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* CHEMIN SCABREUX

 "Le chemin est un peu scabreux

    quoiqu'il paraisse assez beau" 

                                        Voltaire 

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Publié par VERICUETOS

RAÚL GÓMEZ JATTIN,

un potro desbocado en las praderas del cielo

Milcíades Arévalo

                                Alguien

hermano de tu muerte

te arrebata   te apresa   te desquicia

y tú indefenso

 estas cartas le escribes.

                                                            Raúl Gómez Jattin.

 

Conocí a Raúl Gómez Jattin un domingo de Abril de 1968,  en el Teatro Colón,  representando Cuentos sobre Macondo, una obra  basada en Los funerales de la Mama grande de Gabriel García Márquez. Estaba “en pleno furor la bareta, los hongos, el pensamiento de izquierda, el teatro político y experimental, las rumbas en La Candelaria, muchas lecturas y de alguna manera el desubique existencial” (1)      

        Ese domingo yo no lo vi como poeta, sino  como actor, porque eso era,  un gran actor y un gran visionario del teatro colombiano, que en ese momento estaba en pleno furor con figuras tan importantes como Carlos José Reyes, Enrique Buenaventura, Santiago García y actrices  talentosas como Tania Mendoza Robledo. “--Ese encuentro con la gente de teatro –dirá años más tarde en una entrevista-, coincidió con mi afecto por la poesía. Soy un poeta dramático a manera de Machado: palabra en el tiempo y antes que Eurípides, mi gran maestro dramático” (2).

    Cuando  Raúl desapareció de  los escenarios del teatro colombiano, presumí que había terminado de estudiar abogacía y se había ido para Cereté a ejercer la profesión. Sin embargo no fue así. Estaba en una clínica de reposo en Medellín donde un psiquiatra descubrió que no era un loquito común y silvestre sino  “un poeta con una sensibilidad aterradora”.

    Tal vez porque yo venía publicando una revista de literatura donde daba  a conocer a muchos escritores y poetas desconocidos, tanto de la ciudad como de la provincia, Raúl me envió varios  ejemplares de  su primer libro (Poemas, 1980), irisado de imágenes transparentes, con un toque de identidad propio, sin ninguna trasgresión, salvo el zoofílico y casi tierno "Te quiero burrita".  A partir de entonces comencé a tener una especie de correspondencia con él. Cartas, libros y resmas de papel iban y cartas y poemas venían. Raúl podía ser un excelente poeta, con una sensibilidad aterradora y toda la cosa, pero ningún poeta de Bogotá  le prestó atención, tal vez porque era montaraz, altivo, visceral, descarnado y realista. El único que se atrevió a decir algo premonitorio fue otro hombre de teatro, el dramaturgo Juan Carlos Moyano, quien dijo: “En un futuro, críticos, poetas, estudiosos y lectores se detendrán en su nombre” (3).

   Como a mí siempre me han gustado los poetas que se parecen a sus poemas y que escriban con la sabiduría del que es poeta por vocación y no por equivocación, le publiqué dos poemas en la  revista Puesto de Combate, donde lo presenté como “un poeta con cualidades propias, capaz de trascender como oficiante de la palabra” (4) y le envié una carta contándole las desgracias de lo que era ser poeta en el país de poetas. Inmediatamente me respondió: 

    “Leer tu carta  me proporcionó una placer inesperado: la emoción que mis pobres poemas causaron en una alma sensible como la tuya, expuesta a los vendavales de la existencia, porosa como para permitir que mis vientos la penetraran, impresionable como para sentir los golpes de mis piedras sobre tu casco. Somos felices cuando nos leen, verdad Milcíades. Nacimos para ser leídos, esa manera de tratar íntimamente con uno sin desgastarlo. Y me siento contento con que me haya leído alguien como tú, águila solar. El poeta sabe tratarse con sus semejantes, y con una de mis alas te digo: gracias por reconocer que mi vuelo es gracioso, que mis plumas son fuertes y brillantes, que mi pico infunde temor” (5).

    En  un viaje que hice  por el Valle del Sinú buscando poetas para publicar, entré a Cereté. Cereté, aún lo recuerdo,  era un abrazo del infierno, una brasa. El sol se derramaba sobre sus calles polvorientas  con ardiente vehemencia,  pero aún así era  “un pueblo lindo con una cabellera de nubes blancas”, delicioso, mágico y sorprendente. Yo había leído  tanto sus poemas que  cuando por fin encontré su casa de palma amarga en  la única Calle Cartagenita que hay en el mundo, golpeé en la  ventana,  exactamente como decía en uno de sus versos: Golpea en la ventana de la izquierda/ que te estaré esperando.  

    Cuando le di mi nombre, la voz de un gigante me estremeció las fibras y estuve a punto de abandonarlo todo y salir corriendo, pero la puerta de su casa se abrió como una caja de sorpresas. Al verlo, tuve  la  impresión de que no era Raúl sino un fantasma que se había quedado cuidando una casa vacía. Me levantó del suelo con una trompada de ternura y me hizo entrar.

    No había ni un asiento, ni una flor, ni una jarra de agua,  nada que me indicara que allí  vivía una persona. Lo único que había eran  cientos de  poemas y cartas tiradas en el piso, un butaco a ras del suelo en el que me senté a escucharlo y una hamaca. Al piso  le habían arrancado las tablas y en todas las paredes estaba escrito el nombre de Lola Jattin. Por el enrejado de la ventana se asomaban los gajos de unas matas de la vecindad y la luz del día impregnaba de verde la habitación donde estábamos los dos. Un silencio de muerte, un silencio como no se ve en las tierras del trópico se extendía por todos los rincones de la casa empolvándolo todo con una costra de ausencia. ¿Dónde estaba doña Lola, sus hermanos, don Joaquín Gómez Reynero? ¿Dónde estaban todos los suyos, sus amigos; por qué lo habían dejado tan solo en una casa tan grande y tan sola? ¿Dónde estaba la legión de  ángeles clandestinos?

    Al poco rato pasaron por la calle unos muchachos vendiendo bollos de maíz  y nos pusimos a hablar, qué se yo,  de las embestidas del calor, de mis viajes por el trópico, del cielo celeste y sereno del  Sinú hambriento, pero sobre todo de poesía, de cantidad de autores: Borges, Machado, Álvaro Mutis, Orietta Lozano, Jaime Jaramillo Escobar, de los poetas andaluces y árabes y hasta de Juan Manuel Serrat por el que sentía una admiración muy grande. Yo no era más que  un ser salvaje que por primera vez  estaba conociendo a un poeta de verdad, a un poeta auténtico en su estado natural.

    --Tengo un desajuste con el afecto de la  gente, un problema muy grande de soledad. Quiero rehacer mi vida, irme a España, hacerme ver de un siquiatra europeo –me confesó con amargura. Se recostó en la hamaca  y  se puso a escribir unas canciones procaces alusivas a sus amigos y a un tal Pocho Saker, que a veces era Raúl y otras veces su hermano Rubén. Antes de llegar a Cereté  me habían dicho que “tuviera cuidado porque me podía matar”, que era “homosexual y loco”, pero para mí, un ateo de siete suelas, eso no podía ser cierto. ¿Cómo iba a ser cierto si se “pasaba los días comiendo mango y tirándole piedrecitas al río...”? Su lucidez rayaba con la locura, pero no estaba loco, los locos eran los demás. Cuando dejó de escribir me preguntó si quería oírlo cantar.

   --Yo quisiera ser tan popular como Celia Cruz –me dijo   

    Cierto o no, a Celia Cruz la aclamaban como la mejor guarachera del mundo, pero un poeta era otra cosa. Los verdaderos poetas ni siquiera se atrevían a decir que lo eran. Como tenía una voz estupenda le pedí que cantara. 

 

Madre dulce

mi tela tejer no puedo.

Afrodita suave me vence

y de mi amada siento el deseo.

 

    Encendí un cigarrillo y fumé mirando  alrededor de la habitación vacía, embelesado en el fragor de la tarde que se negaba a morir. Un gato se asomó por la ventana con una mariposa amarilla y por un momento tuve la sensación de estar en medio de la selva, dispuesto a enfrentar  a la muerte con mi cuchillo asesino.

    --¿Qué hace ese gato en la ventana? –le pregunté.

    --Eso no es un gato,  es el tigre de Borges. Ahora si me doy cuenta de que la poesía pasa por tu lado sin hacerte daño.

    Tigre o gato, ¿qué importaba? Yo  lo único que  quería era  hacerle una entrevista y salir a la calle a tomar aire,  a beberme una botella de ron, a desear a las muchachas de Cereté y largarme por donde había venido y todo eso, pero Raúl continuó  vaiviniéndose en su hamaca y cantando los poemas que había escrito y  me tuve que quedar oyéndolo como si yo fuera su alumno más aventajado:

 

Milcíades, mil noches, mil amaneceres,

no sé que indiferencia me alejó del mar.

El miedo, Milcíades,  el miedo, el dolor del cielo.

Gracias por tu canto estremecido de lunas,

por tu tierna sonrisa de mujer,

temblona y avisada.

Te lo dice Raúl,

el hijo de Lola Jattin y de Joaquín Pablo Gómez Reynero,

futuro presidente de la ausencia y de la muerte.

 

   Tratando de alardear  de sabio frente a la poesía le dije que él iba  a ser inmortal sin mover un dedo, pero que ese poema era muy malo. Pateo como una cabra, se rió de buena gana, pero Raúl no era así. Tenía la fuerza de un rinoceronte y sin embargo lloraba y reía en la soledad de su vida. Sabiendo que Raúl vivía en una casa sola, en medio de la soledad más espantosa, perdido como un niño en un bosque de girasoles y tormentas, puse a rodar la grabadora y le dije:

    --¡Ajá! Ahora si hablemos de poesía.

    --La poesía es eso que nos asombra y nos nombra, que nos taladra las sienes como un balazo –dijo. Esperé que continuara hablando, pero el hombre no habló. Sin saber qué hacer, se me ocurrió decirle que echáramos para adelante la publicación de sus poemas 

    Le brillaron los ojos como cuando uno ve a Dios por primera vez y le escribió una nota a sus amigos Santiago Mutis y Roberto Burgos Cantor, en la que les pedía colaboración para mis asuntos por haber sido el primero en ponerle “bolas al Pocho Saker y Raúl Gómez”. De pronto comenzó a oírse tremendo estruendo en la calle. Eran los gaiteros de san Jacinto que iban  para un cumbión. Cuando la bullaranga se  hizo más insoportable, salimos a la calle,  Raúl descalzo, tomando vino a pico de botella y yo prometiéndole que lo iba a hacer tan famoso como Celia Cruz, así la brújula de la errancia le equivocara el rumbo.

    Al llegar a Bogotá empaqué sus poemas y se los envié a Jaime Jaramillo Escobar, quien de inmediato le mandó una hermosa carta (fechada en Santiago de Cali, Septiembre 17 de 1983),  que se hizo famosa después porque se publicó en el Tríptico Cereteano y en la que, entre otras cosas,  dice: “eres el viento, eres un potrillo, eres el río que arrasa, no limitas con nada, no tienes cuñados en el cielo, no tienes participación en la bolsa de valores, eres un bruto, eres Atila, eres el mismísimo Adán, Dios en persona completamente loco deshojando los bosques y tirando las hojas al aire, eres el ciclón, la barriga pelada, el escándalo furioso, todo lo que yo no soy ni hay aquí poeta que lo sea, eres el fauno, el unicornio, el centauro, el volcán, eres ¡EL PUTAS. (6).

    Santiago Mutis lo incluyó en el Panorama inédito de la nueva poesía colombiana, 1970-1986  y yo hice un artículo que apareció en el No. 144 del Magazín Dominical de El Espectador dirigido por Guillermo González Uribe. No pude hacer más para darlo a conocer, porque me aburrí de lagartear en los periódicos, donde casi siempre echan al cesto de la basura las mejores colaboraciones. Mucho más luego le escribí augurándole éxitos futuros y animándolo  para que me siguiera enviando poemas, a no quedarse en silencio, “porque tú eres un poeta genial y corajudo, mucho mejor que esos poetas que a diario me encuentro por la 7ª”. Al poco tiempo me respondió  de manera trágica y solemne:

    Milcíades:

    Que poca mi carta. Hasta engreída me parece esa abominable serena e indiferente carta. Pero es que en esos días atravesaba por un descreimiento total de los poemas y tus entusiasmadas palabras me calmaron tanto que me volví inexpresivo. Perdona buen Milcíades a este pobre poeta montaraz y mal educado que no sabe mirar con detenimiento el gesto generoso del amigo. Aunque -me parece- casi la mitad de los poemas han perdido validez. Se salvan los que me indicaste y cuatro más.

    Pero tengo otro libro -un libro que da miedo- De verdad. Da miedo. He sido malvado, profundamente malvado. Mis pobres compañeros de vida, los que me dieron la vida incluso, aparecen de gesto entero. Ay de ellos. Ay de sus intimidades más sagradas. Ay, pero un ay poderoso. Porque cuando canto pujo y cuando pujo lloro. Lloro y canto, pésele a quien le pesare; yo canto y hiero. Comenzando por el indefenso Raúl. Mi navaja de asesino –de hachis-chino- corta filosa la carne ajena. Treintaidos poemas de sangre vertida. No te los pierdas. Concursa en Cúcuta el próximo mes. Lujuria, indiferencia, ambición, dinero torpe, amor, muerte, falsos poetas, traiciones, fracasos. Todo eso está en Retratos, del nunca bien nombrado R.G.J. Me van a odiar, amigo mío que tienes la dicha de conocerme, me van a odiar con razones. Qué bien me siento. Sé de antemano que es una obra muy importante para veinte personas. Suficientes motivos para publicarla. Me divertí escribiéndola. Con cada uno de los personajes jugué a las escondidas y a cada uno sorprendí en uno, dos, tres gestos significativos. No te mando el libro porque no tengo plata para fotocopiarlo. Si no pasa nada en Cúcuta, ya veré la forma de enviarlo.

 

                                               Te quiere

                                               Raúl del Cristo (7)

 

    Antes de que dieran el fallo del Concurso de Poesía Eduardo Cote Lamus, yo sabía que Raúl no había ganado y que además se habían perdido los originales de Retratos. “Ser anónimo es tan perverso como no serlo –le escribí--.  A los poetas los vienen matando desde hace muchos años y por eso les inventan concursos donde siempre ganan los que nunca pierden, pero cada uno tiene méritos suficientes para vivir en el cielo o en el infierno. Sin darme cuenta toda mi vida he caminado sobre las brasas del infierno, pero aún así tengo esperanzas de conquistar el cielo. Voy a buscar tus poemas y editarte el libro para que cuando la carcamala asome por tu casa  no te encuentre inédito” (8).

    En Retratos estaban gran parte de sus amigos de infancia, sus enemigos, sus fantasmas, sus obsesiones, todo lo que amó: los pájaros,  el paisaje, el río Sinú,  Cereté, el teatro, lo erótico en todas sus formas.  Como por esa época yo usaba corbata como cualquier representante   de la Sociedad de la Imaginación, lo rescaté  del olvido en que había caído  y decidí  publicarlo por mi cuenta.

    La expectativa por la aparición del libro comenzó a difundirse. Roberto Burgos Cantor escribió para El Mundo de Medellín que Retratos  iba a ser publicado por Ediciones Sociedad de la Imaginación, “recopilados y comentados por el cuentista Milcíades Arévalo, quien ha tenido la generosidad de hacerlos publicar para el bien de la poesía del país”. Heriberto Fiorillo en el Suplemento  del Caribe publicó ocho páginas con los poemas y fotografías que yo le había tomado en mi viaje a Cereté. A finales del 85 volvió a escribirme:

 

    “Estoy expectante por la aparición de Retratos –el cual te pido encarecidamente se llame así, simplemente: Retratos; sin ninguna dedicatoria pues cualquier mención a alguna persona podría traerme hasta complicaciones graves como ver amenazada mi vida. Así, que por favor, para mi bien, asegúrate que el título diga así. Para mi mayor tranquilidad, escríbeme pronto diciéndome si eso está asegurado de que será publicado así. Por favor, evítame cualquier problema.

    Soad me informó que el libro aparecerá a finales de enero, ¿es cierto? De ser así, constituiría una gran felicidad para mí, pues de los ejemplares que me mandes podría derivar algún dinero para malcomer y comprar la droga siquiátrica que me hace tanta falta. Viejo Milcíades, estoy en la absoluta indigencia, así que procura mandarme el mayor número de ejemplares que puedas.

    No sé si te enteraste de los comentarios que hizo Alfonso López Michelsen por la televisión y por la prensa en los que aseguraba que este humilde servidor no sólo era el mejor poeta de Colombia sino uno de los más importantes de la lengua castellana- Esa magnánima actitud de López me ha permitido sobrevivir en Cereté donde los potentados se sienten humillados por mi presencia de poeta y por mi vida excéntrica que no les rinde los homenajes que en su ignorancia y vanidad se creen merecedores.

    Por favor, escríbeme, asegurándome lo del título, pues tengo mucho miedo, y contándome cuándo aparecerá el libro y de cuantos ejemplares consta la publicación, y cuándo me piensas enviar los ejemplares que tengas a bien; ojalá antes de que los envíes a las librerías para poder venderlos con mayor seguridad.

    Salúdame a Juan Carlos Moyano y especialmente a Juan Manuel Roca, quien tuvo la delicadeza de ir a visitarme al hotel en Bogotá y escuchar mi largo poema “Rimbaud en Cereté” que escribí en la Clínica en el papel que tú generosamente me obsequiaste.

    En espera de tu carta tranquilizadora, se despide quien te debe tanto como tú no te imaginas y quien guarda de ti bellos recuerdos de artista grande y amigo sincero.

 

                                   Ciao querido. Tuyo Raúl Gómez Jattin (9).

 

   Cuando Retratos estaba a punto de salir (en papel edad media y en la portada un fauno comiendo mango a la orilla del río Sinú), comenzó a ponerme objeciones. No se lo publiqué,  entre otras razones, porque Raúl quería un libro de lujoso, en papel cebolla,  pasta dura y  lomo en letras de oro y no un simple libro como el que yo le ofrecía; también porque había poemas que les faltaba la gracia necesaria. Ante tantas exigencias de su parte le respondí:

    “Lástima que te hayas vuelto fanfarrón, maquiavélico y vanidoso, sobre  todo con tus amigos, los que ahora te cantan. Los últimos poemas que me enviaste, no me  convencen tanto que digamos. Tal vez sea culpa de tu vanidad o que yo espero demasiado de ti. Soy honesto. Se yerra mucho al hablar, mucho más cuando se escribe. Qué problema. Desgraciadamente como tú dices, soy demasiado pobre para publicar tu obra. Ese es mi problema más grave: ser pobre. Decide pronto lo que debo hacer, y por favor no te mates" (10).

    Al año siguiente   volvimos a encontrarnos en Bogotá, y de qué modo y en qué lugar. Internado en la Concepción, una clínica psiquiatrica que quedaba yendo para Suba,  en la calle 100.  No era una cárcel, pero se le parecía; no era un hospital, pero se le parecía también. A Raúl le gustaba que lo visitara y le llevara hojas de papel, golosinas,  libros, ni siquiera para su uso personal sino para cambalacharlos. A mí me cambió un libro de poemas de Fernando Linero por una antología de Hafiz. Él siempre era así, fresco, despreocupado, no le ponía valor a las cosas, porque las cosas estaban ahí para el disfrute, para el goce. Raúl había aprendido a inventar su libertad a partir de su invisible celda de todos los días, a sostener sus ilusiones en la desesperanza, y en la sospecha de los espectros del tiempo, que eran  la única esperanza que consolaba su atónita existencia.

    --Milcíades, cada vez que  vienes a visitarme,  parece que me dieras alas y yo fuera un ser libre. Yo,  que no soy libre,  siento una envidia profunda  de tu libertad. Tienes la suavidad del amigo que siempre piensa en uno, que sueña lo mejor para uno, ¿por qué Milcíades el bueno, parece una estatua de arena en pleno pleamar y no se derrumba? ¿Será porque es de llanto leve o porque es de palabras de certeza, o porque desde niño oyó cantar a las sirenas? –dijo una tarde al verme llegar a la clínica.

    --¿Qué cosas dices, Raúl? Fuera de estas murallas, están los locos, los asesinos, los hambrientos, el dolor, la soledad y la muerte. No deberías envidiar mi libertad sino mi destreza para lidiar con la vida en la manigua del mundo.

    --Como hombre que ha enloquecido varias veces, es decir, que se me ha corrido la realidad poética hacia la realidad cotidiana, el yo y el mismo ser se han fundido en un solo ser, individual: el otro, la vanguardia, el mismo, el clásico. Borges me ha enseñado que un poeta tiene que ser claro para sus contemporáneos. También me ha enseñado que cada obra tiene su propia estética. El Tríptico es en el fondo una novela escrita en poesía. El primer protagonista soy yo y lo que he visto en mis contemporáneos.

    Cuando dieron las cinco de la tarde,  Raúl me abrazó como si no nos fuéramos a ver nunca más y se puso a cantar un salmo de despedida, un canto de libertad, sin dolor, un paso a otra vida feliz. Cuando la voz de Raúl se dejó oír por todos los rincones de la clínica, todos, el celador, los médicos, los internos, las monjas, dejaron de hacer sus deberes y se quedaron como estatuas de sal:

 

Quién sabe si el alma tendrá un entresuelo

para las cavernas de Raúl,  el loco del cielo.

Con Julio la muerte, con Lola la coja,

la muerte me llama a  su lecho.

Amigos serenos, vengan a verme,

aquí a la Martina de mi desconcierto.

 

    Después de un  largo reposo en la clínica, vino a vivir cerca de mi casa y tuve la oportunidad de acompañarlo al primer recital que hizo  en el apartamento  de una amiga suya. Sentó a la belleza en sus rodillas, pero no  la encontró amarga ni la injurió; más bien se la gozó, porque esa noche, a pesar de las incomodidades del lugar asistió mucha gente: Antonio Caro, Armando Carrillo,  Nirko, Catalina, Juan Monsalve,  en fin… Raúl estuvo feliz, corrió mucho vino y cigarrillos de variada especie, Beatriz Castaño cantó varias veces y muchos de los asistentes se hicieron a un autógrafo, una foto o algún poema de los que repartía a manos llenas.

    Al poco tiempo cambió de residencia y se fue a vivir a un hotel cerca del parque Santander,  en la 16 con 5ª, frente al Museo del Oro. Vivía en una habitación incómoda y maloliente. A menudo yo iba a visitarlo, a invitarlo a comer o sencillamente a hablar de Lorca y de Cavafis, del teatro contemporáneo y del circo de Oklahoma. Nuestras  conversaciones podían durar una eternidad; el tiempo no contaba... En sus momentos de lucidez se desdoblaba y era feliz, pero con drogas era otra cosa. Se volvía caótico, complicado, presumido y pendenciero. Incluso llegaba a odiar a los que lo querían de verdad, gente bella y cercana a sus afectos. Conmigo nunca se portó así, tal vez porque los contrastes entre los dos eran muy marcados, en nada nos parecíamos: yo, imperceptible, nada gracioso, casi invisible, inédito; Raúl, un gigante, alto como de dos metros,  odioso y tierno a la vez,  con voz de trueno, carcajada estridente y poses teatrales.

    Una vez nos cogió un aguacero tan espantoso que nos tocó arrimarnos a un alero. Estábamos ahí,  hablando de la cantidad de libros que se publicaban en Medellín, contrario a lo que ocurría en Bogotá y en otras regiones del país, cuando vi venir a Juan Luís Mejía, el asesor de una colección literaria muy bonita llamada Simón y Lola Guberek. Le presenté a Raúl y fue gracias a él  y a Darío Jaramillo Agudelo, que se publicó en 1988  Tríptico cereteano, que contiene Retratos, Amanecer en el valle del Sinú y Del amor. Me imagino que cuando Raúl vio publicado su libro en rústica,  parecido al que yo le había prometido publicar, no debió sentirse muy contento. El libro quedó bien editado, creó expectativas y en poco tiempo se agotó la edición. Siempre me había dicho que su libro era único, pero para mi gusto era una mezcla del Tuerto López  –a quien leyó desde su infancia-, Porfirio Barba Jacob, Jaime Jaramillo Escobar, Borges, Rimbaud, los poetas andaluces y los clásicos.

    La publicación  de su libro le permitió, entre otras cosas, reafirmarse como poeta, participar en festivales y encuentros de poesía, viajar  a diferentes ciudades a dar recitales,  publicar en la prensa, codearse con López Michelsen y Álvaro Mutis y aparecer en la televisión. No había ciudad o pueblo (bueno, no tantos) donde no lo invitaran. Críticos, editores, poetas, y ensayistas que antes no daban un centavo por él, queriendo resarcirse de tantas ingratitudes, de tanta mezquindad, entre buenos y malos elogios, entre buenas y malas dedicatorias, audiciones y visiones hicieron de él un mito. “--Yo me propuse con mi poesía hacerme querer. Ando como un muchacho por la vida, buscando amigos con quien ponerme de acuerdo para hacerle una maldad a la maldad” –diría después en una entrevista. A mediados de l989 y financiado por Editora Bolívar y la pintora Bibiana Vélez, publicó Hijos del Tiempo. Como era la “estrella” del momento, asumía su papel con vanidad y orgullo: Se ganó una beca del Ministerio y cantidad de enemigos, comenzó a dictar talleres de poesía en la Casa Silva y vino a vivir en el Hotel Dorantes, en la calle 13 con 5ª.

    Como hacía tiempos que no nos veíamos,  una mañana me llamó para regalarme el libro que le habían publicado en Cartagena. Lo leí emocionado, de un jalón y sentí mucha alegría al leerlo. Era otra tonalidad, otro estilo en su poesía, mucho más elaborada, había más fascinación por el hecho poético. Su interés se había volcado en la mitología, sobre todo en la griega. Ya no eran las cosas triviales y prosaicas  que sucedían en su pueblo o entre su gente, sino que se sumergía en la tragedia y buceaba hondo, el mismo lo dijo en una entrevista posterior: “A lo seis años mi padre me  dijo: Tú vas a ser escritor, pero solo pasados los 35, cuando escribí mis primeros poemas, me di cuenta que era escritor.  Mi poesía corresponde en líneas generales, a una poesía clásica. Personalmente, creo que he inventado una escuela poética que se llama Sentidismo, cuya cláusula más importante es el sentido, lo que se quiere decir. El que quiera ser poeta tiene que estar dispuesto a sacrificar su vida. La poesía le exigirá todo a cambio de un grano de placer. Hijos del tiempo es un libro dedicado  a la muerte” (l1).

    Durante varios días lo busqué para decirle lo mucho que me había gustado su libro. Una tarde a la salida de la Casa  Silva me lo encontré frente a frente. Si yo hubiera sabido que en ese momento estaba alterado, no me le acerco.  De un golpe me levantó del suelo  y ¡tras!, contra el andén. “– ¿Tú, Raúl? ¿Cómo pudiste hacerme  esto?” -le pregunté. Raúl se  quedó  lelo, ido, como tratando de buscarme en lo profundo de su memoria y se fue  dejándome a solas con mi dolor y tres costillas rotas. “Es que los poetas somos  muy malas personas. Yo sé muy bien que no soy un caballero como Borges” –dijo después en una entrevista (12). 

    Por esos días Raúl padecía una de sus peores crisis emocionales y yo no lo sabía. Había empezado a deteriorarse física y psicológicamente debido al uso indiscriminado de drogas y estupefacientes. A cada paso desvirtuaba que estuviera loco: “Soy un hombre tan lúcido que hasta loco soy. Ser loco es vivir en un deslizamiento de la realidad que habito en mis poemas”, pero ya nadie le creía ni tampoco yo le creía a nadie. Cuando me contaron lo del incendio en el Hotel Dorantes, tampoco les creí. Seguramente Raúl estaba quemando algunos poemas sin importancia o fumando marihuana y el humo que salía de su habitación fue suficiente para que llamaran a los bomberos a apagar un incendio fenomenal que no había. En todo caso fue un escándalo tenaz y Raúl, héroe derrotado por un ejército de fantasmas, se fue a vivir por los lados de la Universidad Javeriana. Todas las mañanas bajaba a deambular por la 7ª, descalzo, sangrando, hambriento. Yo nunca pensé ver así a Raúl, al ser grande que vivió y padeció la poesía en toda su extensión, pero esa era la triste realidad en el país de los poetas, una realidad que daba lástima, la de un ser destrozado y vuelto añicos, sin dientes, casi calvo. Estaba pagando el costo de su vocación. Ya lo había dicho: "Desde muy niño, mi vida se la aposté al arte, específicamente a la literatura.  La poesía me ha deparado (no precisamente costado) locura, pobreza y soledad. Y trabajo, muchísimo trabajo. Pero también me ha traído a mi vida ocio, gran alegría y amistad. No soy, pues, un hombre amargado, sino simplemente un estoico. Me limito a decirle a otros de mi dolor de estar vivo y del placer de estarlo, mirando el río Sinú, el mar y las murallas de Cartagena, o el rostro de alguien, que de alguna manera, trascendente y oculta, me dice que el mundo está vivo”(13).

    Por fortuna, los poetas y los amigos que lo querían más que yo, lo mandaron para Cartagena,  la ciudad que tanto amaba.  Raúl sabe que no hay otra vuelta de tuerca y acepta encantado. Allá se va a vivir un tiempo, luego va a La Habana donde le han prometido curarlo y regresa de nuevo a Cartagena, como el mejor hijo del tiempo, alucinado por la belleza del mar y la poesía. En l995 aparece El Esplendor de la Mariposa, (Cooperativa Editorial Magisterio)  y  una selección de sus poemas escritos entre l980 y l989 en   Norma. Como se nota, abundaban los editores, los reseñadores y críticos elogiando a Raúl, pero otra era la realidad de su vida, pues  ni siquiera tenía vida ni dónde vivirla en este mundo, modelado para la vanidad y el éxito.

    Mayo con todo su esplendor, no deja de ser un mes trágico para la poesía y los creyentes del verbo. El  día que salió en la prensa  la noticia  que Raúl Gómez se había suicidado, me negué a creer que fuera cierto que se había arrojado a un bus la mañana del jueves 22 de Mayo. Para mí tengo que Raúl estaba buscando un lugar dónde posar sin mucha fatiga el pie y el chofer no lo vio. Después de todo,  sus enemigos no eran una legión de ángeles clandestinos. “Quizá su miedo a la muerte era tan fuerte como su deseo de morir. Quitarse la vida no era una acción que hubiese intentado en serio, fuera de aquellos impulsos truncos y tragicómicos de hartarse con bazuco o de ahogarse en el mar. Nunca asumió su muerte como un acto de responsabilidad personal, como si asumió, por ejemplo, la poesía” (14). En uno de sus primeros poemas, ya había previsto su desenlace fatal y de qué modo:

 

                             Airoso en su galope

                             levantó la mano armada

                             hasta su sien

                             y disparó:

                             suave derrumbe

                             del caballo al suelo

                             Doblado sobre un muslo

                             cayó

                             y sin un solo gemido

                             se fue a galopar

                             a las praderas del cielo

                                                           

                                                                 (El suicida)

 

    Jotamario Arbeláez escribió en su columna de El Tiempo que yo había descubierto a Raúl como poeta. El descubridor fue Juan Manuel Ponce, yo sólo fui el que creyó  en sus versos como en tantos otros poetas que prefiero callar. En todo caso, cuando Raúl muere se agotan  sus libros, aparece en  varias antologías, se reproducen sus poemas, se le hacen homenajes, en Cereté después de no sé cuántos años llueve y la casa de la cultura hoy en día lleva su nombre, pero nadie sabe esencialmente quién fue Raúl Gómez Jattin. ¡Oh, la poesía, tan bella como un monstruo! Para mí que tuve la dicha de conocerlo y de divulgarlo cuando era silvestre, digo que tan sólo fue un hombre visceral, vital y auténtico como ninguno. Ahora me lo imagino  en las praderas del cielo en compañía de los poetas muertos y de  “ese blanco dios de alas doradas que le dio toda la soledad de este mundo pero que no le  dará jamás el olvido”.

    ¿Después de esta corta semblanza sobre Raúl Gómez Jattin, valdría la pena preguntarnos hasta qué punto su poesía  fue un reflejo de su vida?  En ninguna parte de su obra  se siente más la plenitud del vivir como en aquellos poemas que describen su tierra: como paisaje de fondo, sus llanuras, los frutos, los animales, el calor de su tierra. Soy un dios en mi pueblo y mi valle,  dice con modestia en uno  de sus poemas. Era un panteísta exuberante, vital y dionisiaco, que cantó y bailó en las riberas del río Sinú transformando a todos los seres, desde la gallina al hombre, en dioses. En ese color de mango maduro que recorre estos versos alivia la persistente tendencia a la tristeza y a la desolación de un hombre que vacila sin cesar entre un futuro en el que no acaba de creer y un pasado que lo invita siempre a la nostalgia y a la deploración de lo perdido. Su destino es heroico, aunque otros poetas quieran verlo como un simple error, como un extraviado. Porque él no está visitando los extremos, sondeando las aguas oscuras, sino trayendo de ellas, para compartirla con nosotros, su música.

    Uno de los mayores logros de la poesía contemporánea ha sido la de renunciar a la rigidez de un excesivo formalismo, la de conquistar naturalidad y capacidad expresiva sin perder elocuencia y belleza. En esa conquista se inscribe Raúl, cuya muerte vino a clausurar una existencia apasionada y tormentosa.  Su  lenguaje, las palabras, no importa de donde procedan, son explícitas hasta un punto, que para hallar comparaciones, es necesario trasladarse a otras lenguas, a ciertos poemas de Allen Ginsberg, Walt Whitman o de Jean Genet.

    "Nada oculta quien carece de pudor, concepto inexistente en el estado de inocencia primigenia, transgresora,  que cada poeta refleja en sus versos. En la poesía de Raúl Gómez Jattin se trata de una presencia per se, la inocencia misma manifestándose sin mediaciones: un hombre, dotado fundamentalmente del sentido del ritmo del monólogo teatral, que ha atravesado subterráneos de la mente y de la vida que ni siquiera podemos imaginar. Este  hombre --como una fuerza de la naturaleza-- deja salir un borbotón de palabras sobre asuntos prohibidos, una explosión de palabras tan exactas, que poseen la potencia espiritual de la más honda poesía…. ¿Casi Obsceno? Nadie más inocente, más transparente, menos poseído por la malicia que éste poeta, el más explícito, el más desparpajado de la poesía colombiana"(15).

    La sexualidad de Gómez Jattin y la mención del sexo en sus poemas, para algunos fue de gran trascendencia y un obstáculo, pero para quienes lo conocimos sabemos que  no tenía ningún  tabú. No sería muy claro  saberlo todo por medio de sus palabras; es necesario también conocer su  historia, su rebelión contra la  sociedad, la oscuridad y el desamor lo llevaron  a entregarse a las drogas y a la poesía.

    Raúl realiza una navegación por el mar de sus más vigorosos recuerdos, que van desde la infancia hasta los más recientes y en donde va a estar siempre la madre, la suya en particular.  Este  trauma psicológico,  pudo ocasionarle  esos estados de angustia, dolor, tristeza y soledad que se pueden encontrar reflejados en su poesía. Su llanto era  un dolor que le nacía desde el fondo desde los entresijos de su alma, una queja dolorosa.  Así pasaba sus momentos de soledad  en los sanatorios. Solo en la soledad de su vida  podía ser excepcional, fantástico, poderoso y único.   

    Raúl también se caracterizó por ser  un  actor, y él mismo en la vida cotidiana podía semejarse a cualquiera de los personajes de la tragedia griega.  Era tal su conocimiento, que muchos de sus poemas son como libreto teatral,  una resonancia  del espíritu trágico de los autores que le fascinaron y con los que  podía discernir el mundo, su vasto universo humano y su tragedia.

    Sin embargo, éste ser irreducible, no se pliega a las convenciones y  está dispuesto a  hacer también el retrato de los otros. Esa personalidad indomable hizo que se entregara a un destino absolutamente individual, sin preguntarle a nadie cómo había que vivir, qué era lo aceptado, hizo que se sintiera capaz de imponer condiciones a los otros. Su destino es heroico, aunque los demás poetas quieran verlo como un simple error, como un extraviado, “como un nómada sin lugar en el mundo, como ese eterno personaje de Kafka que anhela en vano ocupar un lugar en alguna parte” (16).  

 

Notas:

l) Triana,  Mónica. Raúl Gómez Jattin (Reseña Libros) Revista Pie de 

   Página. No. 4 de   2005. Bogotá, Col.

2) Arévalo, Antonio: Raúl Gómez Jattin, Hijo del tiempo. Entrevista.

    Revista Puesto de Combate No. 57, 1999. Bogotá, Col.

3) Moyano, Juan Carlos. Nueva poesía colombiana. Reseña. El

    Excelsior. México, 1982.

4) Revista Puesto de Combate.

5) Archivo Particular de Milcíades Arévalo.

6) Archivo Particular de Milcíades Arévalo.

7) Archivo Particular de Milcíades Arévalo.

8) Archivo Particular de Milcíades Arévalo.

9) Archivo Particular de Milcíades Arévalo.

10) Archivo Particular de Milcíades Arévalo

11) Arévalo, Antonio: Raúl Gómez Jattin, Hijo del tiempo.  Entrevista.

      Revista Puesto de Combate No. 57. Bogotá, 1999.

12) Dueñas, Jairo. Poeta Prohibido. Entrevista. Cromos, Octubre 11/93

13) Stein, Henry. Diálogo con Raúl. Entrevista. El comején No. 14.

      Bogotá, 1988.

14) Fiorillo, Heriberto. Arde Raúl- La terrible y asombrosa historia del poeta Raúl  

      Gómez Jattin-. Primera Edición, Barranquilla, 2003.

15) El Trasgresor Inocente,  Jaramillo Agudelo, Darío, Revista Casa Silva No. 11,  

      1998, Bogotá, Col.

16) El País de Raúl Gómez Jattin, Ospina, William, Revista Número 25, 200,

      Bogotá, Col.

 

Otros ensayos  críticos consultados:

 

Otra lectura de Raúl Gómez Jattin, Cordero Villamizar, Luz Helena. Revista Puesto de Combate No. 69. Segundo Semestre, 2006. Bogotá, Col.

Vida y obra de Raúl Gómez Jattin. Tapias, Catalina. Revista Tiempo de Papel, No. 10. 2003, Bogotá Col. 

 

Libros Publicados:

 

Poemas, Gómez Jattin, Raúl, 1980, Bogotá.

Tríptico Cereteano (Retratos, Del amor, Amanecer en el Valle del Sinú), Gómez Jattin, Raúl.  Ediciones Simón y Lola Guberek, 1988. Bogotá, Col.

Hijos del Tiempo, (Poemas) Gómez Jattin, Raúl Ediciones El Catalejo, 1989.  Cartagena. Col.

El Esplendor de la Mariposa, (Poemas) Gómez Jattin, Raúl, Cartagena, 1993

Poesía 1980-1989, (Antología),  Gómez Jattin, Raúl, Grupo Editorial Norma,   1995, Bogotá, Col.

Amanecer en el valle del Sinú (Antología). Fondo de Cultura Económica, 2004, Bogotá, Col.

También escribió para la escena  Las nupcias de su Excelencia y El Gran Teatro de Oklahoma, basada en América de Kafka, así como adaptaciones de cuentos de Gabriel García Márquez,  de Álvaro Cepeda Samudio (Los muñecas de Juana no tienen ojos),  de Tancred Dorst, Swif, Beckett y Aristófanes.

 

 

 

 

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Leonardo torres 17/09/2009 23:09

¡Qué gran poeta Gómez Jattin! Una poesía que, como decía el latino Marcial acerca de sus epigramas, tiene el sabor de lo humano. Hermoso artículo y homenaje.