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* CHEMIN SCABREUX

 "Le chemin est un peu scabreux

    quoiqu'il paraisse assez beau" 

                                        Voltaire 

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Publié par VERICUETOS

Cuentos cortos de José Martínez Sánchez

*Oficio de vagabundo*

 

   El farmaceuta miró por encima del hombro del vagabundo al muchacho que pedaleaba su bicicleta en la rotonda de la estatua del parque.  El recién llegado sacó un billete del bolsillo del pantalón y lo alisó con la palma sobre el raso de la vitrina. Entre el viento rápido de la memoria y la casilla vacante a un lado de la hilera de medicamentos,  vislumbró al yo-distante frente al escritorio del sacerdote doblado en firmas a registros de bautismo del día prematuro.

  Cascahusos lo visitó el sábado en la tarde. Era lunes y una simple señal bastaría para dar cumplimiento a la delegación concertada. El sacerdote le concedió el turno luego de agotar el vaso de jugo de toronja preparado por la asistente a las nueve menos cinco.

  —¿Trajo el encargo?

  —En tapa dura —dijo Cascahuesos—. Como le decía, el autor dedica casi un capítulo a la historia de la parroquia.

   —¿Dice usted que el reverendo menciona mi nombre?

   —Y el del que cedió el terreno para la construcción de la iglesia.

   —¡Vaya!

    El sacerdote recibió el libro, leyó el título, el nombre del autor y el sello de la editorial en el extremo inferior de la página. Llevó la mano derecha al saquillo de la sotana, separó un billete de diez mil pesos y se lo entregó a Cascahuesos.

  —Valía veinte mil —dijo el vagabundo.

  —Los curas pagan menos del valor de las cosas —dijo el farmaceuta.

  —Es un riesgo —el vagabundo retiró tres monedas individuales de encima de la vitrina. De agua en agua aromatizada, el prosista de la monografía llevaba media hora simulando entender las indicaciones del revisor de textos. Vade Retro revolvió el montón de hojas a la luz de la tarde, bajo la palmera, junto a la pileta de los mártires. Briznas al azar le mojaban el rostro, afirmó la espalda en el reverso de la raíz y calibró la calidad de la escritura. Mala sintaxis. Adjetivos bombásticos hacían de los prohombres del municipio figuras irreales.

  —Le indiqué un par de normas de la academia —dijo el vagabundo.

  —¿Por qué tanto adjetivo? —preguntó el farmaceuta.

  —Por dinero —dijo el vagabundo—. La aspiración de poetas y troyanos.

  Otro era el caso del yo-distante en Sacramento. Algunos lo llamaban Chachafruto por el sonido de la palabra. En Sacramento habían programado una lectura de poemas en salas concertadas. De Chachafruto conocían su indumentaria, el desenfado de ir con un sombrero rojo, unas gafas de marco sintético y un capote ajado por el abuso. La modalidad del poeta desaliñado se había difundido por la comarca como el gusano de seda. Una estrecha relación entre la enfermedad y la estética, entre la imagen de Cristo crucificado y la metáfora atrapada en la calle de los lamentos.

  —Así andaba el vate Barba Jacob por tierras de Centroamérica —dijo el farmaceuta.

  —Y el poeta de Flores Negras en garitos bogotanos —dijo el vagabundo.

  Chachafruto terminó la lectura a las primeras nueve horas del cronógrafo. Lucho Fonegra, funcionario de la alcaldía, lo invitó a visitar a un amigo cerca al aeropuerto. Vivía en lo alto de una colina, donde construyó un castillo de bambú y cedro complaciente. Continuador de la piara de Epicuro, el buey salvaje tuvo la buena fortuna de fabricar la estantería y mantener la biblioteca alejada de los hocicos del vecindario, numéricos en conexión con los tratados de filosofía. Chachafruto habría querido ensayar ese estilo de vida. Se agachó a curiosear los viejos tomos empastados y encajó un ejemplar de su único libro entre Las Mil y Una Noches y el Diccionario Infernal. A Fonegra le pareció que al confiable le faltaba una poca de vino blanco traído de Chile. De regreso a Sacramento, recostado al asiento postrimero del auto, el buey salvaje alegó una pérdida inexcusable de sentido. Proyectaba aplicar algunos principios sibaritas a la nueva situación, y en casa no tenía siquiera una gota de vino.

  —Diga si no hay gente rara en Sacramento —dijo el farmaceuta.

  —A partir de la fecha Fonegra le envía cada mes una caja de cortesía —dijo el vagabundo.

  —Le premian el descuido —agregó el farmaceuta —, así es en este país de puercos.

  Arrimó un vaso de agua al borde del escaque de vidrio. Variar de nombres o de motes, pensaba el yo-distante con los ojos en la casilla vacía, ¿destino o presunción? El copista se las vería de sol a sol para terminar el inventario: El Tuerto, Vade Retro, George Sand, Cahchafruto…

  —Ese muchacho va a sufrir un grave accidente —dijo el farmaceuta.

  El vagabundo giró la cabeza hacia la calzada del parque, no muy ancha. El ciclista cruzaba a todo dar por entre dos vallados de amaranto. Un bebé repentino provocaría el desastre del siglo en ese pueblo minúsculo.

  —Parece un poeta de los pedales —dijo el vagabundo.

  Rasgó el estuche de la pasta lechosa, volcó los fragmentos en el vaso y aguardó la última vuelta de las ruedas a través del amaranto. No renunciaba a la casilla disponible. Extrajo su único libro del capote arrugado y se lo entregó al farmaceuta.

  —Vale veinte mil pesos —indicó el lugar ocioso en la pared—. Un lector atento puede llegar a duplicar el precio.

  El chico suspendió los círculos del jardín. Fue, plantó la bicicleta junto a la acera y entró a tomar una botella de refresco químico del refrigerador.

  —Dígame una cosa —dijo el farmaceuta sin reparar en la maniobra del ciclista—, ¿no cree que es hora de hacerse a un buen seudónimo para su obra?

  —Es una táctica de supervivencia —dijo el vagabundo.

  Desapareció bajo los lampos solares con la panza empapuzada de burbujas.

 

La bella traición de Tartarín Manglares

 

  El novelista marroquí necesitó treinta y cinco años de vivacidad neuronal para comprender la curiosa traición del simpático Tartarín Manglares. Defenestrado del palacio de justicia a través del firmamento infestado de objetos voladores, el magistrado argentino fue a caer de pelotas undívagas a los brazos de Todolinda, contadora privada con quien compartía secretos judiciales en su finca de veraneo de La Calera, nirvana intermedio entre la Mezquita de Palermo y el puente peatonal de Puerto Madero. Se aproximaba el fin del reinado de la dictadura militar argentina. Los cuentos de Borges atizaban una extraña fascinación por el género en los corrillos profanos y Tartarín perseguía la perfección estética en las páginas amarillentas de los expedientes de juzgado.

  El novelista marroquí sabía que el honorable magistrado se debatía entre los fríos códigos de la ley y los pétalos de margaritas devueltos a la cara del poeta intrascendente. Si bien arrimaba cada tarde al puente peatonal para ver pasar las olas del estuario hacía el Río de la Plata, siempre destinaba una o dos noches de la semana a las tertulias con sus amigos en Abasto. Allí bebían mate amargo y consumían botellas de licor al calor de la filosofía del arte. En uno de esos parloteos surgió la idea de editar la revista El Hojarasquín, dirigida por el simpático Tartarín Manglares, un cuentista pasivo y un rulfiano con una pata en la narrativa y otra en el comité de vigilancia de la dictadura. Más allá del esfuerzo económico que suponía el trabajo de impresión, al novelista le inquietaba la actitud descreída del magistrado, tripulante de una de las sillas del circuito penal de la provincia. En su cabrilleo con el cuento —casi siempre atinente a su oficio burocrático— había adoptado una técnica minimalista de diálogo como norma única e indubitable en la summa teológica de la escritura literaria. Las variantes del lenguaje no cabían en su cachola pervertida por los estatutos. Elusivo, irónico, prefería las veladas circenses a la cercanía de los poetas imberbes. Empezó a enviar libelos a la dirección postal de la revista: “Caquita, mierda pura de dinosaurio, están más atrás que la cola del mico”, reía el cariñoso Tartarín Manglares en la ventanilla de correos. En compañía del integrante del comité de vigilancia, un trece de mayo renunció a la empresa editorial, abrió su divertido hocico de roedor y se perdió en los intersticios de las sentencias judiciales y los comprimidos difusos. La revista, entre millones de publicaciones literarias dirigidas por hijos de puta, cerró definitivamente sus páginas a la curiosidad de los porteños.

  El novelista marroquí no lograba borrar el sabor acre de la experiencia iniciática. Sentado en una esquina del puente peatonal, la frente alzada sobre las olas de un tiempo fuera de borda, veía el premioso avance del estuario hacia un sur denso de tramas y diegesis, de cantos y borrascas sociales. A la caída de la junta militar, el peso moral de la fortuna fiduciaria había agudizado las ínfulas del modosito Tartarín Manglares. La mano en su bolsillo derecho empuñaba el billete que invertiría en un nuevo proyecto editorial, consagrado a la correspondencia de un poeta muerto que le reportaría noventa mil dólares de ganancia. Aun después de jubilado, si no andaba por Italia o los Países Bajos, luego de revisar los negocios de casación en la oficina del palacio de justicia, iba en busca del marroquí, le obsequiaba un pocillo de mate y lo sometía a una larga pena de escepticismo poético y paralogismo sintáctico. El antiguo libelista le aplicaba el  juicio de valor con que definía el grado de culpabilidad de los implicados en procesos jurídicos. Moderado, el atento perseguidor de olas no le enrostraba los continuos viajes a los sótanos de la rama judicial, a la pesca de las monedas que el doctor Midas dejaba caer en su boquita pincelada de codicia.    

  Treinta y cinco años después de zanjada la revista, mientras capturaba tramas al vaivén más o menos constante del oleaje, el marroquí vio venir en un periódico de BsAs la hoja  de barbera lanzada por el magistrado. En líneas introductorias prevenía a la opinión letrada sobre la nacionalidad del escritor, que de marroquí tenía el denuesto nefrítico en cada golpe de martillo asestado al muro estratificado. Argentino como cualquier prehistórico, el supuesto novelista no sabía otra cosa que tragar saliva y mirar la línea del horizonte sobre el mar gardeliano. El uso reincidente del ego desató una risa compasiva en el destinatario. Breviarios de vieja data extremaban la egolatría a otros miembros de la familia, apartes del mamagallismo escatológico consentido por la afluencia bancaria. Desde la ventana del faro de la memoria, el marroquí veía las velas del viejo barco de Narciso agitadas por el viento de corola, rasgadas por la punta afilada de un hombre que prometía, sobre la estrecha proa de los siglos, volarse la tapa de los sesos con un banano maduro exportado por la united fruit company a finales de septiembre.

  A juicio del perseguidor de olas, las palabras del magistrado Manglares venían fertilizadas de indulgencia. Había pasado cuarenta años de su vida con la saliva para adentro, encima y debajo del horizonte, opuesto a la manía de escupir sobre los rostros envilecidos por la impotencia y la bota de hierro de eminencias guasonas, imantadas por tres mil millones de harina metálica escapados del bolsillo del doctor Midas en los ventanucos judiciales. Esa saliva podía llenar la piscina de la finca en La Calera y bañar los corpúsculos amorosos de Todolinda y el reverendo los sábados en la tarde.  Despenalizado el último segundo de prolija observación, el novelista marroquí ordenaba los componentes de la traición literaria con paciencia de artillero: fuera de toda duda razonable, el simpático  Tartarín Manglares arribaba a los setenta años de ineficiencia folletinesca. Indistinto a los mortales del Nuevo Mundo, el lugar donde ocultaba el orificio reniforme acusaba un desgaste evidente de su propuesta narrativa. Arriba de las piernas, atrás de la cintura, los hemisferios izquierdo y derecho producían un discurso ajustado al sonido de la banda de guerra del general Videla en la calle Corrientes. 

 

 

Minifaldita Roja

   

  Un ruido superior a la bullaranga de los impíos recorría la periferia, los callejones encapotados y las principales calles del barrio. Ventanas y camas traqueteaban en hoteles y residencias familiares relegadas por padres industriosos, y hasta los árboles del parque suspiraban de placer ante la caricia  de un amante invisible. Las alarmas sorprendieron al párroco de la iglesia y al teniente de la policía. Si aquello fuera algo tan efímero como la brisa de agosto, no habría de qué preocuparse. El runrún había comenzado ocho meses atrás y había continuado, pese a las advertencias del prelado en las homilías dominicales.  Niñas en flor de adolescencia empezaban a mostrar las secuelas de un personaje que se creía de ficción, pero que actuaba con análoga astucia a la de Charles Perrault en su escritorio parisino.

  Cierta vez las autoridades espirituales y castrenses convocaron a las implicadas al salón comunal. Trescientos cincuenta vientres a segundos de estallar confirmaban el desastre. El lobo feroz había llegado, para desgracia del párroco, el teniente y los adultos mayores. Merecedores de una prueba de amor en sacristías, comandos y moteles cercanos, ahora se veían forzados a desempeñar el espinoso papel de orientadores sexuales. Distinguido con el nombre del animal que le había dado fama internacional al cuentista, el culpable de los embarazos presentaba dos caras de una misma moneda: Lobo Feroz nos ha golpeado, miren cómo tenemos el rostro, se quejaban unas, señalando los labios leporinos y los ojos hinchados. Lobo es un ser ecológico, entregado en todo y por todo a la conservación de la especie, afirmaban otras,  acariciando la parte alta del estómago, donde el feto hacía milagros para aguantar el líquido gelatinoso que lo envolvía.

  Entre las pocas criaturas que se habían salvado de caer en las garras de Lobo, se hallaba una niña conocida por los habitantes como Minifaldita Roja. Las miradas paternales le ponían trece años de edad, pero otras, como la del párroco y la del teniente, calculaban un poco más de dieciséis, vitalidad requerida por reyes y tribunos de la Roma imperial. Contraria a la costumbre de las trescientas cincuenta mozuelas devoradas por Lobo, Minifaldita Roja no salía del corredor de la casa donde permanecía, echada en una hamaca veteada, soñando con un príncipe azul y la pronta recuperación del abuelo, un anciano que padecía jaquecas temporales a causa de los altos costos en las tarifas de energía. El nombre procedía de un horror  tajante hacia el pantalón largo y la bata ancha, prendas que le impedían mostrar sus encantos a los transeúntes, variedad integrada por adultos mayores, colegiales y niños con quienes perseguía gatos y ratones en el solar de la casa. La vieja creencia de que los niños se tornan pecaminosos cuando descubren un vello púbico femenino debajo del calzón de seda, en los encuentros de Minifaldita Roja con sus amigos llegaba al extremo vicioso de la falsedad.

  Esto no era rémora para que en todo el barrio se adelantara una campaña de prevención dirigida a adolescentes y preadolescentes, consideradas la población más vulnerable a los ataques de la bestia, bien fuera en horas avanzadas o en los amaneceres, a la entrada y salida del colegio. Temeroso de caer en una redada, Lobo Feroz decidió cambiar de estrategia. Sus ojos profundos husmeaban en la soledad de los parques, en ventanas abiertas y en extramuros, cautivado por el olor distintivo de la hembra al momento de dejar al garete las partes íntimas de su cuerpo. Un rumor de glúteos en acción volvió a sacudir a la comunidad, notificada por el párroco de la iglesia y el teniente de la policía. El blanco eran mujeres de reconocido voltaje sexual, abuelas y abuelos en condición de discapacidad. De este modo las autoridades comprobaron, exacerbadas, la bisexualidad de un personaje que se creía de ficción, esta vez agazapado en la impunidad de las calles.

  El nombre de Minifaldita Roja llegó a oídos de Lobo más temprano que tarde. Con la cabeza a punto de reventar, puesto que era de noche y ningún acorazado podía soportar el inclemente dolor, el abuelo rogó a Minifaldita Roja correr a la droguería a comprarle un par de analgésicos y una pastilla para el desvelo. Le recomendó, por seguridad personal, ponerse la ruana gruesa que le había obsequiado el día de su cumpleaños. Desentendida, Minifaldita Roja se alzó de hombros y salió al aire libre. Un frío cortante llegaba del norte, cruzando las barreras invisibles levantadas por los traficantes de cocaína con fines territoriales. Atrincherado en la costosa penumbra —la misma que arrancaba injurias al abuelo en la ventanilla de pago—, Lobo Feroz había esperado efusivo el encuentro con la niña de piernas sublimes. De convalidar su razonamiento, el destino de ambos estaba trazado desde el instante en que a Charles Perrault se le ocurrió escribir el cuento de Caperucita Roja.

  Tal vez porque la situación encajaba con las inclinaciones propias de su longevidad, Minifaldita Roja no sintió pánico en presencia de Lobo. Al verlo, sus ojos resplandecieron de alegría:

      —Lobito, ¡qué ojos tan grandes tienes!

      —Son para verte mejor —respondió el Lobo, y se relamió el cerdamen.

      —Lobito, ¡qué dientes tan lindos tienes!

      —Para comerte mejor.

  La niña nunca supo cómo fue a caer de espaldas a la hierba. El caso es que le encantó el sabor de la fruta prohibida, y en adelante se las arregló para que al abuelo no le faltara el dolor de cabeza. Siempre lo conseguía mostrándole los recibos del servicio de energía cancelados el último año. Llegó la fecha en que el novio de Minifaldita Roja no logró contener sus verdaderos instintos. Bajo la oscuridad del parque, luego de un romance fingido, el monstruo empezó a golpearla. Le mordía el cuello, las orejas, las caderas codiciadas por adultos mayores. Un grupo de las fuerzas especiales comandado por el teniente ponía fin a ese largo ciclo de acosos, torturas y violaciones. Capturaron a la bestia, la condujeron esposada a la cárcel local y dieron parte a los medios informativos. El párroco hizo una última visita a las instalaciones en busca de arrepentimiento. Lobo Feroz lo miraba de una forma tal que el clérigo, rojo de miedo y lascivia, abandonó la celda invocando los poderes divinos. A la mañana siguiente, con lágrimas de niña en estado de gravidez, Minifaldita Roja preparó un desayuno exquisito. El abuelo y las autoridades espirituales y castrenses comieron perdices y aseguraban que, por omisión del caballero Charles Perrault, ninguno de ellos pasaría el resto de los días entre las frías paredes de una celda con lobos.

José Martínez Sánchez

Nació en Aguadas, departamento de Caldas, Colombia, en 1955.  Poeta, narrador y ensayista. Premiado y seleccionado en varios concursos nacionales de cuento. Premio nacional de cuento Fundación Testimonio (1984), premio nacional de Literatura Infantil (1990), mención de honor en el certamen internacional de cuento del Círculo de Escritores y Poetas Iberoamericanos de Nueva York (1998). Ha sido colaborador en diferentes revistas y suplementos literarios del país y del exterior. Autor de los libros Alguien ahí en la oscuridad y otras trece narraciones (Editorial Universidad de Antioquia, 2003), Palabras del apóstata (Poesía, 2006), Parvulario de náufrago (Poesía, Editorial Caza de Libros, Ibagué, 2010). Informe de cordillera (Cuentos 1983-2008, Ediciones Cátedra Pedagógica, Bogotá, 2014). Un adiós para Silvana (Novela, Collage Editores, Bogotá, 2014). Incluido en las antologías mexicanas Abrevadero de dinosaurios y Alas de lluvia, preparadas por Eduardo Villegas Guevara. En el 2009, Buenos Aires, Argentina, aparece su libro Opiniones de un fumador de cebolla y otros anarcorrelatos.  

 

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