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* CHEMIN SCABREUX

 "Le chemin est un peu scabreux

    quoiqu'il paraisse assez beau" 

                                        Voltaire 

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Publié par VERICUETOS

El viaje final de Fernando Aínsa por Eduardo García Aguilar

 

Esta semana terminó sus días a los 82 años en la ciudad española de Zaragoza el ensayista y poeta hispano-uruguayo y gran cosmopolita Fernando Aínsa (1937-2019), quien durante mucho tiempo fue encargado de publicaciones de la UNESCO en París y desde hacía dos décadas se había instalado tras su jubilación en España para dedicarse de lleno a la literatura y a los placeres de la lectura y la conversación. Aínsa nació en Palma de Mallorca, pero su familia se trasladó cuando él tenía 14 años a Uruguay en aquellos agitados tiempos de la vida española que causó la diáspora de millones de personas dispersas en todos los países del mundo.

De Uruguay partió en 1974 de nuevo a Europa, donde fue el director literario de las ediciones de la UNESCO hasta 1999 y en ese periodo tejió invaluables redes entre los escritores españoles e hispanoamericanos, cuando la literatura de esos países estaba de moda en el continente y las principales figuras de la pléyade del siglo XX estaban aún vivas y deambulaban por las calles de la capital francesa, Londres, Madrid o Barcelona o llenaban los auditorios de los centros culturales o las universidades del mundo. Estaban vivos Juan Carlos Onetti, José Lezama Lima, Arturo Uslar Pietri, Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Juan Rulfo, Juan José Arreola, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Augusto Roa Bastos, Severo Sarduy y tantos otros y la literatura hispanoamericana vivía uno de esos momentos excepcionales que solo experimentan de vez en cuando las palabras de una lengua.   

En ese cuarto de siglo de residencia de Aínsa en París estuvo al tanto de la producción literaria de sus contemporáneos y con una generosidad a toda prueba dedicó miles de páginas a analizar sus obras y establecer las cartografías del pasado y el presente de nuestras letras. Hace apenas un lustro publicó el libro Palabras nómadas. Nueva cartografía de la pertenencia, donde investiga la narrativa latinoamericana desde 1980 hasta 2012, o sea lo ocurrido después del llamado boom. Con su curiosidad inagotable nos pedía urgentemente a los autores contemporáneos nacidos después de los años 50 nuestros libros para diseccionarlos y establecer vasos comunicantes entre ellos. Me acuerdo que le envié desde Bogotá algunos de mis libros que me pidió con urgencia, después de que encontrara por fortuna ejemplares de ediciones agotadas en la maravillosa librería Merlín de la capital colombiana. 

Sobre ese libro escribí en una reseña de 2012 que "a partir de la lectura de cientos de novelas y libros de relatos de autores latinoamericanos en activo, en especial de las nuevas generaciones nacidas a partir de los años 50, o sea desde la generación de Robero Bolaño en adelante, Aínsa nos muestra que el panorama general cambió y los paradigmas y cánones dominantes fueron superados, tales como las literaturas nacionales o continentales que representaron durante décadas la orgullosa identidad de países o regiones, afirmados ante el mundo por medio de revoluciones y contrarrevoluciones, entre himnos nacionales y retóricas que al unísono fracasaron, dejando un reguero de sangre y millones de tumbas inútiles".

3Agregaba que "con el fin de esas literaturas patrióticas o continentalistas, que nutrían los orgullos identitarios en tiempos de guerras frías o calientes, se difuminaron también los patriarcas de la tribu, los maestros de la juventud y los escritores padres de la patria o héroes nacionales, en quienes todos se identificaban y a quienes se rendía pleitesía y se les construía estatuas como a santos. El modelo era el escritor romántico y guerrero, como Martí o Byron, mucho mejor si moría en la trinchera como un mártir".

Aínsa pertenecía a la estirpe de los grandes ensayistas iberoamericanos como Baldomero Sanin Cano, Pedro Henríquez Urena, Alfonso Reyes, Octavio Paz, María Zambrano, Ángel Rama, Emir Rodríguez Monegal y tantos otros que como los viejos sabios de las grandes religiones milenarias y los monjes de los conventos del medioevo logran conservar, cuidar, ordenar las palabras de la tribu para que no se pierdan nunca. En estos tiempos de tanta frivolidad mercantil literaria y tanta velocidad y deseo de figuración y farándula, personas como Fernando Aínsa ejercieron de guardianes del faro, desafiantes ante la indiferencia de los contemporáneos. Y eso hasta el final de sus días.

Aínsa además de ensayista, narrador y poeta, era un gran amigo y tuve la fortuna de compartir con él muchas veces a su paso por París y gozar de su conversación. Dos veces en un restaurante libanés que le encantaba, otra vez libando cognac en el apartamento que tenía bajo los altos techos de buhardilla en el centro de París y otras veces en casa de su amigo el escritor Efer Arocha, cómplice y compañero de batallas editoriales y vitales durante ese cuarto de siglo parisino vivido por Aínsa. 

La alegría de estar con él, de reír, de bromear, era tanto más notable cuanto sus amigos sabíamos de sus dolencias y enfermedades, operaciones y tratamientos, de los cuales no se le oía ninguna queja. La última vez que lo vi caminamos largo trecho a medianoche en busca de un taxi por una avenida solitaria del sur de la ciudad y yo pensaba en su ejemplo. Hasta el final vivió contra viento y marea desafiando los efectos del tiempo y los dolores como si estuviera comenzando a vivir y tuviera la gracia y la alegría de un muchacho de 25 abriles que tiene la vida por delante.  

Entre sus libros destacados están Las trampas de Onetti (1970), Los buscadores de utopía (1977), De la edad de oro a El Dorado: génesis del discurso utópico iberoamericano (1992) y otros sobre narrativa uruguaya, hispana y latinoamericana en general. En las últimas décadas ejerció la poesía y uno de los libros recientes más conmovedores es El poder del buitre sobre sus lentas alas, publicado en 2012 en una bella edición por la editorial hispana Olifante, donde el poeta ya sabe cercana la muerte y canta a ese buitre que lo acecha con su vuelo.

Este último libro que me envió con otros publicados en Zaragoza me sorprendió y me sacudió porque no le daba temor abordar en esos versos el tema terrible, innombrable, de la parca que él sabía cercana y amiga como tampoco contar la vida apacible en ese pago final de su vida en el campo de sus ancestros, donde transcurría feliz entre sus libros, bajo el cuidado y el amor de su esposa e hija. En esa tierra zaragozana él celebraba la lluvia, las flores y las frutas de temporada, las tardes soleadas. Aínsa, escritor y sabio hasta el final, respirando hondo los aires de una vida larga y realizada. Hasta luego Fernando Aínsa, maestro, amigo generoso, conversador amante del vino y del elixir de las palabras.

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