iglesia católica que en la práctica se aferraban con apasionamiento a los bienes temporales, como ellos denominan la riqueza material.

 

4.) La luz del saber

 

A Juan Montalvo le sucedió igual que a la mayoría de los pensadores latinoamericanos de la segunda mitad del siglo XIX: tuvieron que desenvolver su labor creativa frente a una bifurcación contextual que les condujo por el camino de un racionalismo particular, en virtud de las recíprocas situaciones dispares de desarrollo local respecto de las imperantes en el Viejo Continente. La expulsión con las gestas libertarias en el primer tercio del XIX de casi todo el andamiaje colonial, imperante por algo más de tres centurias en nuestras tierras, equivalió en el ámbito intelectual continental a permitirles aceleradamente a las mentes inquietas de nuestros pensadores que pudieran acceder a una variedad de creaciones, como las corrientes filosóficas y sus debates abiertos a la opinión, lo mismo que a los adelantos científicos, unos en teoría y muchos ya en la práctica, formando parte de la cotidianeidad dado su uso corriente allá en Europa. Mucho de ese acumulado aquilató con su aporte la ansiedad de saber, de asimilar información y adentrarse aún más al marco de la cosmovisión occidental.

De repente, los ojos y los ávidos espíritus de prestantes latinoamericanos, de ascendencia criolla y mestiza, se volcaron sobre esa amalgama de producciones del intelecto europeo, acumuladas entre tanto permanecíamos cautivos en la prolongación del medioevo a que nos tenía sujetos el poder colonial. Los patrones del avance de la economía, y con ella las instituciones administrativas y académicas que funcionaban en Europa, mostraban respecto de nuestra región la realidad de un panorama de atraso en términos de desarrollo.

Fue como arrancar una venda de los ojos, y proclamar que definitivamente el conocimiento es fuente de esperanza. Esa conclusión, digamos que refleja, explica por qué en muchos textos de libros y prensa de la segunda mitad del siglo XIX en nuestros países, se acude con insistencia a la necesidad apremiante de divulgar con profusión los conocimientos científicos y técnicos. En muchos casos, la lectura de los autores deja la impresión del idealismo manifiesto, pues denotan que por el sólo hecho de encomiar la ciencia y los adelantos técnicos como factores de desarrollo económico y social, iría a ser suficiente para que la sociedad y las esferas gubernativas de nuestras naciones en formación, asumieran conciencia de la importancia del asunto, adoptando sin dilación las decisiones pertinentes.

De allí pues, Montalvo, en una especie de paráfrasis al legendario sabio Arquímedes, expresó la noción de “dadme un Ecuador culto, y os haré felices”. Este concepto aparece reiterado en los textos montalvianos: sea para estimular la justa causa de sus correligionarios, sea para señalar con agudeza que la carencia de ilustración es caldo de cultivo para la opresión. Él equipara libertad con cultura, y, viceversa. Difunde el argumento de dignidad junto a la conciencia de la necesidad del saber. El hombre realizado en dignidad, es culto, y esa síntesis de libertad y conocimiento, lo conduce a la categoría del hombre bueno, que es aquel ser que compagina la humildad del sabio con la disposición del hombre libre.

 

5.) El concepto de bonhomía

 

Y en este discurrir por la galería de ideales que constituye el monolítico pensamiento montalvino, con depurada lógica y concatenación cohesiona a la sabiduría con la humildad. Ajeno por completo de aquella caricatura de la humildad por sumisión, cuando, por ejemplo, se grafica el estado de inferioridad del limosnero; no, para él la humildad es el estado a que accede el sabio cuando comprende sus límites, y en el acto más puro de ese proceso del entendimiento sólo le queda hincarse al Eterno que rige al universo. Es el momento sublime de dignidad en que el sabio se humilla ante el Todopoderoso, y rinde así homenaje y promesa de servicio a sus semejantes, a la naturaleza y a su propia interioridad. Es decir, a manera de una visión envolvente, Montalvo afirma que la razón de ser del humano es aprender para servir en obedecimiento al designio divino, que se resume en el concepto del hombre bueno, o a la manera del pensador, la bonhomía.

A su vez, adelantándose a las suspicacias, Montalvo fija con claridad que si bien el ignorante no es de por sí un ser dañino, llega a serlo, cuando consciente de su ignorancia comprende que en tal condición, poco o casi nada puede servir a sus semejantes, y se aleja o se resiste a la posibilidad de conocer las luces del saber. He allí, el accionar ético inexcusable que incumbe llevar a cabo tanto a los individuos como al conjunto social, a cuya cabeza necesariamente debe figurar el Estado, a fin de superar las condiciones de negación de la especie humana, que se caracteriza por su naturaleza gregaria. El vicio, la indignidad, el deshonor, la pereza, la codicia, la insolidaridad son obstáculos que sólo la bonhomía puede superar.

 

6.) Colofón fideísta

 

Por acción de sus detractores y el hecho de haber sido condenadas algunas de sus obras al Índice del Vaticano, se ha propalado la idea de su irreverencia. Pero es necesario indicar que sus expresiones concretas sobre la espiritualidad religiosa son abundantes. Es pertinente destacar el texto acerca del Padre Yerovi, a quien hace todo el reconocimiento del caso en tanto lo pondera como un ejemplo de servicio y sacrificio a favor de la sociedad. Es decir, Montalvo no escatimaba esfuerzos para encomiar a quien se lo merecía.

De lo precedente se colige que la arista de irreverencia característica del montalvianismo, la cual les sirvió y aún les sirve a unos cuantos para pretender situarlo en las filas de ateísmo, carece de sustento. La deidad, no de balde mencionada con frecuencia por nuestro escritor, está por encima de las veleidades, lujos y desgastante beatería hipócrita que atosigaban las mentes del pueblo en su época. Montalvo fusiona el compromiso de bonhomía a la conducta individual respecto del entorno, esto es, la familia, la sociedad y la naturaleza. Por fuera de ello, cuanta prédica, rito o anatema clerical se hunde en la fatuidad. El compromiso individual, el fuero íntimo condiciona la credibilidad de la palabra. No cuenta para nada una proclama de fe, una cita papal, un encendido salmo, si quien lo difunde resultare imposibilitado de demostrar ser consecuente en sus actos externos. Este aspecto es el fundamento para enseñarnos que el asunto de la fe, descansa principalmente en el espacio de la autonomía individual; que no cabe ni la amenaza de castigo ni la concesión de un premio como estimulante del compromiso personal de obrar conforme a lo que se cree. Esa, palabras más, palabras menos, es el eje del laicismo preconizado y practicado por el insigne pensador.

 Pero, como en el universo no hay causa sin efecto, sostengo que ese laicismo inscribe a Montalvo en una filosofía creativa, estructurada por dos principios inapelables: la libertad de conciencia, y la solidaridad. El primero conduce, sin ser la única resultante, a fijar con suma verticalidad la independencia naturalística de los asuntos públicos de los privados. Acentúa la diferenciación que existe entre los postulados iusfilosóficos que se ocupan del Estado y de las normas para la convivencia, incluida la cuestión de posibilitar la sociabilización de la cauda de sentimientos inherentes a determinadas creencias a través del culto. Temas todos vinculados a lo que en teoría constitucional se denominan como sección dogmática de tales textos fundantes.

El segundo principio, el de la solidaridad, me autoriza a exaltar con fundamento en los textos relativos a la condena por la situación económica y social de su pueblo, que con antelación el montalvianismo transitó las sendas de la filosofía de la doctrina social de la Iglesia, promovida por León XIII, Pío XI, Juan XXIII, y el Concilio Vaticano II, y más todavía, la corriente evangelizadora de la “opción por los pobres” y “la teología de la liberación”. Porque, si el Evangelio es lumbre, su resplandor no ha de enceguecer, tal que sirva de instrumento a los grupos de interés que sacan provecho de andar ocultando la injusticia, la desigualdad, el diezmo enriquecedor, la tolerancia con el crimen. En síntesis, lo que le valió a Montalvo ser perseguido y censurado por el clero, sin el menor atisbo de orden filosófico, fue la agudeza de su crítica en el campo de la opulencia y la explotación material. Valga decirlo, no transigió con pretendidas inspiraciones místicas que persiguen emplearse como herramientas de información y encuadramiento de las políticas públicas, como ha sucedido en prácticamente todas las naciones de nuestro continente, para “en nombre de Dios” bendecir, santificar y hasta promover tropelías dirigidas a distorsionar los sublimes sentimientos de piedad que imbuyen la espiritualidad. Para cerrar este ítem, recordemos la frase que sintetiza el asunto: “Sacerdote y ciudadano, no dejéis el mundo en manos de los malos”.

 

7.) El humanismo

 

Sabemos que Montalvo orientó su actuar guiándose por la transparencia, la rectitud, la honestidad. Las normas íntimas que adoptó tendiendo al grado de perfección, sin embargo, le llevaron a ser polemista, más si de por medio estaba su honor, y consumió buena parte de sus fuerzas en agudos enfrentamientos que la historia cuenta. Todo ese agotador y por demás fastidioso qué hacer literario, mucho del cual cruzado por la angustia de las dificultades para la impresión y difusión de sus libros a través de las linotipias del lejano Panamá, nos legó un amplio espectro de su ingenio y su tesón. Pero así se trate de la revisión de los textos atinentes a alguno de los cruciales debates asumido por limpiar su honra mancillada, en ellos encuéntranse fragmentos que testimonian su denodada brega a favor del bien común y el derecho humano universal a la felicidad.

Por supuesto que la trayectoria vital de Montalvo, teniendo en cuenta las condiciones históricas en que se desenvolvió, no podía ser diferente a como la conocemos, y es impensable que hubiese echo caso omiso de las sucesivas pugnas que le plantearon sus opositores. Es que tampoco cabe imaginarlo sumido en una actitud pasiva, cuando su conciencia lo impulsaba a denunciar el estado de cosas que en la patria acontecían. Es una constante histórica que afrontan quienes luchan por reivindicar la justicia social y protestar contra la opresión; su destino le fijó la alternativa de andar expatriado ó en el exilio; no importaba que continuara vivo siempre que permaneciera detrás de las fronteras.

Fue víctima de la tiranía que, igual que hoy, cuando sus afiladas garras no alcanzan físicamente a quien detesta, le importa en todo caso deshacerse alejando lo más que pueda la incómoda presencia de la persona que osa rebelársele, y le discute la ilegitimidad de su poder. De nuevo allí, en la adversidad de las condiciones, el exiliado comprende que su lucha es justa y, tratándose de Montalvo, prosigue en su línea de comportamiento: arañando los medios y los recursos para que la dictadura no encuentre sosiego. Fue así que desde el exterior él brindó a sus correligionarios y amigos lo único que tenía: la lealtad, materializada en la forma que mejor sabía hacer, sus escritos incisivos.

Juan Montalvo como pocos, hizo demostración de lo que significa vivir de acuerdo a un ideal. No importó que el precio costase más de lo imaginado. Y murió seguro en la satisfacción de saber que la distancia entre su corazón y su alma era mínima.

Nos mostró un camino, arduo en verdad, que bordea la vida plétora de paisajes, que más los disfruta quien en su mirada refleja mejor la limpidez del alma que los anima.

¡Juan Montalvo está aquí y ahora! Sus postulados, que retoman los valores fundamentales del ser humano a lo largo de los siglos, bien pueden orientar el proyecto socialista que apoya la mayoría del pueblo ecuatoriano.

 

Biografía de Juan Coral Eraso:

 

Nacido en Buesaco (Nariño) en 1953. Estudió Derecho en la Universidad de Nariño. Fue juez, fiscal y procurador judicial. Docente universitario. Gestor cultural e investigador en historia regional. Miembro fundador activo de las Fundaciones FINCIC y “JERÓNIMO INCHIMA”. Miembro Correspondiente de la “Casa de Montalvo de Ambato” (Ecuador). Textos publicados: “El concertaje: antecedente del moderno contrato de trabajo asalariado”; “Toño Matoño” (memorias de tradicional oral); “Encarajamientos” (poemario).

 

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