Overblog Suivre ce blog
Editer l'article Administration Créer mon blog

* CHEMIN SCABREUX

 "Le chemin est un peu scabreux

    quoiqu'il paraisse assez beau" 

                                        Voltaire 

VISITEURS

compteur

Publié par VERICUETOS

Italia del Norte de Miguel Rodriguez

Una noche tuve ganas de ir a Italia, a Italia del Norte, totalmente alucinado, en busca de mi mujer italiana que se había emparejado con otro, ítalo por supuesto, eso mismo le dije a Juan, primo, primo Juan, vayamos a Italia, mi hembrita se ha metido con un italiano, vayamos a buscar a Alessandra, ¡Italia nos espera después de esta sublime borrachera! ¡Italia del Norte nos llama!

      Era el amanecer violeta y mandarina en la rue Boulegon, donde nos habíamos reunido con los hermanos de Juan para seguir bebiendo; al poco tiempo se puso a brillar, rombo poliédrico, el ojo del sol. Cada frase que pensaba o pronunciaba la sentía como cargada de una extraña y agradable sonoridad. Me sentí como el santo en la terraza. Y nos fuimos a Italia, así nomás.

      Me penetró el poder. Me identifiqué con los mafiosos sicilianos. Presa de mi delirio, me transformé en « el Colombiano »; al mismo tiempo, experimentaba agudos accesos de misticismo, pero no necesariamente en la esfera cristiana, o mejor dicho sí, pero mezclada con un elemento de mayor importancia, digamos simplemente en la esfera del Ser. « Sicilia del Señor », pensé, « santa madre de los etruscos sicarios ». Nuestro vehículo avanzaba, tragaba y tragaba el asfalto, y yo, bueno, mi yo de aquel país de brumas, de aquel piélago de sombra, deliraba en el circuito de las autopistas del sol, rumbo a Niza. Al mismo tiempo, de manera falsamente lúcida, conversaba con Juan; en verdad, deliraba, desvariaba poseído por una indescriptible exaltación, poseído por un poder inmenso. « ¡Sicilia! ¡Capoluogo Palermo! ¡Isola italiana! ¡Mar Tirreno! ¡Messina! ¡Ragusa! ¡Siracusa! ¡Trapani! ¡Palermo! ¡Palermo! » « Sólo tengo que anunciarle a los sicilianos que soy amigo del dottore Michele Navarra, amico di Luciano Liggio testa di Corleonesi, amico di Salvatore « Totò » Riina, amico di Matteo Denaro… ¡Y enemigo jurado, acérrimo, de don Dinero! »

      El coche tragaba, devoraba con rapidez el lujoso asfalto de la Côte d’Azur y mi yo aquel sentía su poder en aumento y aumento, como la famosa bola de nieve. Parecía que, cual neumático excesivamente inflado, podía estallar, pero no, todo era energía pura, puro poder, pura omnipotencia. El éxtasis consistía en estar plenamente conciente de mi capacidad de maravillarme, pues todo me parecía absolutamente maravilloso, inefable, indesriptible, lleno de significado, nimbado de brillo, incluso las cosas o los detalles más anodinos, de pronto insignificantes, como por ejemplo un letrero, la garita de peaje, un árbol, un Ferrari en sentido contrario, o un Porsche, o un Maserati, o una residencia, o la luz de los faros en el asfalto, pero sobre todo la noche, la noche del ser, la gran noche de las profundidades abisales del alma. Estaba en el único paraíso posible, en el paraíso mental, ese que los menos eclarecidos llaman locura, una dimensión especial de la psiquis humana próxima de la vieja santidad, o del misticismo… Mierda, estaba loco, Alessandra, puedo reconocerlo, admitirlo, y así fui a buscarte, y sobreviví. Rumbo a Italia del Norte pensaba en Italia del Sur, en los inicios, en las grandes familias de Palermo. Los Corleone tomaron el poder. ¿Se apellidaban realmente Corleone? ¿O es el nombre de un pueblo, de una ciudad de Sicilia? ¿O eran los llamados Corleonesi, los jefes mafiosos de la Cosa Nostra? En cualquier caso, eran los auténticos capi di tutti capi. Se llamaban Salvatore « Ciaschiteddu » Greco, Luciano Liggio, Salvatore « Totò » Riina, Gaetano Badalamenti, Bernardo Provenzano, Michele « dottore » Navarra. Pienso que en esos grandes inicios era el dottore Navarra –médico brillante– el capo de los Corleonesi. Durante la Segunda Guerra Mundial, el esclarecido dottore –lector de Schopenhauer y Nietzsche– hizo arreglos muy convenientes con los inevitables norteamericanos, utilizando los camiones del ejército italiano en desbande. Lo veo ahora, primo Juan, exánime, yerto, un bulto con noventa y dos impactos de bala, en su Mercedez Benz de diamante negro, el mítico año de 1958. Se las dio de muy pendejo, o de pronto presumía de intelectual; por eso Luciano Liggio, sin parpadear, lo ultimó. Y así me sentía yo, como el gran Luciano, como el gran Totò, como el gran dottore Navarra, como el gran Bernardo, tragando ávidamente la noche en la autopista del sol, en busca de Alessandra, que no estaba al corriente de nada, que ni siquiera se lo imaginaba. Tenía también cierta prisa por ver al novio de Alessandra, un tal Maurizio, jefe de algo. Pensaba pues –identificándome con él– en Luciano Liggio, el sucesor indicado a la cabeza de los Corleonesi, padrino, capofamiglia, capomandamento, excelso criminal, excelso asesino, capo di tutti capi, mentor y maestro. Por momentos, Juan me interrumpía algo risueño, como si la totalidad de ese gran delirio fuese una broma, y de cierto modo lo era, aunque yo pensaba muy seriamente en ello. « Ya pues primo », me decía, « ya no jodas con tantos nombres que no te sigo la corriente » « ¡Luciano! ¡Luciano Liggio! ¡Don Luciano Liggio! ¡Don Lucianuzzu Liggio, la primula rosa di Corleone, primo! » Luciano con sus lentes negros Ray Ban, masticando un puro cubano, sobándose la barbilla como un gran señor, ese año de 1963, el primero en hacer pactos y consorcios criminales entre ítalo-americanos e italianos veros para organizar el tráfico de la heroína, pasando por Marsella. Después de absurdo juicio, fue condenado a cadena perpetua en 1974, no por la inmensidad de crímenes, extorsiones, malversaciones, secuestros, sobornos, amenazas, traiciones y asesinatos cometidos sino por haberle dado vuelta al dottore Navarra, o sea, por un solo y único delito. ¡Me saco el sombrero, maestro!

      Y el auto avanzaba, Juan acelerando y mi yo aquel delirando. « Luego advino la era de Salvatore Totò Riina, primo Juan ». Juan no me hizo caso. Puso música y yo seguí en mi órbita, en mi dimensión, fantaseando. Totò. Nacido el mismo día que yo, un 16 de noviembre en la comuna de Corleone, Sicilia. Totò la Belva, la Bestia, el Animal Sanguinario, el Torturador, el Secuestrador, el Psicópata, el Totalmente Inocente. Totò el Chato –como yo–, también conocido como Totò u curtu. Totò no se andaba con cuentos. Lo veo en la cárcel. Una prisión dorada digna de él. ¡Preso y quién sabe por cuántos años! Y desde allí, desde la cárcel, el gran Totò dirigió cada maniobra delictuosa, criminal, secundado por su brazo derecho, Bernardo Provenzano. Es muy probable que sea éste, Provenzano, quien haya inspirado al novelista Mario Puzzo El Padrino, llevado a la pantalla gigante por Francis Ford Coppola, amigo o allegado, creo, de Liggio, o tal vez de Provenzano. Bernardo « el Tractor », « el Contador », quien sería encarcelado en abril de aquel año del que hablo, 2006, después de haber sido identificado en Marsella. De modo que mientras mi primo Juan y yo íbamos a Italia del Norte, Provenzano, fugitivo desde 1963, había vuelto a Montagna dei Cavalli, la Montaña de los Caballos, cerca de Corleone, en Italia del Sur. ¡De pronto pude verlo en Marsella ese 2005! ¡En el restaurant le Don Corleone de la rue Sainte ! ¡En La Ciotat a comienzos del 2006! ¡Conjunción de destinos! ¡Todo coincidía en mi delirio! Al cínico, grandioso Totò le fascinaba el derramamiento de sangre. Hizo una guerra contra las familias de los clanes rivales en Palermo, ocasionando más de mil muertitos; y también contra el mismo estado italiano, matando jueces y procuradores anti mafia, anti Cosa Nostra. A la efímera y volátil justicia humana, Totò Riina le debió entre cuarenta y noventa asesinatos por él mismo ejecutados; al cosmos, nada de nada, ni siquiera la más ínfima molécula o partícula de la grandiosa y definiva Gran Nada, muy diferente de esa otra gran señora menor, la Muerte. Como el poeta, Totò se armó contra la justicia y aspiró arrobado el perfume del crimen.

      Y el auto, rompiendo la noche como romper aguas milenarias, avanzaba. Otros nombres aureoleados de santidad, de espiritualidad, de divinidad –imaginaba dioses etruscos– se congregaban en mi alterada mente, pues había estudiado con lupa el gran expediente de la Cosa Nostra antes de ir en busca de Alessandra, y esos nombres eran: Stefano Bontate, Salvatore Lo Piccolo, Vincenzo Virga, Pino Greco, Leoluca Bagarella, Giovanni Brusca, todos y cada uno de ellos miembros eminentes de la Società onorata, hasta llegar al príncipe de príncipes, a mi contemporáneo nacido en 1962, el epígono de Totò Riina, el semidiós Matteo Denaro, primo Juan, Matteo Messina Denaro, quien anda huyendo de la justicia desde 1993. Si mis informaciones son exactas, Matteo hereda el máximo título y la máxima investidura de la Cosa Nostra después del arresto de Salvatore Lo Piccolo. Así fue, primo Juan. Llegaron los tiempos aureolados de una violencia por así decirlo sinfónica de Don Ciccio Matteo Denaro, quien asciende a la cupola de la Cosa Nostra a los escasos treintaiún años, Matteo, Don Matteo, Diabolik, el Flaco (U Siccu), el matador de Antonella Bonomo, novia del boss Vincenzo Milazzo, a quien Don Ciccio Denaro había previamente asesinado. De pronto, llegando a Niza y rumbo a Mónaco sentí que el espíritu de Don Ciccio Denaro se posesionaba de mí. Fui Denaro. Era yo. Él era, Don Ciccio, y yo era él, apuntando hacia Italia del Norte. Coches deportivos convertibles, Porsche, Ferrari, Maserati, Alfa Romeo; ternos Giorgio Armani, Hugo Boss, Versace, Pierre Cardin; relojes Rolex, Cartier, Zenith; bellas italianas, francesas, suecas. Le grand luxe, la vie intense, la splendeur. El capo di tutti capi más joven de toda la historia de la Cosa Nostra, todopoderoso y seductor nato. Matteo el Matador. Presuntuoso como yo en mis malos momentos, qué digo, arrogante supremo, vanidoso superlativo, frágil semidiós. Antes de cumplir los treinta años ya había matado a unas cincuenta o sesenta personas. Un día me preguntaron qué pensaba de éso, y yo respondí que con todas las personas a quienes me había chifado podía hacer un cementerio, o sea, en lengua vernácula, con le persone che ho amazzato io potrei fare un cimitero. Ando huyendo desde 1993, primo Juan. Me llamo Matteo. Mis poderes son prácticamente ilimitados, torpe Maurizio, pero no te haré daño. Sólo quiero que sepas quién soy y que vengo en busca de Alessandra, para que me la devuelvas, nada más. Como ya te dije, me gustan los coches de lujo, la ropa de lujo, los perfumes de lujo, los relojes de lujo y las bellas hembras de lujo –coches y hembras coexisten al mismo nivel. Me puedo definir como refinado, sibarita, incluso en mi modus operandi en el seno de la Società onorata. Por mi manera de ser y actuar, obliteré el estilo tradicional, anticuado y rústico, de Don Bernardo, recientemente capturado. Conozco a los principales capos y barones del Cartel de Medellín. Varias veces he estado en Colombia para ciertos tratados; en jet privado, por supuesto. Según el FBI soy uno de los cinco traficantes de droga más importantes del mundo y el tercer fugitivo más importante del mundo y uno de los traficantes de armas más importantes del mundo. Nunca me atraparán. Soy el actual capo di tutti capi de la Cosa Nostra, Maurizio, pero no temas. Sé que no sabes hacer feliz a Alessandra; por eso quiero que me la devuelvas. Porque yo si sé, simplemente. Además, soy poeta. Además, soy loco. Da più sono peruviano. Ci vediamo doppo. Hasta pronto, Alessandra. Hasta pronto, Maurizio.

      Y seguía nuestro coche impregnado de poder ingurgitando brea, garitas de peaje, residencias, postes, pinos, el cercano mar dormido, la luna, las estrellas, la noche, rumbo a Italia del Norte, Juan oyendo música fuerte, yo también en consecuencia, pero cada minuto más delirante, en busca de Alessandra refugiada en la montaña, entre nieve y castañas, entre rocas y flores, su figura bullendo en mi mente, en ese pueblucho sepultado en la nieve, Fellicarolo, más allá de Modena, más allá de Fanano, en la frontera de la Emilia Romaña creo que con la Toscana, creo que con otras montañas, eso había detrás de las penúltimas montañas, detrás de los Apeninos, más montañas de nieve, luego una sola inmensa montaña blanca y verde, luego otra blanquísima masa de montañas, y después, el mar Adriático. Pensaba en Cesare Pavese, Alessandra, en su libro llamado Il mestiere de vivere, y también en Giuseppe Ungaretti, en su libro Vita d’un uomo, ambos muy queridos, verdaderamente queridos, admirados, amados, cuando atravezábamos Niza envuelta en los velos azules de la noche, la Promenade des Anglais de noche, la ciudad dormida a la izquierda, el mar respirando a la derecha, rumbo a Italia del Norte por esa hermosa carretera. De pronto dije: « Cada estrella es un sol, primo Juan, y cada sol es el amor, y yo voy de nuevo rumbo al sol del amor ». Sabiamente, Juan callaba; al poco tiempo, decidimos, o mejor dicho yo, Don Ciccio, decidí que nos detuviéramos un rato, para cenar, en la noche millonaria de Mónaco. Nos aparcamos cerca del puerto hermosamente llamado Hércules, donde nos despachamos dos respectivas pintes de una sublime Guinness 1759 Draught / serve extra cold mirando hacia el puerto, antes de dirigirnos hacia el boulevard Albert Premier, hasta el restaurant Vecchia Firenze exactamente, pues Don Ciccio deseaba ingerir una bistecca alla fiorentina. Y mi poder seguía en aumento. Aquí, debo señalar que, comparado con los demás, nuestro vehículo era bastante modesto, y que nuestra indumentaria era bastante modesta, y que curiosamente yo no sentía frío ese febrero. Al verme tan entusiasmado, San Juan de Tarma, me parece, medio dudó. « ¡Yo pago todo! », exclamé, « ¡mira la noche millonaria de estrellas, primo! ¡mira los millones de estrellas! » Y cité a Ungaretti ya como poseso : « M’illumino d’immenso! » San Juan de Tarma parecía examinar los yates de lujo del puerto y yo seguía contemplando los millones de estrellas; pero retrocedamos un poco, Alessandra, hasta el momento en que nos aparcamos, porque ahora recuerdo que yo, Don Ciccio, disertaba sobre Andrómeda y Orión pues cuando niño, allá en Castelvetrano, provincia de Trapani, Sicilia, un tío abuelo me contaba historias de la mitología griega, o sea de nuestros ancestros directos, vía Eneas. Como ya dije, estaba con polo y casaca, con bluyín y zapatillas, así como San Juan de Tarma con su chompa y sus zapatos millonarios cuando nos dispusimos a trasponer la puerta del Vecchia Firenze, hermoso restaurante atendido por camareros relucientes. De pronto, un elegante señor de gente noble verdadera –una simpatiquísima pareja de jubilados ingleses– se adelantó y, muy gentilmente, nos abrió la puerta, dejándonos pasar primero que ellos. Al ver ésto, el conchesumadre camarero principal o maître d’hôtel, se quedó cojudo. Hipócrita in excelsis, nos ubicó por ahí, antes de ponernos entre las garras y los colmillos de su inmediato inferior, el camarero de fila o chef de rang, más malo y más hipócrita todavía, quien tuvo la concha de dirigirse a Don Ciccio en estos términos:

      –Ces Messieurs sont-ils à l’aise?

      –¡De la putamadre, cher Monsieur! –exclamé en español, antes de añadir– Tuttavia, a brigante brigante e mezzo!

      –Champagne donc ? –nos preguntó el muy pendejo llamando al mozo que nos serviría, y que era otro infeliz.

      –Deux pintes de bière belge glacées à souhait, s’il vous plaît –dije.

      –Ces Messieurs font du tourisme sans doute –dijo el muy hijo de puta– Soyez les bienvenus à Monaco !

      En ese instante, Don Ciccio vio que el pobre tipo buscaba con la mirada al maître d’hôtel, que no le hizo caso, y luego al chef de rang, que se hizo el cojudo, de modo que, torpemente, volcó sobre nosotros su desprecio y sus complejos.

      –No te preocupes, primo Juan –le dije–, somos millonarios de verdad, de humanidad, como esos hermosos viejitos ingleses. Además, somos hijitos de la Pachamama y de taita Wiracocha.

      El mozo reapareció.

      –Voici les bières, Messieurs. Est-ce la première fois que ces Messieurs si distingués viennent-ils à la principauté ?

      –Pídele de nuevo la carta a este conchesumadre –le dije a Juan, antes de responderle cortés e hipócritamente–, Monsieur, es la segunda vez que venimos desde el paleolítico y también por segunda vez desde la época de los ligurios y de los sarracinos.

      El tipo se borró mascullando y nos volvió a mandar al maître d’hôtel que traía las lujosas, esplendorosas, millonarias cartas con los menúes de Mónaco, aunque Don Ciccio ya tenía su propio menú en mente, y este menú consistía en:

gamberoni alla brace para comenzar con un poco de verdure alla griglia, luego como plato fuerte una costata di vitello para San Juan de Tarma o de Parma, y una esplendorosa bistecca fiorentina para Don Ciccio oculto en un peruano de su edad, unas patate al forno de contorno y una insalata tricolore con su respectivo vino Valpolicella o Verdicchio o un Lacryma Christi de Campania, s’il vous plaît, cher Monsieur.

      –Monsieur est un fin connaisseur ! –exclamó, sorprendido, el perro.

      Así fue como cenamos magníficamente en el Vecchia Firenze, rodeados de empleados muy malos, altaneros, despreciativos, evidentemente racistas, cuyas miserables existencias se ubicaban en las antípodas de la humanidad, por la miserable suma de 220 euros. Luego pasó algo digno de mención. Volvimos al puerto a beber un par de buenas cervezas belgas, cuando oímos hablar en español en la mesa vecina, o mejor dicho en argentino, o mejor dicho en porteño. Eran unos jovenzuelos de vacaciones en Mónaco, o de paso por Mónaco, que no respondieron a nuestro saludo e intento de intercambio verbal. Simplemente, nos ignoraron, pero a mí, o mejor dicho a Don Ciccio Denaro, esa torpe actitud me llegó altamente al pincho, vámonos primo, le dije a Juan, y los abandonamos para siempre en la noche más lujosa del mundo.

      De nuevo en la autopista, la Côte d’Azur de noche, experimenté un momento de mágico sosiego, pero al llegar a la frontera en Ventimiglia, de nuevo bruscamente exaltado, elucubré algo así: « Valpolicella y Boticelli. Molly. Malone. Molly Bloom. Malone meurt. ¡Sacra Irlanda! Joyce, Swift, Wilde, Beckett, Yeats… »

      –¿Conoces a un escritor irlandés llamado Bernard Shaw, primo?

      –Sólo de nombre, primo –respondió San Juan.

      –Es genial pero no me interesa por ser, o mejor dicho por haber sido abstemio. Es una de las raras excepciones en este nuestro arte. Apolo rige pero Dionisio es fundamental; tan fundamental como Apolo, a mi parecer.

      Sabiamente, Juan guardó silencio.

      –Pronto este viaje será –dije– ¡Entre Tarma y Parma!

      De pronto, Juan aceleró y fue como si ya estuviésemos en el cielo, en el cielo de Torino, en el cielo de Bologna, en el cielo de Parma, en el cielo de Modena, en el cielo de Milano, rumbo al cielo de Fanano, como agrediendo al cielo antes de caer en adoración, Italia settentrionale, Norditalia, Alta Italia, Italia del amor, Italia de mi alucinación, buscándote, Alessandra, en busca de la somma sapienza del amor, totalmente delirante y totalmente ciego, instigado por mi delirio, amor, y es que sólo podemos cantar en el delirio para amar el amor, el amor eterno, la vida, la perpetuidad de la vida, el eros y el sexo, no para  amarnos  a nosotros, simples estuches de ese origen inmemorial.

      Hicimos una escala en Génova, capital de Liguria, puerto inmenso en la noche más inmensa aún, iluminado como por luciérnagas, falsamente quieto. Buscando donde aparcarnos, encontramos a dos hermosas señoritas del Este, de Hungría y Checoslovaquia respectivamente, Angiolina y Mariela, que oficiaban como mariposas de la noche. Ahora que lo recuerdo, eran verdaderamente bellas, eran unas diosas de la noche, y la que se asomó a la ventana lanzó un agradable hálito mentolado al rostro Don Ciccio, que lo bebió con fruición. Eran jóvenes. Estaban perfumadas con esencias de marca y eran frescas. Eran rubias auténticas, puedo asegurarlo. Además, olían a noche. Siendo las tarifas excesivas (luego del reciente despilfarro), a saber doscientos euros la felación, cuatrocientos la cópula y quinientos incluyendo sodomía, educadamente declinamos. Seguimos rumbo a Italia del Norte, rumbo a Modena, y llegamos al amanecer en medio de la niebla. « ¿Seguimos, primo? », preguntó San Juan, y yo dije pues claro, primo, dále, y seguimos avanzando y a las once y cuarentaicinco minutos de aquel febbraio del 2006, como vencedores de la niebla, llegamos al pueblito llamado Fanano.

      Como ya dije, Alessandra no sabía ni mucho menos se imaginaba que un loco dispuesto a todo venía a buscarla, puesto que lo habíamos decidido con San Juan en la borrachera de la antevíspera. Mientras mi apóstol preferido aparcaba el coche vencedor de la niebla, yo, receptáculo del Christos, penetré al bar de la placita, bebí medio litro de birra y de nuevo conocí una paz y una felicidad sin límites, como en la otra orilla de las majaderías matonescas de Don Ciccio, que me abandonó. Al salir, vi a Alessandra y ella me vio. Como atravezada por algo, cayó fulminada, víctima de convulsiones. Se convulsionaba la pobre Alessandra como poseída y mi yo aquel permaneció inalterable, inmutable, impasible, totalmente absorbido por un éxtasis contemplativo de belleza y de amor: las fachadas, los letreros de las calles –Via Magnolino, Via Palazzo, Piazza Marconi–, los árboles, los balcones, la estatua de la piazza, la tienda de frutas y verduras dotada de nombres mágicos, carota, zuchini, fragola, sedano, cipolla, patate, peperoncino etc., palabras que parecían brillar. La gente socorrió a Alessandra; al instante apareció el amigo Ghitto. Colocaron a la endemoniada sobre un banco de piedra; al cabo de unos minutos cesaron las convulsiones, Ghitto la condujo a su casa, ella apenas podía caminar, y cuando volteó a verme, yo creí ver el rostro de Linda Blair. Al volver, Ghitto dijo que ella no podía verme, que debía descansar y reponerse. Lleno de piedad y compasión exacerbadas, pregunté por el novio, el tal Maurizio, pero no insistí en verla. Aquí se detiene por unos instantes mi memoria de esos acontecimientos inolvidables y de pronto nos veo a los tres, Ghitto, San Juan y yo, de nuevo presa de una gran exaltación, en el mismo bar… « Birra speciale! Malto d’orzo! Frumento! Lupulo! Cebada santa! Salud, hermanos! » Al poco tiempo, de nuevo en la plaza, como súbitamente pintado por un brochazo del mismísimo Logos, vimos el cielo de Fanano color metal, de un fúlgido metal prometedor, abierto y expuesto delante de mi gran capacidad de maravilla. Ahora, al emplear estas palabras para expresar o tratar, al menos, de dar una idea de lo que entonces me ocurrió, las siento algo cursis, algo pesadonas, pero por algo será, de modo que las dejo así. De nuevo, me veo en polo, ignorando el rigor del invierno, exclamando: « Carnevare! Trentino! Tigriano! Fanano! Fanano frutta! Fanano verdure! Rosso di Toscana! » Aquí, me pierdo en una forma del resplandor, hasta que reaparezco en un hermoso restaurante pródigo en madera, en manteles de lino, en amables camareros, en chimeneas de piedra, llamado El Hongo de Oro, Il Fungo d’oro, junto a San Juan, pues Ghitto, seguramente, había ido en busca de Alessandra, que acaparaba toda mi capacidad de compasión, de piedad, de amor. En el tibio y acogedor Fungo d’oro, Juan Johannes y yo, Jesús Yeshua, devoramos cada quien un fileto di manzo acompañado de tagliategli con ese rosso di Toscana mencionado premonitoriamente líneas arriba. Ahora, años después, puedo afirmar sin la menor posibilidad de error que, a partir de ese instante iluminado en Il Fungo d’oro, me transfiguré en un ser totalmente sereno y totalmente feliz, apto a la sucesión de momentos extáticos, simplemente apto a un éxtasis repetido, perpetuo. Sentir y saber ésto me llenó de una dicha que sólo puedo traducir con las palabras  PAZ DE DIAMANTE.

      Pero retrocedamos o adelantemos un poco. Antes o después de lo narrado, Juan y yo nos encontramos con Mozart en Milano, cuando se festejaban los 250 años de su nacimiento. « Mozart nos está esperando », pensé ya cerca de Milano. Será preciso brindar por esa forma del dios con vino sacro. Joannes Chrysostumus Wolfgangus Theophilus Mozart. Amado por el dios. Varias veces me repetí ésto. Luego, al salir de la Gran Via, vimos tremenda pancarta que así rezaba: « Wolfgang Amadeus Mozart 250 anni ». Y yo, bueno, mi yo aquel, de nuevo pensó : « Theophilus quiere decir amado por Dios, o sea el que ama Deus, o sea Amadeus, o el que ama al dios en la misma medida que es amado por él, exactamente como este servidor, Señor. » « Necesitamos hacer un brindis por Wolfang Amadeus Mozart, primo Juan », dije. San Juan asintió y fuimos a una pizzeria de la Via Dante donde un joven asiático, qué casualidad, estaba cantando con voz de tenor un aria de Le Nozze di Figaro. Allí nos quedamos.

      Ahora, retrocedamos más. Quiero ver de nuevo esos nombres en la noche de la Côte d’Azur. Saint-Raphaël, Cannes, Antibes, Nice, Monaco, Ventimiglia, San Remo, Albenga, Loano, Savona, Genova y después por Alessandria directo hasta Milano. ¿O bifurcamos por Piacenza rumbo a Parma? Si estuvimos primero en Milano, luego seguimos por Piacenza, Parma, Modena, hasta Fanano. La mil veces bella noche de la Côte d’Azur, en estado de delirio. Nuestro faetón atravezaba los oscuros pliegues de la noche rumbo al agente del amor. Madre Noche. Saint-Raphaël de noche, Cannes de noche, Antibes de noche, Niza de noche, Monaco de noche, Ventimiglia de noche, San Remo de noche, Albenga de noche, Loano de noche, Savona de noche, hasta llegar a Génova inmersa en la más profunda e inmensa noche. En Génova, después del episodio con las hermosas prostitutas del Este, mi memoria da otro traspié. Ya sea fuimos por Alessandria hasta Milano donde nos encontramos con Mozart. ¿O acaso bifurcamos por Piacenza rumbo a Parma? Si así fue, estuvimos en Milano durante el trayecto de retorno a Francia. ¡Ese retorno! Dejamos atrás las bellas montañas cubiertas de nieve, la estatua de San Pietro cubierta de nieve, Fellicarolo semi sepultado en la nieve, luego Fanano, Modena, Parma, Piacenza, Milano, Novara, Torino –un café y una grappa al amanecer–, luego pisamos tierra francesa, los paisajes bajo mantos y mantos de nieve, hasta Briançon en les Hautes Alpes. ¿O regresamos por Ventimiglia? Ya no recuerdo, Alessandra.

      Un lunes 20 de febbraio –día de frío luminoso–, en Sestola, un encantador pueblito vecino, antes de escribir la magia de los nombres de otros pueblitos cada cual más encantador, dulce, sereno, piadoso, ésto anoté: 20 de febbraio en Sestola, Señor. Comunión con zucco di l’aranggia. Comunión con panini. Eucaristía con grappa. ¡Y yo no sé esquiar, Alessandra! Sci Sestola. Scuola italiana. Ahora, la magia. Esta es la magia. Esta es la música mayor: Fanano, Riolunato, Polinago, Pavullo nel Frignano, Montecreto, Fiumalbo, Pievepelago, Gaggio Montano, Lama Mocogno, Lizzano in Belvedere, Abetone, Palagano… De pronto pasó la belleza, una mirífica mujer tan digna de amor y tan deseable como Alessandra, que algo buscaba, precisamente, en una tienda de esquí, qué increíble, cuánta belleza en Italia del Norte, la brutta morte non avrà i tuoi occhi in questo istante preciso, y los míos mucho menos, mujer digna de amor, de eros intenso, tú no brutta morte, tú sí mujer vital, en el hotel Miramonte por ejemplo, mi piace tu bocca di rosa, donna rosa. Alessandra también la admiró. Pienso que ambos la deseamos muy tiernamente. Eso pasó en Sestola, Señor.

      San Juan y yo nos hospedamos en la encantadora casita de Fellicarolo. El tal Maurizio existía, cierto, pero de manera accesoria, difuminada, gaseosa. Yo sabía que trabajaba en una estación de esquí cerca del hermoso lago de la Ninfa, Il lago della Ninfa, un piccolo laghetto sito nel cuore dell’Apenino Tosco / Emiliano, in Provincia di Modena, vicino al confine con la Toscana, y que trabajaba mucho porque se preparaba allí una competencia internacional, de modo que no tenía tiempo para Alessandra, quien se distanció de él al llegar yo, su verdadero marido y redentor. Sestola otra vez, Señor. Me veo subiendo detrás de Alessandra, extasiado frente a su hermoso trasero, el mundo armónico partido en dos, trópico de cáncer, trópico de capricornio, un culo perfecto, hasta una vieja iglesia del medioevo, donde caí en una suerte de transe al leer esto que aquí transcribo grabado en una lámina de mármol:

 

Nel posto in riva al fiume

Verrano a chiederti

Del nostro amore

Quando in anticipo sul

Tuo stupore

Ho visto Nina volare

Mastica e sputa

Da una parte il miele

Mastica e sputa

Da l’altra la cera

Mastica e sputa

Prima che venga la neve

 

      Que más o menos entendí e interpreté así, en una visión que coincidía con un imperioso deseo por Alessandra, y en especial por ese culo que he calificado de perfecto, un culo de los ángeles redescubierto en el poema tallado en mármol. Los ángeles hablaban así. Bueno, primero hablan todos; luego uno solo, que se dirige probablemente a un clérigo importante, quien habría sido testigo ocular del prodigio de la levitación de la monja llamada Nina. Los ángeles, sentados en cierto lugar a la orilla del río, le dicen a un clérigo muy alzado espiritualmente, que le pedirán perdón por un amor tal vez homosexual. Este perdón y este prodigio hacen –dice ahora un solo ángel, cuya voz se confunde con la del clérigo en estado de gracia, testigo directo de la monja Nina probablemente masturbándose hasta el vuelo del orgasmo– que el clérigo vea a la monja Nina en esta operación, comiendo miel con cera, masticando y escupiendo alternativamente, a izquierda y derecha, ya en el cielo, junto a nosotros, los ángeles. Nina vuela por los aires, o sea aquí nos encontramos con lo que siempre ha dicho George Bataille, a saber que Nina entra en contacto con el dios o la divinidad gracias al orgasmo –ese contacto directo con la disolución del yo en la nada, ese nirvana. Y todo eso, en pleno invierno, con la intuición de la nieve inminente. Prima che venga la neve! Esa nieve, a mi entender, puede referirse a un estado de ánimo posterior al orgasmo, o de pronto es la nieve de la vejez, o de la menopausia. En todo caso, le dije a mi Alessandra, este poema habla del éxtasis sexual y espiritual, de salir de sí en estado de goce, de volar. Esto que refiero pasó en Sestola, Señor. Al llegar a Fellicarolo, Myriam de Magdala y yo nos hallamos solos, súbitamente bullentes, súbitamente aptos al amor, pues mi apóstol preferido había bajado a Fanano. La chimenea. El fuego primordial. Grappa sacra. Cuerpos desnudos e intensos. Lo demás es tuyo, Señor.

 

De nuevo la nítida visión

Autopista del sol de noche

Siempre atravezando la noche

Rompiendo los fulgores de la noche

Desde Aix-en-Provence hasta Fellicarolo

Suntuosamente cubierto por mantos de nieve

Vine con mi primo Juan

Antes de que caiga la nieve

Y Alessandra vuela

 

      Otro día nos disfrazamos de sacerdotes, o mejor dicho nos hicimos pasar por sacerdotes, y fuimos en busca de Alessandra que yo imaginé como un ícono femenino empotrado en la montaña, en la piedra. Por fin vería al novio, pero repito que me sentía invadido por una paz total, y también por un sentimiento de compasión y amor sin igual –parecido a ese estado que procura la droga llamada ectasy, la droga del amor.  « Soy amor » « estoy amor » « seré amor », pensaba. « Todos podemos amarnos » « No importa el yo sino el amor general ». Y sentía ganas de tocar, de acariciar, de unirme a la persona más próxima, exactamente como si hubiese ingerido una píldora de ectasy, pero sin ectasy, sólo con auténtico amor, o esa forma del delirio que sigo llamando amor. Obviamente, tenía unas irrepresibles ganas de Alessandra otra vez, pese al furor de la víspera o antevíspera. Ella quiso que no fuéramos, pero fuimos, aunque no tenía sentido, no éramos deportistas profesionales del esquí, no estábamos invitados, no había manera de acceder, todo estaba reservado y completo. Ella partió, pues allí trabajaba, creo que en la animación; y nosotros salimos después, sin que ella lo supiera. Al llegar, le dije a Juan: « espera un momento, primo »,  y caminé hacia el lago de la Ninfa. Vi el hermoso lago quieto, liso como un espejo, pues la superficie estaba congelada. Unos patos alzaron vuelo rumbo al oeste; entonces, rodeado por ese maravilloso silencio, respirando el aire purísimo de las montañas en invierno, recordé que al llegar Alessandra nos había obsequiado unas chalinas blancas de seda, que más bien parecían estolas, y unos amuletos budistas provenientes del Tibet. Al volver adonde me esperaba San Juan, éste me dijo que había un grupo de curas que participaría en la competencia. Nos dirigimos hacia la entrada con paso firme y yo simplemente dije: « Siamo i preti tibetani », ábrete sésamo que nos permitió entrar, para estupor de Juan; previamente, nos habíamos enroscado los cuellos con las hermosas chalinas blancas. La estación era una maravilla llena de algarabía y movimiento; muchos exhibían magníficos atuendos de competencia de colores vivos, fosforescentes, variopintos; los espectadores también exhibían adecuados, lujosos atuendos de invierno, salvo los sacerdotes tibetanos infiltrados. En un hermoso bar-albergue, confrontados a los verdaderos curas atletas, confesamos ser peruanos, pero practicantes budistas, monjes provenientes del Tibet, donde habíamos pasado tres años especializándonos en meditación. No, no participaríamos en la competencia, sólo queríamos darle una sopresa a una conocida adepta del budismo tibetano. Como por arte de magia, en ese preciso instante penetraron en el local Maurizio y Alessandra, súbitamente convertida en estatua. « ¿Cómo hicieron para entrar? », seguramente se interrogaron, mientras los jesuitas deportistas de alto nivel se dispusieron a retirarse. También somos cristianos, expliqué, pues el sapientísimo budismo aceptaba las demás religiones. Saqué uno de esos taccuini o libretas Moleskine, regalo de Alessandra, y recité con fervor estos versos de Giuseppe Ungaretti, ante el estupefacto agrado de Maurizio y de los sacerdotes:

 

Cristo, pensoso palpito,

Astro incarnato nell’umane tenebre,

Fratello che t’immoli

Perennemente per riedificare

Umanamente l’uomo… !

 

      Todos aplaudieron. Ignoro por qué, en ese momento, volví a ver en mi recuerdo inmediato a los oscuros patos aleteando hacia el oeste. Y por mis pulmones circuló el aire eterno de las montañas. Gracias, maestro Ungaretti.

 

Otra vez la visión de Alessandra fulminada

Su cuerpo en el banco de piedra

Bajo el sol invernal de Fanano

Y yo vine a verla Señor

Vine a Italia del Norte

No tenía ropa de invierno y no importaba

La fuerza que tenía era capaz de perforar montañas

 

      Nos veo bajo la nieve, atravezando la nieve, por caminos de nieve y árboles negros, en una inmensa moto-esquí conducida por Maurizio, mi apóstol preferido y yo detrás, propiciando ráfagas de nieve. Era un camino sembrado de acogedores albergues, y Maurizio tuvo la gentileza de hacernos libar copas de grappa en cada uno, supongo que con la intención de embriagarnos. Cuando por fin nos reunimos al final de la tarde –pizza y Valpolicella– con Alessandra, le pedí gentilmente que me la devolviera. Al éste negarse medio risueño y ofuscado, le dije : « Alora ti la lascio » « Sei generoso », respondió, pero no había tensión alguna sino buen humor, incluso cierta aquiescencia, lo suficiente para saber que no la amaba, ni ella a él, y que sólo se habían juntado por interés, por conveniencia, aunque la paz que me invadía borraba ipso facto cualquier pensamiento negativo. Ahora, puedo asegurar que en ningun instante se amenguó mi estado de gracia, y que el amor seguía en aumento. « Non c’é problema, caro ». Dignamente, nos retiramos. No sentí malestar alguno al saber que, esa noche, Alessandra, allí, en las inmediaciones del mágico lago de la Ninfa, pernoctaría junto al simpático Maurizio en un chalet de lujo.

      Otra vez me vino a la mente la noche convertida en fulguración, en reverberación, en incandescencia esa noche rumbo a Italia del Norte, sinónimo de amor, de delirio, de alucinación. También recordé cierto momento supremo en Francia, allá en Francia del Sur, allá en Cassís, desnudos frente a un mar totalmente construído de cobalto y de bronce, todo de bronce, el cielo de bronce, los cuerpos de bronce, el bronce cobalto del mar radiante, sobre una roca de blanco bronce, luego un nuevo chapuzón en el azul bronce casi esmeralda, una marítima penetración de bronce, antes de volver al puerto para degustar una bouillabaisse, antes de otra vez degustar la divina rosa, la somma sapienzia en el hermoso hotel du Joli Bois, bronce de la suprema ciencia. También por eso estoy aquí, Alessandra, buscando de nuevo el paraíso ardiente en esta nieve de febrero. Torbellinos. Vendavales. Mil inviernos, hasta que sopló el Gran Viento y aquí me tienes disfrazado de sacerdote tibetano, sólo ávido del amor de tu lechosa rosa.

      Otro día de sol radiante y nieve derritiéndose, hicimos un picnic en la montaña. Fue como si el invierno, de golpe, hubiera cedido su lugar a una primavera súbita. Era la gran Montaña, en femenino, aunque se trataba del gran monte Cimone. De ese encuentro inesperado con el gran monte-montaña, traje el zumbido de un insecto que le hacía la corte al despertar de las frambuesas, un insecto próximo a la miel, al limón del sol. Eso pensé cuando rompí el pan y dispuse el prosciutto, la ensalada, los tomates, los huevos duros, allá en los altos campos de Italia del Norte, en presencia de montes y lagos. Pero no estábamos en el monte Cimone. Lo teníamos al frente, a la vista, bastaba con alargar el brazo para tocarlo, tanto a éste como al piccolo monte Cimoncino, appennino settentrionale, abierto en toda su majestad. Alessandra es un ser bello y fresco, un ser con incrustaciones de fruta y mineral azotado por el frío, por el sol, por el mar, por el océano, por los vientos. Esto escribí:

 

Monte Cimone a la vista

Monte Cimoncino aquí estoy

Lago della Ninfa

Oh Passo del Lupo

Los esquíes duermen hasta el próximo invierno

Y nosotros hemos vencido al invierno

Juan y yo fuimos sacerdotes tibetanos

¡Vivan los heraldos invisibles que anunciaron

El cuerpo de la gran Montaña!

Los perfiles de montes y montañas

Rozan la divinidad del aire y del cielo

Cuando me atravieza el amor

 

      De regreso a Fellicarolo, Juan, sabiamente, nos dejó solos frente al fuego de la chimenea rosada, dorada, celeste, incandescente. Mi apóstol fue a reunirse con unas amistades en Modena. « Hasta mañana », dijo sonriente.

      Años han pasado desde los acontecimientos; sin embargo, aún pienso en las lluvias imaginarias al suroeste de Fellicarolo, y en aquel olor de castañas tostadas. Castañas. Recogiendo castañas para comerlas luego flambeadas con licor. La llamarada es color ángel. El licor es grappa. Las castañas, suaves, ceden a la masticación, se disuelven, Señor.

      Mi noción del tiempo es incierta, aunque pienso que nos quedamos entre una semana y diez días que ahora me parecen eternos. Mi libreta se iba llenando de notas, bosquejos de algo, palabras sueltas, poemas.

 

Los dorados campos del ser

Se abren dulces como helados

Suculentos como mercados

En los domingos claros

De Italia del Norte

De Italia otra vez

 

      Así también le canté a esa Italia del Norte de mi alucinación, alegre yligero:

 

Sestola –cine.

Vignola –helados.

Modena –La Florida.

Bologna –la noche.

Sacratísima autopista de noche.

Autopista del sol.

 

      Otra vez, siempre evocador del paraíso de Cassís, algo de lo que hasta hoy, pese al tiempo transcurrido, suelo repetir.

 

El mar azul de oro

Y el gran acantilado rojo,

Allá en nuestra patria, Sandra,

El paraíso de Cassís, mar mediterráneo,

Viñedos mediterráneos, rocas mediterráneas,

Cigarras en concierto

Y de pronto el éxtasis del silencio

Como algo verdaderamente sideral

El hotel que frecuéntabamos

Y ese otro hotel frente al puerto

Desde allí partiremos otra vez hacia la magia

De Italia del Norte

Rumbo al mar Adriático

Rumbo al paraíso azul de Grecia

–escala de amor en Venecia–

Rumbo al mar Egeo

Rumbo a ese olimpo de goce puro

Refractario al pensamiento y al tiempo

 

      Otro día de nieve ligera, casi nieve-lluvia, mientras paseaba solitario en un bosque cercano, mientras Alessandra trabajaba en Sestola, mientras San Juan buscaba víveres en Fanano, sentí epidérmica y mentalmente la presencia del shatan-diabolos judeocristiano. Esta doble institución posee las exactas características de su doble etimología; el shatan hebreo es el acusador, el delator, el traidor, adversario, el príncipe de la mentira y del odio; el diabolos griego (διαβάλλω), es el gran separador, el que todo divide y rompe. Ambas cosas sentí respecto a mi amor por Alessandra.  Estremecido, ya en el pueblo me senté en las unas escalinatas sin que me importase mojarme el trasero y, pese a no ser creyente, sentí una necesidad apremiante de orar. Y oré. Así oré:

 

Protégeme Angiolina Macchia

Protégeme Santo Rosario

Del brutto diabolo de afuera y de adentro

In nome del’amore

Per ammirare la bellezza

Della donna fanciulla

Ormai affascinato dai

Suoi capelli splendente

De mele

E da sua pelle di sole

Si chiama Sandra

 

      Palabras mágicas que surtieron un efecto inmediato –yo no sentía mis nalgas casi congeladas–, de modo que volví a enternecerme por ella y volví a ver, retrospectivamente, nuestro faetón veloz atravezando la noche de Niza, donde había apuntado:

 

Niza de noche

Es amor

Digo que de noche

Niza

Es amor

Me gusta verte

Niza

De noche y veloz

 

      Nuestro carro de fuego en el trayecto rumbo a Ventimiglia, antes de llegar a Mónaco, donde había apuntado:

 

Beaulieu-sur-Mer

Bahía de Beaulieu

Yates resplandecientes

En la oscuridad del mar

Cae un simple aguacero de noche

Yo degusto cada fragmento

Del Gran Paisaje inminente

Rumbo a Italia del Norte

 

       Tomamos mucho vino en Italia del Norte, Señor. Comimos mucha carne de res –solomillo, bisteck, costilla, lomo, entrecôte– siempre acompañada con múltiples ensaladas, funghi fritti e patate fritti. Una noche pasamos la frontera de la Emilia Romaña y penetramos en la divina noche de la divina Toscana que, debo decirlo, era una noche diferente –al menos en mi fructífera imaginación. Fuimos los cuatro. Alessandra y Ghitto, Juan y yo –los falsos sacerdotes de Sestola y del lago della Ninfa, ambos impregnados de sereno poder. Nos instalamos en un maravilloso albergo ristorante llamado Il Casone, que yo me había imaginado bajo la nieve pese a que no nevó. En esos momentos de privilegio, lo más rápido y ágil era, por así decirlo, la sustancia que determinaba los movimientos de la imaginación. Llegamos a Il Casone. Volví a experimentar lo sentido en la noche millonaria de Mónaco, pero ahora de manera sosegada, serena, compasiva incluso, y totalmente impregnada de amor. Finamente nos instalamos en el tavolo N° 5. Vino di Toscana diretto, senza aperitivi. Empezó el banquete. Veo hermosas mesas de madera cubiertas por hermosos manteles blancos de verdadera tela –lino, algodón– y no de miserable papel, como en Francia. Anoté cada detalle en mi Moleskine, hasta las formas de las doradas lenguas del dorado, prehistórico fuego latiendo en el altar rojo de la chimenea. Me maravilló que los clientes italianos hablaran de manera normal, a veces altísona; me maravilló que se palmearan el hombro y que rieran naturalmente, llenos de alegría verdadera, en contraste a los horribles clientes tristes de Francia, murmurantes casi desprovistos de voz. Esta fue nuestra gloria, Señor. Para empezar, unos antipasti; podíamos elegir ya sea unos crostini misti toscani, o sea polenta con ragú di lepre / palline di pasta fritta o ripiene di porcini, ya sea prosciutto e salame. Con el primero o primo, pedimos otro vino, pues teníamos pappardelle al ragú antes del segundo secondo –bistecca alla fiorentina otra vez– y de contorno funghi porcini fritti, verdure fritte, patate fritte, y de remate –luego de finiquitar otro divino vino–, dolce dulce: gelatto ai mirtilli, antes de la sacra grappa otra vez.

      La inmensa roca blanca como una plataforma del neolítico. El rojo ladrillo del inmenso acantilado. Amo esta península; luego ese mismo amor me conduce a los caminos, a los viñedos, al puerto, al faro, a los hoteles, a los bares y restaurantes de Cassís cualquier día del año, invierno, otoño, primavera, verano. Viéndolo así, Cassís adquiría para mí las características impecables de la perfeccion del placer y del amor. Ahora te cuento algo, Sandra. Ahí estoy. Bueno, la persona que era en ese instante, en ese período de mi vida extrema. Me veo caminando por los bordes naranjas y lilas del atardecer, pensando en tí, recordándote con erótica fuerza, por la hermosa carretera que conduce a Marsella, haciendo autostop. De pronto, al borde de la pista vi el cadáver de un albatros magnificado por la luz crepuscular; al mismo tiempo, imaginé su vitalidad y potencia recientes, antes de esa muerte que no existe para los animales desprovistos de ego. Al fondo dormitaban las colinas calcáreas, rocallosas, verdes, azules, lilas, naranjas –según el compás del sol antes de salir de nuestra visión, antes de hundirse en otra belleza. Estos recuerdos tuve ayer casi noche, cuando salí a pasear por los flancos de la eterna montaña. « Una donna s’alza e canta / La segue il vento e l’incanta / E sulla terra la stende / E il sogno vero la prende. »

      Otro día veo a ese poeta delirante que soy recibiendo la nieve como una bendición, caminando hacia la salida de Fellicarolo, contemplando con inusitado fervor espiritual la estatua de San Pietro cubierta de nieve. De regreso a la casita que nos albergaba, vi en telón de fondo crema –una pared del pueblo–, la copia realizada a mano de un cuadro de Matisse. Un cielo azul especial, estrellas de un amarillo especial, y –he aquí el detalle– una sombra antropomorfa exhibiendo un punto rojo en el plexo. De nuevo pensé en el brutto diabolo, aunque de pronto el artista quiso representar otro símbolo (symbolos, que unifica, es lo contrario de diabolos, que separa). Me acerqué con respeto y cautela para exorcizarme. Le dije desde mi más profundo silencio: « Diabolo cattivo, tu corazón es un rubí! ¡Estás en el centro del cielo y de la luz, Diabolo! ¡Rodeado de tantas estrellas ! ¡Por eso te llaman Lucifer! Portatore di luce! Stella del mattino! Il primo e il più splendenti degli angeli! Precipitato dall’arcangelo Michelle nell’inferno! Satana! Signori dei demoni! Guarda la montagna! Guarda il vero cielo! Glielo dico io, Michelle Angelo! Vade retro Satana! »

      Poco después, de nuevo nos veo retrospectivamente, envueltos en la nieve, recibiendo los copos de nieve, propiciando blancas ráfagas de nieve, Johannes y yo, dos evangelistas ebrios, bueno, un evangelista y un arcángel, tripulando una moto esquí poderosa e inmensa, recorriendo veloces blancos senderos nevados, deteniéndonos a beber grappa en hermosos, luminosos albergues de madera, como en las películas. Diabolino era el novio de Alessandra. Diabolino era el jefe de la estación y el hábil conductor de la nave motorizada marca Yamaha. Diabolino sólo mojaba los labios en las copitas de grappa, mientras que mi apóstol predilecto y mi gaznate de arcángel bebía, bebíamos, dos o tres. Llamaradas de nieve. Los albergues blancos. Las rocas blancas. Un paraíso fresco, destellante, hermosamente blanco nieve, que nada tenía de angustioso u opresor, y cuyo recuerdo permanece de manera muy grata hasta hoy. Esa fue la noche cuando le pedí que me devolviese a Alessandra. Ahora un detalle en el bello chalet, la morada de Diabolino; éste pidió pizzas por teléfono y, recién, bebió una copita de grappa, mientras el evangelista y el arcángel estaban ya en estado de gracia. Como ya referí, hice un cortés pedido a Diabolino quien, sonriendo, y de pronto conocedor de mi estatura mística, dijo: « Sei generoso, Signore. »

      Antes de volver a Francia –via Milano, via Torino– salí a dar un paseo solitario por el bosque, auténtico baño de frescura, de silencio, de infinito. Al volver a la Piazza Parri, consultando los versos de Ungaretti en mi Moleskine,  oré de esta manera: « Benedetta Piazza Parri, benedetta Via Taburri, Fellicarolo benedetto, Fanano benedetto, lago della Ninfa, Passo del Lupo, Monte Cimone, Monte Cimoncino, questa terra è nuda, questa donna è druda, questo vento è forte, questo sogno è morte! »

      Los demás recuerdos son difusos. Hemos atravezado Modena saturada de niebla, como al llegar. Hemos llegado a Milano de noche. Nos hemos aparcado cerca de la estación de trenes, Milano Centrale, yo completamente admirativo por la resistencia de San Juan, por su dominio de sí, por su manera de conducir. Hemos penetrado en una cervecería increíblemente llamada « Caballo Loco », cuyo patrón era turco y no sudamericano. Antes de entrar a este local, mientras yo le pedía a mi apóstol que fotografiase el frontispicio, unos chicos moros trataron de arrebatarnos la cámara fotográfica; bastó que sus miradas se cruzaran con las del arcángel para que, disculpándose, volvieran a las entrañas de la noche milanesa, desapareciendo para siempre. Más tarde visitamos la Via Dante; más tarde vimos la hermosa catedral de oro, y luego vimos la pancarta que, como ya dije, así rezaba : « Wolfgang Amadeus Mozart 250 anni ». Hemos atravezado la lujosa e impresionante Gran Via… jirones del recuerdo me hacen ver una estatua de Leonardo da Vinci y la sombra de un poeta lombardo cerca del Duomo, adonde nos tomamos una última cerveza después de apreciar al asiático tenor de la pizzeria. El poeta lombardo se apellida Panini, eso sí puedo certificarlo, Señor.

      ¿Pernoctamos en casa de unos compatriotas amigos de San Juan, en Milano? Años después de los alucinantes acontecimientos, pienso que sí pues no veo rastros de hotel o albergue alguno en la difuminada memoria. ¿Partimos de madrugada? Es lo más probable. Llegamos a Torino un 27 de febbraio de ese épico 2006 después del Christos. Sentí unas ganas apremiantes de tomar un café y de fumar. Nos detuvimos y aparcamos en el Corso San Martino de la hermosa ciudad de Torino, donde Nietzsche fue devorado por la niebla y por la noche. Precisamente, en honor a Nietzsche –ínclito poeta e incomparable benefactor del pensamiento en Occidente– le pedí a Juan que brindáramos con una copita de grappa. Eso anoté en mi libreta : « Una grappa luminosa en la Via Garibaldi por el sol igual y diferente cada día del eterno retorno de Nietzsche. »

      Seguimos rumbo a Francia entre claroscuros, entre aguacero y tiempo despejado, también bajo la divina nieve. Nos detuvimos en un pueblito. Entramos en una iglesia. Tuve un acceso místico delirante y conversé directamente con Santa Lucía luz del día, con San Antonio de Padova y con San Giovanni Bosco. No oré por mi salud física y mental, sino por la de Alessandra. In onore, Santa Lucia. In onore, San Antonio de Padova. In onore, San Giovanni Bosco. Por la doble salud de Alessandra.

      Hemos atravezado montes y montañas hermosamente nevadas, Juan tomando fotos de nuestra epopeya y mi yo aquel delirando en voz alta, hasta que apareció la luz del astro mayor y llegamos a Francia. Fui conciente de haberle ganado otra bataglia al brutto Diabolo de mis adentros, a mi propio Satana. De pronto, llegamos –como si hubiésemos cambiado de hemisferio– a la inusitada primavera de Menton donde, me parece, volví al juicio por primera vez al cabo de diesciocho meses en los grandes infiernos.

 

Quorum mortuus est

Ioannes

Iacobus

Gilbertes

VII Circiter

Annos menses horas natus

Anno salutis MDCCXXX

Parvulos tamcito perfecere

Circules festinantes coelestis

Faciem intueri patris

Nam talium est Regnus Dei!

 

                                                               Peyrolles-en- Provence, febrero del 2013     

Italia del Norte de Miguel Rodriguez

Commenter cet article

Arias 23/04/2015 00:16

Magistral primo Miguel; muy ameno y realista ,